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'Made in Joaquín, made in Toquero'

El Valencia se sobrepone al gol de Llorente y al temporal rojiblanco con una segunda parte intensa y agobiante

EDUARDO RODRIGÁLVAREZ Bilbao 27 FEB 2011 - 23:18 CET

Llueve. Graniza, en ocasiones. Buen campo, pero más rápido que lo que la meteorologia indica. Partido habitualmente tenso. Es decir, tiempo de Toquero, de los futbolistas viscerales. A Toquero la vida en Segunda B y Caparrós le han enseñado a jugar sin reloj, sin pensar en si mismo, a vaciarse sabiendo que cuando no pueda más, otro partisano ocupará su lugar. Él juega así, bien o mal, nunca piensa en sí. Quizás por eso se le dan bien los buenos equipos. Este año ha triunfado en los cuatro partidos con el Barça y ayer le amargó la vida a Stankevicius, que quizás piensa más en él y le cuesta seguir las galopadas de este llanero que a los 14 minutos le dió el gol a Llorente, para que marcase desde el suelo, después de que David Navarro le levantara de un agarrón la camisola hasta el cuello.

Llueve. Sigue granizando y David Navarro comienza a sentirse inocente permanente. El primer codazo a Javi Martínez acaba con sangre. En el medio campo. El árbitro, mira... para otra parte. No hay falta. El segundo, en la segunda parte, le corresponde a Llorente, al que le tienen que dar dos grapas en la cabeza para frenar la sangre. Navarro, en el suelo, está inmóvil. ¿El cuello?, ¿un mal gesto?, ¿mala caída? La camilla se lo lleva. Un minuto después reingresa en el campo. Tan fresco. Tarjeta salvada a cambio de un par de minutos.

Sigue lloviendo y Toquero sigue igual. De Marcos, el lateral improvisado, hace sangre literariamente de Stankevicius. El lituano pasa su peor noche. Dos trenes son muchos trenes por la misma vía, mientras Llorente, en plan exquisito quiere regatearlos a todos por el centro, buscando más sus pies que su cabeza.

Le costó al Valencia encontrar el hueco del partido. Necesitó un gol en su red, por su incapacidad defensiva, para empezar a funcionar. Como si hubiera salido sin gasolina. Necesitó ese aguijón para que desde las bandas se generase el fútbol que el centro del campo era incapaz de imaginar. Joaquín, Pablo y Mata, más que fútbol, que también, le metieron la velocidad que el Valencia necesitaba para hacer daño en la frágil defensa rojiblanca. Por ahí resucitó el Valencia, liderado por Joaquín, el futbolista más inadecuado para los laterales rojiblancos, uno frágil (Koikili), otro nuevo (De Marcos).

Y por ahí llegó el gol de Mata, tras un taconazo de Soldado y un centro de Joaquín. Y tras el gol, el dominio, el agobio valencianista, la sensación de que solo podía ganar el equipo de Emery, más fuerte, más veloz, más físico, ante un rival agotado.El Valencia dolido resultó mejor que el Valencia curado en salud. Más profundo, más hábil, más resolutivo. El gol de Jonas vino por un rechazo de Iraizoz en un tiro enevenado de Tino Costa, al bote, malévolo. Estaba ya entonces el Athletic rendido físicamente. Y seguía lloviendo, pero no estaba Toquero, y Llorente envenenado con la defensa valencianista, empeñado con marcar y ridiculizarla con su juego de pies. El arreón final fue una granizada más estruendosa que práctica. El espíritu de Toquero fue menos efectivo que el espíritu de Joaquín.

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