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Djokovic inclina a Nadal en un duelo épico

El serbio suma su quinto grande remontando ante el español en una final majestuosa, la más larga de la historia de los grandes (5h 53m), disputada de poder a poder: 7-5, 4-6, 2-6, 7-6 y 5-7

JUAN JOSÉ MATEO Melbourne 29 ENE 2012 - 15:54 CET

A las cuatro horas de partido llega la lluvia, que acompaña con sus gotas un grito de puño cerrado: es Rafael Nadal quien aúlla, quien salta con los colmillos al aire, porque antes de que se cierre el techo de la pista ha levantado un 0-40 que dejaba a Novak Djokovic sacando por el título. Con 7-5, 4-6, 2-6 y 4-4 para el número uno se para el duelo. Mientras las toallas secan el cemento, los dos rivales repasan lo que ha ocurrido para que Nole mande tras ceder la primera manga en 1h20m. Primero, el serbio empuja a pelotazos a Nadal, que acaba pegando un pírrico 4% de bolas desde dentro de la pista. Ahí empieza Nole a repartir el juego con los pies sobre la línea (34%). Si el mallorquín no cede ante eso es porque en su corazón vive un demonio: de embestida en embestida, sueña con la victoria (4-2 en el quinto) y se acaba inclinando 7-5, 4-6, 2-6, 7-6 y 5-7 ante un rival superlativo y tremendo, en la final más larga (5h53m) de la historia, que terminó pasadas la 1.30 de la noche australiana.

A las 21.00h hay 33 grados de temperatura en Melbourne. Los dos rivales juegan atenazados por los nervios y con las piernas como piedras. Ahogados por el bochorno, ninguno se mueve con la facilidad que les caracteriza. Nadal resopla. Nadal grita. Nadal sufre un mundo para mantener muchos de sus servicios y juega siete partidos en uno: el de la final y los seis perdidos consecutivamente ante su rival en 2011. Djokovic, que llega con un día menos de descanso, tampoco es ajeno al infierno de la tarde. Él lo padece más, cocido en su jugo, ahogado en su aliento, sintiendo que todo lo que le rodea es aire hirviendo. Igual que un náufrago en busca de auxilio, Nole abre la boca, maldice y se queja contra el mundo. Su raqueta paga con el suelo el primer break cedido, que abre un maratón. Los dos rivales tardan 40 minutos en disputar seis juegos, 56 en competir ocho. Al final de la primera manga se llega con el encuentro donde Nadal quería: set arriba y ya 1h20m de duelo.

Lo que debe ser la tumba de Djokovic es una espuela en su ánimo. Lo que ha visto hasta entonces no le vale: Nadal intenta neutralizar su revés mandándole golpes paralelos cortados. Con un posicionamiento agresivo, los pies bien cerquita de la línea, asume la posibilidad del fallo con el revés a cambio de no ceder pista. Nole intenta entonces tirar antes, ser el más rápido del Oeste. Es una delicia verle. Pega y pega. Su bola corre que se las pela sin esfuerzo aparente.

"Adje Nole!", gritan los serbios mientras llega al 5-2. "¡Vamos!", le grita al campeón defensor parte del público, que ve cómo Nadal tiembla, cómo Nadal sufre, cómo Nadal le pega puñetazos a su raqueta y recuerda una a una las seis derrotas de 2011. Una acción inusitada lo demuestra: el español pide el Ojo de Halcón intentando que le dé como malo su propio saque porque Djokovic le ha metido un resto ganador (5-2 y 40-30). Es el momento del número uno, que saca por el set (5-3). Es el momento de Nadal, que rompe ese saque (5-4) y se dispone a igualar el encuentro (5-5). Ahí, tiembla. Ahí empiezan a bailar en su cabeza los malos recuerdos. Ahí, en un juego embarullado, cede el break y el set con una doble falta. Parece que es el fin, que Nadal, el indomable, por fin claudica.

Ya no volverá a mandar en los intercambios. Ya no volverá a encerrar a Nole en una esquina. Ya no volverá a dar la impresión de ser superior físicamente ni de tener en su cabeza respuestas para todas las preguntas. Nadal, sin embargo, lucha hasta límites inhumanos. Primero remonta ese 0-40 en el cuarto set. Luego levanta un 5-3 en el tie-break. Manda break arriba en el quinto, donde parece más fresco que Djokovic, con un día menos de descanso. Frente a eso, Nole, un campeón orgulloso. Djokovic roe todos los saques del español restando un 72% de las bolas y le obliga a un esfuerzo continuo que le presiona y desmoraliza. El serbio pone a Nadal a correr. Por debajo en el quinto set, lo fía todo a su inmenso talento. Es el momento de los tiros. La hora de sus golpes, que poco a poco magullan la armadura de Nadal, un guerrero que tardará mucho en digerir la gran ocasión perdida.

Que las leyendas abran paso a Nole, capaz de remontar un break de desventaja en la quinta manga, listo para darle la vuelta al resultado frente a un devorador de cerebros, presto para levantar una bola de break cuando sacaba por el trofeo a la 1.30 de la madrugada. El título es suyo: suma cinco grandes, ha conseguido que Nadal sea el primer tenista en perder tres finales del Grand Slam consecutivas, y amenaza con establecer una tiranía. Es Atila con raqueta.

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