Deportes

El hermano de verdad, el campeón

Un ataque de Andy Schleck en el Izoard, a 62 kilómetros de la llegada, dinamita el Tour y hunde definitivamente a un fatigado Contador

CARLOS ARRIBAS Galibier 21 JUL 2011 - 20:30 CET

En el Anboto, en Vizcaya, quien quiere dar gracias a la madre naturaleza por haber superado un mal trance, o quien quiere contar con su ayuda antes de iniciar una aventura que teme audaz, se pasa por el balcón de Mari, la cueva en que reside la madre, quien casi siempre accede con dulzura a las peticiones. En el Izoard, desde los tiempos de Coppi, aquel que, como escribe Buzzati, sin ser ni gélido ni cruel hizo sentirse a Bartali un ciclista perseguido por los dioses, y más, aún, desde los tiempos de Bobet, el primer campeón francés de la posguerra, una orden debe ser respetada: los campeones deben pasar solos por la Casse Déserte, el paraje desolado, lunar, que indica a los ciclistas que han llegado a los 2.000 metros, que se acabó la vegetación humanitaria, la sombra agradable de los árboles, los arroyos cantarines, que por delante solo esperan dolor y sufrimiento.

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Chico aplicado, solemne y glorioso, Andy Schleck lo hizo, alcanzó la corona de laurel, siguiendo al pie de la letra las escrituras litúrgicas del Tour -pasó solo por la Casse Déserte, después de un ataque lejano, 50% audacia y sentimiento de grandeza, 50% de cálculo- y también cumpliendo a la perfección los cánones tácticos (gracias a un gran equipo, por supuesto), en especial el capítulo que dice que las carreras se ganan en la montaña pero se deciden en el valle.

Después de los fuegos artificiales, de los ataques hermosos porque sí, por instintivos, por rabiosos, por inconformistas, por inesperados, en puertos de segunda, en la gran etapa alpina, la de los tres gigantes de casi 3.000 metros, estalló, por fin, el Tour y se llevó por delante a Alberto Contador, fatigado, que ya no ganará.

No se sabe aún quién llegará de amarillo a París. Puede ser uno de los hermanos luxemburgueses, puede ser Thomas Voeckler, puede ser Cadel Evans, pero sí que se sabe que la etapa del Agnello, el Izoard y el Galibier coronó a un nuevo campeón del ciclismo, Andy Schleck, el hermano de verdad, ya se puede decir en alto, quien por fin hace algo a la altura de su fama, y más allá, aún. Se coronó en el Galibier, un puerto que siempre ha sido de paso y que ayer, con sus 2.645 metros espléndidos, acogió por primera vez un final en sus 100 años.

Andy lo hizo todo a lo grande, a la altura del mito, de una manera que hacía años -unos hablan de Landis, su gran y maldito ataque camino de Morzine, enorme y desgraciado, en 2006; otros hablan del Merckx del 69, de su ataque caprichoso y desmedido en los Pirineos camino de Mourenx: de los dos tuvo algo, de los dos, también, se alejó bastante- no se veía en el Tour, de una manera que se pensaba ya imposible. Atacó de lejos con rabia -fuera etiquetas, fuera retratos insidiosos de aquellos que lo llamaban sister por sus llantos y quejas; fuera provocaciones de Riis, su exdirector, quien siempre despreció su cabeza táctica, su mentalidad- y también con sentido. Con un plan colectivo en la cabeza.

Primero, su equipo envió por delante a dos sólidos ayudantes, Posthuma y Monfort; después su hermano mayor, Frank, su espía en el pelotón, le advirtió de que Contador, sin gafas, con mala cara, remoloneaba a cola del grupo, despistado, y ordenó a su fiel O'Grady que acelerara la marcha, como si lanzara un sprint cuando se acercaban al 10%, a lo más duro del Izoard. Y llegado el momento, Frank, tan bueno, le dio un silbidito. La señal para atacar que obedeció sin pereza Andy. Faltaban 62 kilómetros para la meta. Quedaban siete kilómetros del Izoard, todo el valle, azotado por el viento, entre Briançon y la subida rodante del Lautaret; quedaba el tremendo Galibier, viento de cara frío, una tarde luminosa, de sol y crestas azuladas en el horizonte. Nubes altas. Nadie le siguió.

"Cuando se fue, pensamos que era una locura, que no iba a ninguna parte con lo que quedaba", dice Christian Vandevelde, el norteamericano del Garmin, resumen de lo que pensaron todos. Contador, tan lejos, a cola, ni siquiera puede opinar. No lo vio. Evans, el que tenía ya el Tour casi en las manos, y los demás favoritos, prefirieron temporizar, echar un póker, sangre fría. Fue más bien sangre congelada. La sangre fría fue la de Andy, quien tras rendir solo tributo a Coppi y Bobet en su Casse, encontró compañía en sus compañeros adelantados y en otros fugados para aumentar su ventaja hasta 4m a falta de 15 para el final. Fue entonces, bajo la mirada complacida de Eddy Merckx, que en él se reconoció, cuando se fue solo definitivamente hasta la meta. Detrás, en el valle traicionero, el caos y los malos entendimientos. Todos, salvo Contador, que a ocho kilómetros no pudo más, a rueda de Evans, uno que siempre reacciona tarde y es solo hermoso cuando está derrotado.

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