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'Txutxi' Aranguren, un defensa total

Futbolista del Athletic entre 1962 y 1975 forma una mítica defensa con Saez y Etxeberria, con Iribar de portero

EDUARDO RODRIGÁLVAREZ Bilbao 22 MAR 2011 - 13:42 CET

Años 60, años 70. Iribar, Sáez, Etxeberria, Aranguren. No había duda. Los cuatro jugaban siempre o casi siempre, si las lesiones no lo evitaban. Iribar, Sáez, Etxeberria, Aranguren... Entonces se jugaba con tres defensas. Y Aranguren era el más defensa de todos. Chaparrete y ancho, fuerte, de esos a los que nunca les comes la moral. Quizás por ser defensa nato sabía que no siempre se gana y no siempre se pierde, y que lo primero no te hunde ni lo segundo te engrandece. Aranguren era un fijo, lo que no quiere decir que era una figura. Ni lo fue ni quizás quiso serlo jamás. Él era el 3, el que lidiaba con extremos como Amancio con quien mantuvo partidos épicos casi siempre salvados con aplausos para ambos. A Amancio se le silbaba en San Mamés cada vez que saltaba al campo. Era un acto de temor colectivo, cuando se iba se le aplaudía. A Aranguren no se le silbaba cuando salía, sino que se le aplaudía hubiera ganado a Amancio o hubiera ganado él-

Un expresidente del Athletic, José Julián Lertxundi, me lo definió a la perfección hace unos meses: "Txutxi", me dijo "es un hombre muy inteligente". Y me vino a la memoria una frase que Aranguren me dijo comiendo en Fuenmayor (La Rioja) cuando entrenaba al Logroñés: "Lezama no lo es todo" refiriéndose a su salida del Athletic cuando decidió iniciar su carrera de entrenador tras haber entrenado al Athletic B. Aranguren amaba al Athletic sobre todas las cosas deportivas, pero sabía que el camino iba más allá, y entrenó cuatro temporadas al Recreativo, una al Cartagena, una al Deportivo, dos al Logroñés y dos al Sporting, a todos en Segunda División, antes de regresar como coordinador en Lezama en 1990 y de entrenar al Athletic unos cuantos partidos en la temporada 1990-91. Ahí se hizo famoso con aquel vídeo en el Calderón reclamando a su ayudante que le apuntara todos los errores de su equipo.

Como todos los grandes futbolistas, fue perseguido por sus desaciertos más que por sus aciertos. Si a Dani le persiguió el penalti de la final de Copa ante el Betis, o a Iribar el gol entre las piernas ante la URSS, a Aranguren le perseguía la imagen de los autogoles que le causó a Iribar. Fueron pocos, pero en el imaginario colectivo se convirtieron en un tópico. Eran los tiempos en los que se podía ceder al portero y Aranguren tuvo algunos desajustes en las cesiones.

La vida, después de ser entrenador del Athletic, le envió otra encomienda: cuidar de su mujer, dañada por la enfermedad y Aranguren fiel a su estilo humano, se entregó a la causa. Se apartó de todo y su mujer fue el único argumento de su vida. Seguía al Athletic por la tele, por la radio, por los periódicos, pero con el rabillo del ojo puesto en su único objetivo. El lunes, en el hospital, cuando acompañaba a su mujer a una revisión médica, se marcó el último gol en propia puerta. Un infarto lo sacó del terreno de juego. Fue su último acto de servicio. En el último despeje, se le fue la vida.

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'Txutxi' Aranguren. / EFE

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