Deportes

España, Balón de Oro

Xavi simboliza el sentido colectivo de la selección de Del Bosque, ajena a los premios individuales

JOSÉ SÁMANO Johannesburgo 12 JUL 2010 - 01:28 CET

Es un utilitarista para todo. Es un chico de Terrassa, su ciudad de toda la vida, donde no vive intramuros, sin moralejas. Entiende el fútbol como un ejercicio de altruismo porque todos le necesitan y él precisa el auxilio de todos. Nadie como Xavi simboliza el juego colectivo, nadie como él recuerda en cada partido que esto no es el tenis, que es un deporte de equipo, por más que algunos se empecinen en poner etiquetas individuales a los clubes o las selecciones. En Sudáfrica ha triunfado todo aquello que representa Xavi mientras han descarrilado quienes supeditaron su tránsito al exclusivismo de un futbolista determinado. El fútbol tuvo apellidos cuando irrumpieron algunos superdotados que dejaron una huella innovadora: la versatilidad de Di Stéfano, el ingenio goleador de Pelé, la autoritaria velocidad cambiante de Cruyff o la capacidad de Maradona para seducir a una pelota que solía cumplir sus órdenes. Nada de eso hay estos días: hoy gana el nosotros, sin sectarismos. Por eso, en España uno han sido 11.

Xavi ha elevado a categoría lafábrica de cuatros del Barça, un puesto de ancla que suscribió Johan Cruyff al frente del dream team. Se le acusó de impostar la posición, como si fuera uno de esos caprichos que se conceden aquellos que se ven a sí mismos como genios. El tiempo desmintió a los más ácidos, a todos los escépticos. De Milla a Sergio Busquets, con Guardiola y Xavi, en sus inicios, como principales proselitistas del puesto. El Barça dejó de ser el Barça de Cruyff (jugador), Maradona, Ronaldo o Rivaldo. Tras el equipo de ensueño de Cruyff (entrenador), el Barça pasó a ser el Barça a secas. Basta pronunciar su nombre para que los aficionados, seguidores o no del club, reconozcan su significado, sus señas de identidad. Y el cuatro como nudo gordiano, tan relevante o más que el rutilante goleador de turno: su brochazo final era consecuencia de un principio, del cerebro de Guardiola, Xavi o ahora Busquets. No son regateadores, no van de cabeza y hacen diana sin querer y muy pocas veces. Sin ellos no se entendería el Barça, tampoco España.

"Yo no quiero el Balón de Oro", repetía estos días Xavi con una sinceridad aplastante. Él conceptúa este juego de otra forma, por más que los foros mediáticos aticen los personalismos, por más que para su sustento un deporte grupal haya decidido fomentar los premios individuales, como si existiera un fútbol de estrellas, no de equipos. Por más que en un deporte de todos y para todos, pueblo incluido, haya esa vieja tendencia a poner nombre propio a los estadios. Con futbolistas como Xavi, es España la premiada.

En Sudáfrica, el éxito de las selecciones solidarias ha sido elocuente. Cristiano Ronaldo fue por libre y Portugal se fue. Kaká no fue un ancla para nadie y cayó Brasil. "Para que Brasil vuelva a ser Brasil necesita clonar a Xavi", sentenció ayer en Johanesburgo el mítico Tostão, que compartió título con Pelé, Jairzinho y todo aquel inolvidable Brasil de 1970. A Messi le volvieron a entender mal. Frente a los que preconizaban que a Xavi, a España, le faltaría Messi, resulta que ha sido a la inversa. Maradona creyó que su 10 podría ser Messi y Xavi a la vez y la irreprochable entrega de La Pulga no fue suficiente.

Xavi es un líder natural en el campo por aclamación de todo el vestuario. Su autoridad se le reconoce. No requiere un bastón de mando, pasar por el camerino o polarizar las portadas. Nada de demagogias, la pelota es su pedestal y el grupo, como él reconoce, su amparo. Sin aquellos que le devuelven el balón a tiempo, sin los que tiran desmarques para que tenga paisaje, sin los que le cubren las espaldas, sin el portero que para, sin los suplentes que están al quite... Nada es Xavi, él lo sabe, como lo han sabido sus últimos entrenadores, que le han pasado del cuatro al 10 , que le han acercado donde se prende la mecha del gol, oficio de otros al que él contribuye de forma magistral y humilde, sin concederse mayor importancia. Para Xavi, Puyi es un "animal"; Andresito, un "genio"; Busi, "un quitanieves", y todo con el que juega a su lado le escucha al grito de "máquina". Él es Xavi, un tipo normal.

Con el azulgrana como síntoma, la selección de Del Bosque ha oscarizado el fútbol orquestado, sin cuentas pendientes con el que falla y adjetivos contenidos con el que acierta. El paso de España por África no se entendería sin los goles de Villa, sin el esfuerzo físico de Fernando Torres, sin los kilómetros de Sergio Ramos o el descaro de Pedro y Llorente. Como tampoco se comprendería a esta España sin reparar en la arrebatadora defensa de Piqué y Puyol, el sentido de la medida de Capdevila o los conmovedores retos de Busquets y Xabi Alonso en cada cita. Y qué decir del penalti parado por Casillas, con el soplo de Reina; y del gol de Iniesta a Chile y su enternecedora participación en el tanto a Paraguay. Y de los ánimos constantes desde el banquillo. ¿Y Xavi? El mejor - uno más-, del campeonato.

¿Qué tal si la FIFA, la UEFA y los medios que conceden las distinciones más populares no premian alguna vez, pongamos por caso, a España? Si España fuera Balón de Oro, Xavi, encantado. Así ha estado en Sudáfrica, salvo por un detalle que le ha tenido bien fastidiado: en este país no hay futbolines en los bares, su mayor pasión.

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