El limbo de Ezequiel
El subcampeón de la Vuelta del año pasado va a cumplir un año sin competir a la espera de sanción o absolución
Cobo y Froome se jugaban la Vuelta en Peña Cabarga como se la disputó él a Nibali hace un año en la Bola del Mundo. Desde su casa de Teo, cerca de Santiago, Ezequiel Mosquera había estado ajeno a la carrera porque quería evitar que el recuerdo se clavara como un puñal, pero no pudo evitarlo. "Tres días antes había puesto la etapa del Angliru y me quedé con mal cuerpo, pero me volvió a picar el bicho y encendí el televisor". El día 30 se cumplirá un año desde que le cambió la vida. No hacía ni dos semanas que se había subido al podio de la Vuelta cuando se supo que tanto él como su compañero David García habían dado positivo por hidroxietil, un diurético que se identificó como enmascarador de EPO.
La noticia llegó pocas horas después de conocerse el positivo de Alberto Contador por clembuterol. A las pocas semanas se confirmó que David García sí había hecho trampas. "Recurrí a un preparador ajeno al Xacobeo, que me vendió la panacea, algo que según él era indetectable y que iba a mejorar mi rendimiento", explicó el lugarteniente de Mosquera en una entrevista concedida a La Voz de Galicia la pasada semana. En ella se afana en recalcar el carácter individual de su decisión: "Algunos se empeñan en que Ezequiel tuvo que tomar EPO porque yo lo hice, pero no fue así".
Lo cierto es que en los análisis de Mosquera jamás se encontró otra cosa que no fuera una glucosa de hidroxietil por la que no se tipifica sanción excepto que se demuestre que se administró por vía intravenosa. La Agencia Española Antidopaje ha emitido un informe en el que señala que no hay posibilidad de discernir cómo llegó esa sustancia al ciclista, este niega que fuera directa a la sangre, pero a instancias de su defensa prefiere no ser demasiado explícito por más que la propia Agencia considere imposible que pudiera ser a través de los alimentos. "Tengo la sensación de que lo que buscan es cazarme, de que por un lado están los blindajes y los blindados y por otro los vulnerables y vulnerados", explica el corredor.
Nada más ser consciente de la situación, Mosquera acudió a la Unión Ciclista Internacional en busca de una decisión que determinara si cabía sanción o no, pero esta se tomó su tiempo para decidir a finales de abril que todo dependía del Comité de Competición de la Federación Española de Ciclismo, del que aún se espera respuesta. Al corredor le duele que el caso no se cierre "en uno o en otro sentido". Esa indefinición le mantiene en un extraño limbo porque tiene licencia para participar en cualquier prueba y no lo hace porque su equipo, el Vacansoleil holandés con el que firmó un contrato de dos años días antes del análisis de la discordia, no le alinea, temeroso de que ello acarree represalias por parte de la Unión Ciclista Internacional, la misma que le comunicó el 18 de febrero, dos días después de la reaparición de Contador, que era "libre para competir en cualquier prueba". "Es la decisión del equipo y hay que entenderles. Me hubiese gustado que le echaran más pelotas, pero es una estructura nueva y no van a arriesgarse", explica. Tampoco le ayudó que justo el 19 de febrero su compañero Roberto Riccó ingresara de urgencia en un hospital italiano tras realizarse una autotransfusión. Vacansoleil le dio pasaporte y desde entonces pisa con pies de plomo sobre arenas movedizas.
"En el ciclismo nadie tiene credibilidad, todos somos malos malísimos", lamenta Mosquera, bajo la lupa también por su tardía irrupción en la élite. "Hay quien piensa que salí de la nada, pero eso es porque no conoce mi trayectoria y las peripecias que he pasado". Su vocación por la bicicleta, sin embargo, no le llegó pronto: comenzó a competir con 19 años y con 23, ya ganaba carreras. Con 24, dio el salto a profesional en el Paredes luso. "Estuve seis años en Portugal porque en España no había opciones. De allí es difícil salir porque nadie se fija en ti. Pereiro tuvo esa suerte y yo también porque cuando se montó el Kaiku con tanto chicos jóvenes, vieron que también necesitaban escaladores con experiencia", relata. En la escuadra vasca demostró sus cualidades cuesta arriba y como fondista, siempre entre los 10 primeros en todas las rondas en las que participó entre febrero y septiembre. "Luego la organización de la Vuelta decidió no invitar al equipo", lamenta. Pero su buena campaña le abrió las puertas del Comunidad Valenciana. "Y estalla la Operación Puerto... Al final debuté en la Vuelta con el Xacobeo en 2007 con el nivel que tenía tres años antes".
Ahora, con un buen contrato, líder de un equipo multinacional, las indecisiones ajenas le han hecho perder la temporada. Entrenó duro hasta julio porque sus jefes le dijeron que se habían acabado las dudas, que iba a hacer la Vuelta a Polonia y que estaba inscrito para correr la Vuelta a España. "Estaba más fino que nunca, 61 kilos. Iba como un tiro", detalla. Pero una vez más le dejaron en el banquillo. Ahora sale un par de horas al día a rodar -"porque me gusta y me evado"- mientras espera una llamada que le saque de un limbo que asume entre el fatalismo y la retranca. "Al final el malo de la película soy yo. Están Satanás, Bin Laden y luego a puntos voy empatado con Gadafi. No soy ni pesimista ni optimista, pero el día que cuente todo lo que he vivido...".