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Una España Mundial

Un gol de Iniesta para la eternidad se cantó en todo el país, y en otras fronteras, como un do de pecho.- Fue una cumbre colosal, sonada como ninguna, casi utópica hace no muchos años

JOSÉ SÁMANO Johanesburgo 11 JUL 2010 - 23:49 CET

Un himno a la felicidad, sin demagogias: España es campeona del mundo, la epopeya que le faltaba al deporte español, que vive en la gloria tras una catarata de bienaventuranzas. Un gol de Iniesta para la eternidad se cantó en todo el país, y en otras fronteras, como un do de pecho. Un tanto romanceado que se demoró entre estremecedoras angustias hasta el minuto 114, en la prórroga. Una oda a la alegría, la que despierta en el vencedor esta misa pagana que es el fútbol, ese juego que desertiza las calles, congela algunas penalidades y lleva la rutina al olvido. España logró una inyección de universalidad, una derivada del fútbol pese a quienes le desdeñan, después de un partido emotivo, turbado, ante una Holanda áspera y con menos dicha, que evitó ese juego de orfebrería que distingue a la selección española. Sucumbió de igual forma ante un adversario tan capaz en el arte de lo imprevisto, tan embriagador y maduro. De todo le demandó Holanda, caída en su tercera final, pero España superó uno a uno cada examen. Lo ha hecho durante todo el Mundial. En Viena se destaparon las esencias, en Sudáfrica se mantienen y el grado de competitividad es abrumador.

Fue una cumbre colosal, sonada como ninguna, casi utópica hace no muchos años, cuando en un país acusado del monocultivo del fútbol resultaba que solo su vertiente nacional era un goteo de frustraciones. Bien lo que expió este equipo en Viena. Más aún en Johanesburgo, donde se volvió imperecedera esta selección civil, que engancha con su militancia, despojada del cutrerío patriótico que ya parecía crónico. Desde ayer, el fútbol también está en el paraíso y el entusiasmo despertado es su única bandera. No quiere más ni hay que pedirle más. La realidad cotidiana se impondrá, pero el deporte cala hondo por unos días, por unas horas, sin tantas soflamas a su alrededor.

Hasta la traca final del primer campeón europeo que lo logra fuera de su continente, el equipo de Del Bosque se vio sometido a una noche estresante, a un choque más neurótico de lo previsto. Fue llevado a un máximo nivel competitivo el día más deseado en los 90 años de historia desde su primer partido oficial. Así son las hazañas. España arrancó como es, le gusta el mando y lo acepta con gusto. Abrochada la pelota era cuestión de agrietar a la defensa holandesa, un dique de hormigón al que contribuyen casi todos. Robben, es caso aparte. Con el equipo de Del Bosque al frente, con el juego bien hilvanado, Stekelenburg, meta holandés, palmeó un cabezazo de Sergio Ramos, que sin demora tuvo otra oportunidad tras un asalto al área. El lateral del Real Madrid, así como Capdevila en la otra orilla, obligaban a dar marcha atrás a Robben y Kuyt, sometidos al tajo defensivo.

No hubo rastro de Holanda, a resguardo delante de su portero. Hasta que Van Persie, que nunca tuvo aire de camorrista, sacó el cuchillo. Se desató el matonismo naranja, su guión para marchitar el partido. Cuando el grupo de Van Marwijk ya llevaba cinco faltas, Webb, inglés, árbitro y justiciero por su cuenta, amonestó a Puyol. Era la primera infracción española. Para enmascarar otras carencias, abierta la veda, irrumpieron los principales matarifes, Van Bommel y De Jong, que se sintió Karate Kid y pateó con saña el esternón de Xabi Alonso, como Sneijder metió una punzada en la rodilla derecha de Busquets. Al interista le costó una bronca, antes a Ramos una nadería le supuso otra tarjeta. A los 39 minutos, el adversario de España estaba fichado, salvo para Webb: sus nueve faltas eran las mismas sancionadas a Alemania en toda la semifinal. Con el encuentro en combustión, la selección perdió el hilo. Nunca se sintió cómoda en un callejón oscuro en Harlem.

Ante la cortesía arbitral -solo exilió a Heitinga cuando languidecía la prórroga-, el duelo quedó cortocircuitado. Una victoria parcial para esta irreconocible Holanda, nada que ver con el linaje de aquel equipo que tradicionalmente jugaba con el frac. A falta de talentos, hoy es una selección arqueológica, pugilística a la espera de una nota de Robben o Sneijder, como la que dieron a la hora de partido. Un excelente pase filtrado del segundo citó a Robben de frente con Casillas, que, con la garganta anudada por la situación extrema, escurrió el balón con el pie. A Iker le quedaba cuerda y repertorio. Cuando faltaban ocho minutos, de nuevo estuvo imperial ante otro cara a cara con su ex compañero propiciado por un desajuste de Puyol. Robben era el cid holandés, Casillas era Casillas, un divino.

Tan agrio se convirtió el encuentro que, lejos de discutir con la pelota, como acostumbra, España se vio abocada al fango, a la discusión permanente con los rivales y el alguacil británico. Al actual campeón de Europa le tocaba medirse en un campo de minas, condenada a gestionar el desquicie en su primera final mundialista. Entre gresca y gresca, el equipo no lograba conciliar el fútbol. Imposible dar tres puntadas. El encuentro exigía más carácter que juego, la liturgia era otra, no había tregua para ese fútbol panorámico de Xavi, de Iniesta, de Alonso. Imposible esa trenza hipnótica para los rivales, un milagro que el balón fuera ese ovillo que siempre rueda y cuyo destino es la mejor virtud española. Una pérdida en la alambrada holandesa era inquietante para España. Con horizonte, Sneijder y Robben pueden resultar demoledores; a un palmo de Casillas estuvo el segundo a punto serlo.

Al equipo de Del Bosque le resultaba un engorro llegar a la periferia de los zagueros contrarios, la zona débil de Holanda. Lo demostró Heitinga, que dio una cuchillada al aire y Villa, ante el gol, no acertó porque el ex atlético reaccionó desde el suelo, ya casi vencido. También Sergio Ramos fue habilitado por la defensa de Van Marwijk, que le puso atención en córner lanzado por Xavi que el madridista cabeceó alto. Para entonces, Navas ya aceleraba en lugar de Pedro. Más tarde, otro cambio de ritmo: Cesc por Alonso. El primero, como sucedió con Robben, tuvo la gloria en la prórroga. Sin otro freno a la vista que Stekelenburg, el catalán no hizo bingo tras una asistencia más para la celebridad de Iniesta.

Candadas las porterías, el partido se tornó hipertenso, con dos selecciones al límite, extenuadas, sudadas como una regadera. Las piernas se vuelven de mármol, el riego se dispara y la mente se atrofia. Cuando el tiempo se achata, las finales provocan masivos ataques de pánico, entonces la noria del fútbol gira destornillada. Llega ese calvario que es la prórroga. Solo martiriza más esa congoja que despiertan las torturantes tandas de penaltis que en 1962 se inventara el periodista gaditano Rafael Ballester. Es una tribulación entre víctimas y verdugos. Lo evitó Iniesta, tras un pase de Cesc. Iniesta, ese genio al servicio del método, ese futbolista paliducho de aspecto ingrávido que acunó Fuentealbilla, el coloso inolvidable de Londres, el héroe eterno de Johanesburgo. Por España y su homenajeado Dani Jarque. España está en la Luna .

Repasa todos los detalles de la final en la película del partido

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