Deportes

Se va Txente, se va un ciclismo

Se retira, a los 39 años, García Acosta, gregario modelo y mucho más durante 17 cursos

CARLOS ARRIBAS Madrid 25 OCT 2011 - 20:20 CET

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En su primer Tour, siglo pasado, 1997, Txente García Acosta duró cuatro días. Se rompió la clavícula en una caída histórica, la que protagonizó Fabiano Fontanelli al arrollar a una espectadora despistada el día en que el Tour atravesaba por primera vez el espectacular puente de Saint Nazaire. Dos meses después, en su primera Vuelta, él, tan grandote, fue capaz de ganar una etapa con final en alto, culminando con sabiduría, su especialidad cuando estaba inspirado o cuando tenía libertad para darse el gusto, nada menos que en el Naranco. Nadie podrá negar, pues, que Txente, que anunció esta tarde que colgaba la bicicleta, entró en el ciclismo haciendo ruido, con estruendo. Nadie podrá negar tampoco que se va, pese a que su última fuga haya estado precedida de una caída en su última Vuelta, con más silencio del que hubiera merecido. Quizás como todos los que lo dejan después de una larga carrera. "Antes de la Vuelta lo tenía casi completamente decidido, dejarlo", dice. "Luego, la caída acabó de decidirme y también de fastidiarme. Como mi compañero Arrieta el año pasado, que se tuvo que retirar de la Vuelta y no pudo despedirse voluntariamente con dorsal, no he podido despedirme desde la bici, sino meses después, cuando ya me he recuperado físicamente -lo he pasado muy mal—y casi moralmente, lo que es más difícil".

Se despidió Txente, que es de Tafalla y tiene 39 años, que ha estado 17 de profesional -siempre en el mismo equipo, el de Echavarri, que lo pasó a profesional sin ser ni mucho menos el más espectacular de los de su cantera amateur: su valor era otro, claro, y el de Unzue-, que ha corrido casi 15 Vueltas, casi 12 Tours, ningún Giro, ha ganado un par de etapas en la ronda española y una en el Tour, nada menos que un 14 de julio, en Draguignan en el año 2000. Lo ganó con sabiduría, a su estilo, a un grupo en fuga -en un repecho, dejando caer unos piñones y dejando clavados a sus compañeros: y cuando lo dice, con alegría sádica imita el ruido de la cadena al rozar en su caída los piñones hasta clavarse donde más daño hace. A veces, sin embargo, el sadismo, la sabiduría, se transforman en masoquismo, en pasarse de listo, como cuando dejó que Mercado le robara la cartera, a él, al abuelo, en otra etapa del Tour: tardó mucho en recuperarse de ese golpe-, y con él se despidió una forma de hacer ciclismo, un estilo que quizás no se vuelva a ver. Esto se dice siempre que un viejo deportista se muere, eso de que se acaba una época, o se retira, pero en el caso de Txente es una afirmación más verdadera que en otros, o al menos tan verdadera. Así, al menos lo ve él, que representa, orgulloso a todos los gregarios del mundo, a todos los corredores oscuros, los que están para tirar del carro, de los que muchas veces no sabemos nada pues no salen en la tele. Su trabajo lo hacen sobre todo en los primeros kilómetros de las etapas, a todos los capitanes de ruta, directores dentro del pelotón, capaces de decidir sin pinganillo, de observar, analizar, actuar, hacer actuar, líderes del equipo en la carretera y en el hotel, maestros. Esos corredores que la UCI ha decidido que no valen nada, pues no aportan puntos -su valor, queda dicho, no son las victorias-, y los puntos es lo que necesitan los equipos que quieran estar en la élite. "No sé qué ciclismo vendrá", dice el corredor con cierta desesperanza. "Pero seguro que es diferente al que he vivido yo. Y no sé si me gustará. Los jóvenes ya no son como los de mis tiempos", explica. El pelotón español se quedó sin su decano en una temporada en que también colgaron la bici Iñigo Cuesta y Carlos Sastre. Ahora, el más viejo es el mallorquín Joan Horrach, de la generación del 74, que hace nada era un niño.

El resumen de su carrera es una frase -"me marcho apenas con un puñado de triunfos, pero yo siento que son muchos más, los de Miguel [Indurain], los de Alex [Zülle], los de Abraham [Olano], los de Chava, los de Óscar [Pereiro], los de Alejandro [Valverde]", leyó en su discurso de despedida; he trabajado mucho para mis líderes, pero, a cambio, he recibido mucho más, sobre todo, el cariño inmenso de la afición"- y su futuro, seguramente, un puesto en el staff de su equipo de toda la vida, del equipo navarro al que él prestó su alma navarra.

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