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FÚTBOL INTERNACIONAL | 'CALCIO'

"¡No hay italianos negros!"

El Juventus, castigado con un partido a puerta cerrada después de que su afición corease gritos racistas contra el interista Balotelli

MIGUEL MORA Roma 20 ABR 2009 - 17:08 CET

"¡Negro de mierda, sólo eres un negro de mierda!". "¡No existen italianos negros!". "¡Muere, Balotelli!". Esta vez no era un grupillo de descerebrados el que gritaba. Esta vez era todo un estadio. O casi todo. Y nadie hizo nada por acallar los gritos. El árbitro no paró el partido. El Juventus no movió un dedo para aplacar el disparate. El Inter no defendió a su jugador yéndose al vestuario. Ocurrió el sábado, en el Olímpico de Turín.

El domingo, el juez deportivo italiano, Gianpaolo Tosel, cerró el campo de la Juve por un partido. Su relato de lo que ocurrió es éste: "En el curso del partido, en múltiples ocasiones (y con particular referencia en los minutos 4, 26, 35, 41 y 42 del primer tiempo y 11, 19, 22, 25 y 30 del segundo), aficionados del equipo local, en varios sectores, entonaron coros que constituyen expresión de discriminación racial contra un jugador del equipo contrario".

Durante esos "coros de especial gravedad", anota el juez, "repetidos con pertinaz reiteración", fue manifiesta "la ausencia de cualquier manifestación disociativa por parte de otros aficionados" y "no se dio tampoco ninguna intervención disuasoria por parte del club".

Irónicamente, el objeto de los cantos racistas de la afición juventina era el mayor talento joven del fútbol italiano. Se llama Mario Ballotelli, tiene 18 años, mide 1,88 metros, nació en Palermo el 12 de agosto de 1990 y calza un 45. Es internacional sub 21 y titular indiscutible para José Mourinho en el Inter. Desde su etapa juvenil, todos decían que sería un crack. Y lo es. Aunque los tifosi de la Juve gritaban que no existen italianos negros, es la excepción que confirma la regla. Negro e italiano de pleno derecho. Pero, realmente, se trata de un caso casi único.

Su historia es conocida y se remonta al principio de la inmigración africana hacia Italia. Sus padres llegaron a Sicilia desde Ghana en 1988. Mario nació poco después. Estaba enfermo, tenía una malformación en el intestino, fue operado y pasó su primer año en el hospital. La familia se trasladó entonces desde Palermo hasta Bagnolo Mella, un pueblo lombardo cercano a Brescia, pero las cosas no mejoraron. Compartían una habitación húmeda con otra familia africana y seguían tan pobres como en África. Aconsejado por los servicios sociales, su padre, Thomas Barwuah, decidió dar al pequeño Mario en adopción a la familia Balotelli.

El 12 de agosto de 2008, Balotelli cumplió 18 años. Ese mismo día, el alcalde del pueblo donde vive la familia se hizo la foto con él y le entregó el certificado de nacionalidad italiana. Realmente, un privilegio, ya que otro medio millón de extracomunitarios nacidos en Italia no tienen derecho a la ciudadanía italiana. Según la ley en vigor, solo son italianos los que tienen sangre italiana, y no siempre, porque también hay distinción entre hombres y mujeres a la hora de aplicar el principio del ius sanguinis.

Los extranjeros que hayan nacido en Italia, según la Ley de Inmigración Bossi-Fini, sólo pueden quedarse en el país al cumplir los 18 años por razones de reagrupamiento familiar o si tienen un permiso de trabajo o de estudios. Los demás, en teoría, no pueden quedarse porque no son italianos. Están en el limbo y son tratados como ciudadanos de segunda en el país donde nacieron, estudiaron y crecieron.

Pero ya se sabe que los futbolistas son diferentes y por eso Balotelli, igual que Stefano Okaka, delantero centro del Roma, fue nacionalizado de forma automática.

A muchos italianos que no son del Inter les debió parecer mal. Los gritos racistas contra él son frecuentes cuando el equipo, que lidera la Liga con suficiencia, juega fuera de casa. Balotelli tiene fama de no arrugarse y de responder con goles y un punto de chulería a las provocaciones del público y los jugadores contrarios.

El sábado, cuando ya había explotado el fervor racista, marcó el gol del Inter. Ayer, Massimo Moratti, petrolero y presidente del club, dijo que, si él hubiera estado en Turín, habría retirado al equipo. El Juventus ha pedido disculpas. El árbitro estaba disculpado porque el reglamento sólo obliga a detener los partidos si hay pancartas racistas, no cuando hay gritos.

La federación dijo ayer que cambiará el reglamento y que desde ahora los partidos se podrán parar no sólo por pancartas, sino también por gritos. Su presidente, Giancarlo Abete, expresó su firme condena por el sucedido, dejó caer que Balotelli no respeta suficientemente a los contrarios y concluyó: "Italia no es la hez del mundo".

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Tiago despeja el balón ante la atenta mirada de Balotelli. / AFP

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