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Crónica:FÚTBOL | Semifinales de la Liga de Campeones

El Milan abdica en el Camp Nou

El Barcelona contiene al conjunto italiano y se clasifica por quinta vez para la final de la Copa de Europa

La vitalidad del Barcelona le pudo a la siniestralidad del Milan en un partido escalofriante por la tensión psicológica que lo presidió, muy propia, por otra parte, de una semifinal europea. El mérito azulgrana estuvo precisamente en su capacidad para aguantar a un adversario que se bate estupendamente en escenarios como el de anoche en el Camp Nou. La historia del Milan está llena de partidos decisivos ganados por su espíritu agonístico en una jugada episódica. Ayer, en cambio, no pudo revolcar a un rival que se sintió ante la oportunidad de su vida y la defendió con tanto entusiasmo como madurez por saber jugar con el resultado. No se viaja a París cada día, y el Barça expidió el billete en un ejercicio sorprendentemente racional e inteligente en un club tan pasional como el azulgrana.

Le ganó la partida el Barcelona al Milan, un equipo que pone de los nervios, por su frialdad, por su oficio, por su calidad física, táctica y psicológica. Al Barça, en cambio, nunca le tembló el pulso. A veces incluso pareció un equipo hipotenso. Ningún jugador refleja mejor la contienda que anoche disputaron los azulgrana que Iniesta. Aunque perdió encanto, color y calentura, y también juego, el Barcelona fue extremadamente fiable por la exquisitez técnica de sus jugadores y por su criterio futbolístico. El hijo ha mejorado al padre, y el Barcelona disputará la quinta final de su historia con un plantel superior al que hace doce años claudicó en Atenas.

A favor de marcador, y consecuentemente exento de cualquier heroicidad o de un remonte al uso, al Barcelona se le planteaba un partido incluso más difícil que frente al Chelsea, un equipo de autor, repleto de futbolistas que han sido contratados por Mourinho con el dinero de Abramovich, nada que ver con el Milan, que defiende una cultura de club con independencia del nombre de sus jugadores. Pasan los años, se cambian las plantillas, entran y salen los entrenadores y, sin embargo,los rossoneri siempre comparecen en las semifinales de la Champions para despedir al rival que está de paso por Europa.

No es fácil enfrentar al Milan y menos cuando hay que dar vida a un partido que desde el punto de vista azulgrana se quería acabado antes de salir al campo por más gente que hubiera en la grada. La salida italiana, por lo demás, no ayudó precisamente a templar los nervios porque Kaká remató junto al palo al poco de sacar de centro. La respuesta azulgrana, sin embargo, resultó inequívoca. Nunca ha sido el Barça un equipo indeciso sino que fue a por el Milan y le sacudió en su cancha. La presión de los volantes le aseguró una buena munición de remates y el mando de Iniesta le garantizó una cierta jerarquía sobre el partido.

Futbolista lúcido por excelencia, Iniesta gobernó el encuentro con tanta autoridad como delicadeza. Ni una falta cuando rebanaba el balón, ni un error en el pase. El medio azulgrana respondió siempre acertadamente a la demandaba de cada jugada. A veces retuvo, en otras condujo, cambió igualmente de ritmo, apretó en defensa y filtró pases en ataque. Preciso y rápido, Iniesta condujo a su equipo hasta el área de Dida y Eto'o dispuso de hasta tres pelotas de gol. Ausente Nesta, el camerunés supo ganarse el espacio entre Costacurta y Kaladze a cambio de pifiar el remate. Funcionaba la línea de presión y recuperación barcelonista y por el contrario sangraba por los laterales.

Asfixiado Pirlo, el Milan se estiró sobre todo por el flanco de Stam y tiró con Kaká un par de transiciones suficientemente vertiginosas como para hacerse notar en partido. No necesita tener el cuero para ser un equipo amenazador ni vestir la zamarra rossonera para advertir de su poderío. Anoche vistió de blanco y su capacidad de intimidación se reflejó en la cara del Barcelona, falto de alegría, preocupado por el impacto que podía tener cualquier error ante un contrario que no perdona, una, igual de inexpresivo que un funcionario de pompas fúnebres, de pompas fúnebres, que ejerce su oficio sin reparar en el muerto.

Le faltaba vida al Barcelona en un partido discontinuo, excesivamente trabado, muy peleado, defendido por Gattuso y Seedorf en la línea divisoria de un bando y en el otro por Edmilson y Deco. A Ronaldinho le costaba entrar en juego porque la marca del Milan fue carcelaria, y al brasileño no le quedó más remedio que descolgarse por el frente de ataque, circunstancia que le restó profundidad por la banda izquierda. Aunque contadas, las llegadas en una y otra área eran sobrecogedoras. Shevchenko tuvo el gol en su cabeza en un centro de Seedorf y Belletti no atinó a meter la puntera en una asistencia de Giuly después de un pase genial de Ronaldinho.

El partido, sin embargo, fue virando a favor del Milan, que tomó la pelota hasta reducir al Barça, sorprendido en un cabezazo de Shevchenko que el árbitro anuló a instancias del linier sin motivo aparente. Los jugadores de Rijkaard reculaban mientras Ancelotti iba cambiando piezas: ahora entraba Cafú y luego Rui Costa, más tarde Gilardino. Por vez primera, los azulgrana supieron defenderse sin la pelota. El Milan le dio mil vueltas al encuentro y no le encontró la manera de meterle mano. Aunque Dida evitó un gol cantado de Larsson, la grandeza del Barça estuvo en su capacidad para neutralizar a un rival sensacional.