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La inteligencia gana a la astucia

El Barcelona, finalista a costa de un Madrid más ambicioso que en los tres clásicos anteriores - Valdés demostró ser el primer atacante azulgrana al iniciar la jugada del gol de Pedro

RAMON BESA Barcelona 3 MAY 2011 - 22:44 CET

La inteligencia ganó a la astucia y el Barcelona regresará a Wembley, el santuario en el que empezó su leyenda como equipo ganador, a costa del Madrid, el club más laureado de Europa, anoche más reconocible que en los partidos anteriores de la serie, dominados por la agresividad de Mourinho. El Madrid claudicó dignamente en el Camp Nou después de quedar hipotecado por la ida, mal gestionada y peor resuelta, independientemente de la intervención del árbitro y de la UEFA, presidida por el veneno de su entrenador, al que ayer nadie echó en falta. El encuentro de vuelta de las semifinales de la Copa de Europa fue el más tranquilo y limpio de los cuatro disputados, terreno abonado para el Barça, inaccesible cuando los choques son inmaculados.

Barcelona 1 - Real Madrid 1

Barcelona: Valdés; Alves, Mascherano, Piqué, Puyol (Abidal, m. 90); Busquets, Xavi, Iniesta; Pedro, Messi y Villa (Keita, m. 74). No utilizados: Oier; Thiago, Afellay, Jeffren y Fontàs.

Madrid: Casillas; Arbeloa, Albiol, Carvalho, Marcelo; Lass, Xabi Alonso; Di María, Kaká, Cristiano Ronaldo; Higuaín (Adebayor, m. 55). No utilizados: Dudek; Özil (Kaká, m. 60), Benzema, Nacho, Garay y Granero.

Goles: 1-0. M. 54. Gol de Pedro, que recibe una asistencia de Iniesta, y bate a Casillas. 1-1. M. 64. Gol de Marcelo, tras un remate al palo de Di María.

Árbitro: Frank de Bleeckere (Bélgica). Amonestó a Carvalho, Lass, Xabi Alonso, Marcelo, Pedro y Adebayor.

95.071 espectadores en el Camp Nou.

Aunque pueda parecer casual, la ausencia de Mourinho, que supuestamente decidió resguardarse en el hotel, quizá porque no encontró acomodo en el estadio para cumplir su sanción, ayudó a descontaminar el partido. Llovió mucho en las horas previas, el césped estaba corto y rápido, los focos dejaron de enfocar a los banquillos y hasta la alineación del Madrid pareció consecuente con la causa blanca. Sin Pepe, hilo conductor de la serie, el Madrid presentó su versión menos mourinhista de la serie, sobre todo por la presencia de Kaká, último símbolo de los galácticos, y la ausencia de Özil y Adebayor. A ningún barcelonista le costó identificar al Madrid, más natural y menos forzado por las circunstancias, consecuente con su extraordinario historial.

Apareció un equipo ambicioso, enfocado al marco de Valdés, bien orientado por la competitividad de Cristiano. Muy presionado, al Barça le llevó un cuarto de hora salir de su propio campo, contactar con la pelota y parar el rondo, signo de su jerarquía futbolística. Nunca supo jugar a favor del marcador ni siquiera en una semifinal de la Champions, el torneo por excelencia por su impacto mundial. Aunque siempre tuvo tensión defensiva, solo el fútbol de ataque avala al Barça, de salida excesivamente alejado del área de Casillas. Equilibrado como quedó el partido, cualquier detalle podía resultar capital para la suerte de la eliminatoria, aparentemente más discutida que en el Bernabéu, resuelta con dos goles del omnipresente Messi.

Liberado, el Madrid se soltó y desplegó con tino. Los jugadores prescindieron del manual de instrucciones del técnico y fueron más respetados que nunca por el Barça, al que le costó masticar la jugada, degustar el fútbol, sentirse a gusto en su territorio. El momento del Madrid, sin embargo, pasó pronto. Ni siquiera tiró una vez y, a cambio, cedieron progresivamente sus delanteros en el apretón al Barça. Kaká se desfondó muy pronto, Cristiano no tiene por costumbre ayudar en el repliegue y los azulgrana no solo ganaron metros, sino que empezaron a armar remates contra Casillas. El portero puso a salvo al Madrid en cuatro tiros, tres de Messi y uno de Villa, mientras Valdés solo tuvo que atender a un malicioso centro de Di María.

Les faltó saña a los azulgrana cuando el partido se rompió descaradamente a su favor después que se aflojara el Madrid, cada vez más individualista, con menos sentido del juego colectivo, incapaz de negar espacios al contrario, eliminada su línea de presión.

El descanso les vino muy bien a los chicos blancos, que reaparecieron con energía y hasta contaron un gol de Higuaín que el árbitro anuló por una falta de Cristiano a Mascherano. No se entendió muy bien la decisión del colegiado, que también pudo despedir prematuramente a Carvalho. El partido se puso entonces a favor del Madrid, igual que en su inicio, como si recomenzara la jornada. Y entonces, cuando más a gusto se sentía y el dominio escénico era blanco, apareció Valdés.

Valdés no solo es un excelente portero, sino que en el manual del Barça es también el primer atacante, el jugador clave para armar la contra y superar el acoso del adversario, punto de salida del fútbol. Valdés puso en juego el balón de forma rápida y tiró la línea de pase para Alves. Eliminados los atacantes madridistas, el campo quedó abierto para la superioridad azulgrana, expresada por Iniesta, que dio continuidad a la acción hasta conectar con Pedro, profundo en el desmarque, excelente en la recepción, terminal ante Casillas. El encuentro se había desequilibrado de forma sorprendente por la intervención de dos protagonistas aparentemente secundarios, Valdés y Pedro, inédito como goleador desde el pasado 26 de febrero en Palma de Mallorca.

La jugada remitió al manual futbolístico del Barça y, como diría Mourinho, a su manera de entender el fútbol como el teatro. Aseguran los actores que para salir a escena antes hay que dominar el texto y respirar bien a fin de liberar la cabeza y después crear, ser artista. Nadie atiende mejor al libro de texto azulgrana que Valdés y Pedro, un delantero que solo tiene sentido en el Barça, nada más y nada menos, siempre respetuoso con el ideario de Guardiola. Sin embargo, a la contra de manual del Barça respondió de inmediato el Madrid con un tiro al palo de Di María, que recogió el rebote y pasó a Marcelo para empatar. Özil dinamizó el fútbol del Madrid y Adebayor le dio más agresividad. Así que se planteó un final tan tenso como emocionante, bonito.

No hubo más goles porque el Barça, fuerte psicológicamente, supo controlar su excitación. Quizá, porque conoce más a Mourinho que el propio Madrid por los cruces contra el Chelsea y el Inter. No perdió la cabeza el Barça y al Madrid le faltaron pies para la épica, un plan global y no apuntes para un partido, empeñado en negar el choque del Camp Nou por lo sucedido en Chamartín. A Guardiola incluso le dio tiempo de homenajear a Abidal.

Hoy, por las buenas o por las malas, el Barça es mejor equipo que el Madrid, ayer más identificable que nunca, nada que ver con aquel plantel colérico que remitía al Grupo salvaje de Sam Peckinpah. Y bien que lo agradeció el Barça, pulcro e inmaculado, como si nunca hubiera roto un plato.

Así las cosas, parecerá que sobra Mourinho. Al menos, para el Barça. El Madrid, en cambio, igual piensa que solo un tipo duro y avinagrado como Mourinho es capaz de acabar con la dictadura infantil de los niños de Guardiola, felices por volver a Wembley, el templo en el que sus padres se coronaron con el dream team.

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