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CICLISMO | TOUR DE FRANCIA

Sobre las cenizas de los viejos hábitos

Luis León Sánchez da al ciclismo español su segunda victoria de etapa

CARLOS ARRIBAS Aurillac 11 JUL 2008 - 21:41 CET

El primer gran puerto del Tour, el paso que más daño ha hecho hasta el momento a un pelotón que aceleradamente empieza a desmoronarse, no ha sido ni la subida al Super-Besse, tan llamativa, ni la Croix Morand, con su código de barras gigante en el prado donde las vacas hacen sonar sus campanas, ni siquiera el espectacular paso de Peyrol en el Puy Mary, el volcán más alto del Cantal, sino una pequeña cuesta, menos de dos kilómetros al respetable 10% por lo menos, llamada Saint Jean de Donne y situada a apenas nueve kilómetros de Aurillac, donde Eduardo Chozas ganó en 1985 y donde ayer se impuso otro español, Luis León Sánchez.

En la cuesta, casi anónima, atacó el ex líder, Schumacher, que no se aguantaba las ganas de dejar clavado a Kirchen, el luxemburgués que la víspera le había tirado y, para más INRI, desposeído; en la cuesta, que toda su vida recordará como pesadilla, uno como Cunego, menudo, escalador, rápido, perdió medio minuto; en el mismo sitio, otro como David de la Fuente, un cántabro de Reinosa, que ya ha pasado muchos puertos del Tour en cabeza, logró los puntos suficientes para encaramarse provisionalmente al liderato de la montaña y vestir el maillot de lunares que ya lució hace unos años; en la misma estrecha cinta de asfalto negro, negro, rugoso, rodeada de un verde excesivo, las fuerzas abandonaron definitivamente al gigante sueco Magnus Backstedt, antaño conquistador de la París-Roubaix, quien se convirtió unos minutos después, casi horas, en el primer corredor del Tour 2008 que llegó a meta con el control cerrado; en el muro de Saint Jean de Donne, en fin, Pereiro, ganador de Tour y capitán de ruta sabio, maniobró a la perfección para que su compañero Luis León se quedara libre, verso suelto de nuevo, en el descenso y pudiera plegar sus brazos, casi de forma geométrica, en un ángulo que sólo se consigue con un metro de carpintero, sobre la hermosa geometría curva del manillar de su Pinarello para desafiar al viento y a la jauría que le persiguió durante una interminable recta de un kilómetro y levantar, finalmente, los brazos al cielo en señal de victoria y de recuerdo al hermano muerto.

Era la tercera demostración de la belleza de la soledad del corredor ciclista que emprendía el joven Luis León, de 24 años, en la etapa más corta, más dura, del Tour, las tres, en momentos tácticamente preciosos. La primera señal, el primer ataque, la lanzó kilómetros antes del avituallamiento, cuando el viento de costado y el empeño del CSC de las locomotoras Cancellara y Voigt habían convertido al pelotón en pedazos amorfos y dispersos. Fueron minutos, kilómetros, de frenesí en 20 pelotones. En uno, perdido, iba Cunego, quien se pasaría el día persiguiendo. Junto al CSC, el Caisse d'Épargne de Valverde, de Pereiro, de Luis León, colaboró con fruición en la tarea de endurecer la jornada, de no conceder respiro a nadie, de que el control de avituallamiento se convirtiera en un sprint, en el que nadie pudiera coger la bolsa a gusto. Pocos kilómetros después, el viento se calmó, también el ardor guerrero del pelotón, que pidió tiempo muerto. No así Luis León, que es de Mula (Murcia) y que iba para futbolista, como su hermano Pedro León, quien juega en el Levante, pero que se pasó a la bici para acompañar a su padre, un guardia civil herido en un atentado de ETA, a quien el médico le había recomendado el ciclismo para recuperarse. El padre, siguiendo una costumbre familiar, había bautizado a todos sus hijos León de segundo nombre, pero el segundo, el ciclista, más parecía un mulo (sin ánimo peyorativo), el mulo de Mula, fuerte, tenaz, cabezota. Incansable en la tarea, capaz de realizarla una y otra vez, sin desaliento. En su segundo salto, al pie del puerto de Entremotte, Luis León enlazó con Jufré, el catalán del Saunier, Nibali, el tiburón de Messina, y De la Fuente. En la última cuesta los cuatro fueron capturados. En el último descenso, Luis León, brillantes zapatillas amarillas, volvió a volar libre.

Hace tres años, Luis León Sánchez, debutó en el Tour junto a Alberto Contador, ambos en el Liberty: su compañero madrileño triunfó a lo grande el año pasado; el murciano, más rodador, más contrarrelojista, lo consiguió a su manera 12 meses después. Una nueva generación ha tomado el poder sobre las cenizas de una antigua que se niega a abandonar los hábitos que a punto estuvieron de acabar con el ciclismo.

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