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"¡Estás fuera de control!"

Serena Williams se enfrenta a la juez de silla y Stosur gana su primer grande

J. J. MATEO Nueva York 12 SEP 2011 - 00:34 CET

"¡Me lo habéis vuelto a hacer! ¡No mola nada!" Mientras la australiana Sam Stosur levanta un muro con su servicio, la estadounidense Serena Williams, superada desde el principio en la final del Abierto, se enfrenta a gritos con Eva Asderaki, la juez de silla: "¡Estás totalmente fuera de control! ¡Odias! ¡En tu interior no eres atractiva! Si me ves por un pasillo, mira a otro lado". Así pasan las cosas en Nueva York. Serena cede un break, tras perder el primer set por 2-6, por celebrar con un grito un punto que le daba el 40-40 antes de que la pelota botara dos veces. La juez le da ese tanto a Stosur, que consigue así un juego que odiará para siempre. Es como activar un huracán. Hasta entonces, la estadounidense no tiene nada que decir en el partido (2-6, 0-1). Es que la castiguen y que se dispare: se pone a gritar al árbitro ("¡Ni se te ocurra mirarme!"), recupera la rotura al siguiente juego (2-6 y 1-1) y enseña los colmillos (2-6, 2-1 y 40-15) hasta que Stosur se alza con el título (6-2 y 6-3 en 1h13m).

Muchas cosas encumbran a Serena Williams, campeona de campeonas: son 13 grandes, una embolia pulmonar superada hace cinco meses, y cientos de barreras salvadas desde una niñez llena de dificultades. Sus dos últimas apariciones en Nueva York, sin embargo, pintan a una campeona extremadamente agitada, protagonista de escenas que empañarán inevitablemente su herencia. En 2011, la exnúmero uno mundial se enfrentó a gritos a la juez de silla. En 2009, acabó en el vestuario, derrotada tras otro acalorado intercambio con una juez de línea, que le valió la pérdida de un punto tan clave como para darle directamente el encuentro a su rival, la belga Clijsters. Desde entonces, Serena juega oficialmente bajo la condición de no provocar más incidentes, algo así como en libertad vigilada. El supervisor del torneo y el Comité de los Grand Slams tendrán que revisar ahora su caso.

A ese torrente de emociones debió enfrentarse Stosur, la número diez, una tenista sin su experiencia competitiva. La australiana tiene todo lo que hoy le falta a Serena. Saca durísimo. Corre como un tiro. Cambia alturas con el cortado, altera siempre el ritmo. Su derecha es dinamita y su servicio el mejor tributo para esos bíceps construidos en el gimnasio.

"Siempre ha sido mi sueño estar aquí algún día, así que ahora no sé qué decir", se despidió la campeona, que logró el primer grande femenino para Australia en 31 años, con 27, y tras superar un día tormentoso en el cielo y huracanado en la pista.

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Samantha Stosur besa la copa que la acredita como vencedora del Abierto de EE UU. / CLIVE BRUNSKILL (AFP)

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