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La furia, el miedo y la fiesta

Centenares de miles de españoles y alemanes siguieron con nervios, cánticos y gran emoción el partido en las calles de las principales ciudades

"No tenemos miedo". Todo el mundo repetía el mismo mantra delante del Santiago Bernabéu, más de 50.000 personas apretadas ante pantallas gigantes con un equipo de altavoces que hacía sonar como un Jumbo a los comentaristas de la televisión. No tenían miedo pero se santiguaban, hablaban solos calmándose a sí mismos, abrazaban a su hijo pequeño cuando tipos llamados Trochowski o Schwensteiger se acercaban a Casillas con su nombre crudo y su historia de campeones: tres estrellas en el pecho, tres Mundiales en sus vitrinas. No mires hijo, parecían pensar los padres.

El ánimo osciló entre la furia y la congoja, aunque nadie quisiese reconocerlo. La masa estaba encendida minutos antes del partido, con una banda autodenominada Capitán Canalla utilizando el cañón de sonido para entonar estribillos como "Vamos todos al salón/ Duba, duba/ a coger un colocón/ Duba, duba" y cantar clásicos como el archipatriótico "Yo soy español, español, español", la inevitable tonada "¡Que viva España!" o el himno con letra minimalista: "Lo-lo, lo-lo, lo-lo-lo...".

Con el balón rodando por el césped de Durban la cosa cambió. Solo quedaban encendidos los colores rojos que cada cual llevaba encima, en unas gafas de sol, un top, una bufanda, las zapatillas o en lo que hubiera aparecido en el armario. Pero las caras estaban tiesas, con los ojos abiertos y guardando en la pupila un puntito del trauma atávico de las derrotas internacionales de España.

Los niños (y quizás los locos, nadie se identificó como tal) eran los de psicología más relajada. Niños forofos, como Jorge Felipe, 10 años, hijo del peruano José Alayo, 30 años en España, un hombre grueso repintado de rojo y amarillo, con el brazo izquierdo tatuado palmo a palmo. Le queda limpio el izquierdo. Se lo tatuará con una bandera porque España está en la final. "¿Me pongo la de España o la de Perú, Felipe?", le pregunta a su niño. "La de España, papá".

En Berlín, hasta 350.000 personas siguieron el partido en la avenida 17 Juni que une la puerta de Brandeburgo a la Siegessäule, y en el parque de Tiergarten que la rodea. Una pantalla de 80 metros cuadrados y otras más pequeñas se instalaron a lo largo de la calle, y los puestos de salchichas y cervezas trabajaron sin parar durante horas. La fiesta en la milla de los aficionados de Berlín empezó a las 12 de la tarde a pesar de que era un día de trabajo. Todos los bares, las Kneipe (tabernas), los restaurantes y las tiendas de alimentación pusieron pantallas y televisiones en sus escaparates. Los 25 grados y el sol todo el día sacaron a la gente a la calle y creado una atmósfera de fiesta.El jolgorio se acabó con el gol de Puyol, en el minuto 73. Los alemanes se quedaban sin final, y miles de aficionados enmudecieron.