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Cuando ciegan los colores

Jugadores del Barça y el Madrid discuten en un lance de un partido. / uly martin

Forofismo: tendencia que tiene el fútbol de nublar nuestra capacidad de reflexión, mucho más de lo que puedan hacerlo otras cuestiones enormemente más significativas.

Hay gente que es capaz de debatir de forma apasionada, honesta y civilizada sobre cualquier argumento y que, de pronto, se torna completamente intolerante a la hora de discutir sobre su equipo. Como si necesitaran un recreo de las cosas importantes, algunos, cuando hablan de fútbol, activan el piloto automático de las emociones.

No me refiero a las reacciones que se producen en el transcurso de los partidos, cuando la sangre hierve y, sin importar lo que suceda, todo el mundo insulta al árbitro o al juez de línea, sino a cuando, plenamente conscientes y con la perspectiva del tiempo y la distancia, se insiste en conservar la ceguera.

Que vivir el fútbol desde nuestro sentimiento no nos impida dudar, discutir, discriminar y argumentar

Muy revelador es ver cómo algunos foros de Internet, esa moderna herramienta que estimula la libre expresión y la comunicación, en vez de ser utilizados para discutir o rebatir argumentos, se llenan de insultos y descalificaciones personales, como si cualquier opinión no concordante con los criterios del lector solo pudiera ser fruto de una visión sesgada. Es triste y desvirtúa su razón de ser ver esos foros utilizados como un medio para prolongar la impunidad que algunos creen tener en la tribuna.

Llama también la atención otro patrón de moda: algunos lectores creen que, siempre que no coincidan con las suyas, las opiniones de los periodistas (o invitados como yo) son solo tácticas discursivas para acomodar la realidad de acuerdo con oscuros intereses editoriales o personales. Si lo que se dice no cuadra con sus sentimientos, suponen que no existe un ejercicio deliberado de quien comunica por intentar contar lo que ve, sino un simulacro dedicado a maquillar lo que se ve para presentarlo como real. Los ejemplos más claros se aprecian cuando, en el análisis de un partido, las mismas líneas son denunciadas por simpatizantes de ambos equipos como una opinión funcional a los intereses del otro.

No ayuda esta Liga bicéfala a sosegar las visiones maniqueas que tienden a identificar todo lo bueno con una parte y culpar a la otra de todo lo malo

No ayuda esta Liga bicéfala a sosegar las visiones maniqueas que tienden a identificar todo lo bueno con una parte y culpar a la otra de todo lo malo. La señal más alarmante, sin embargo, no proviene del forofismo en sí, sino de los que pretenden utilizarlo. ¿Qué forma extraña de medir la lealtad hace que, si uno es madridista, disfrutar estéticamente de un gol de Messi o de una combinación del Barça sea una deserción de los colores? ¿Por qué señalar un exceso de Pepe o disentir sobre una idea de juego sería convertirse en un conspirador? ¿Es ese el mismo tipo de sinapsis que hacen las iluminadas cabezas que deducen que, si uno es hincha del Real Madrid, es un nostálgico de Franco? ¿O las que piensan que alabar el juego del Madrid es ser resultadista, si es que esa palabra significa algo? ¿O que hacerlo significa convertirse en un activista promotor del piquete de ojos y el corte de manga?

Es pecar de vanidad moral pretender usar los éxitos presentes o pasados de un equipo como un pedestal para imponer valores o para sentarse sobre el libro de etiqueta del deber ser. No parece una idea edificante avivar la llama de un duelo futbolístico hoy tan caliente, para intentar izar una ética, extendiendo el fuego a otras bipolaridades españolas: creyentes y agnósticos, taurinos y antitaurinos, falangistas y franquistas, fachas y rojos, monárquicos y republicanos, independentistas y nacionalistas, fumadores y no fumadores y otros encolumnamientos que solo sirven para vender, adosado al fútbol, un mundo sin matices.

Sin caer en el relativismo, podemos diferenciar que una cosa son las simpatías o las antipatías que puedan producir algunos de los protagonistas coyunturales, con sus buenos y malos ejemplos, y otra es extraer de allí argumentos para generalizar, arrojando a la misma bolsa y según convenga algunos fragmentos de la historia, las filiaciones políticas, las arengas patrioteras, los dedos en los ojos, los errores arbitrales, los cortes de manga, los estilos de juego, las patadas y planchas de Pepe o las exageradas caídas de Busquets.

Que vivir el fútbol desde nuestro sentimiento o defender un estilo de juego desde nuestro gusto no nos vende los ojos con la bandera de los colores preferidos. Que no nos impida dudar, discutir, discriminar y argumentar. Aunque solo sea para asegurarnos que las pasiones que despierta el fútbol todavía nos dejan ver otras perspectivas. Para que no nos abracemos a cualquier consigna con la misma pasión con la que nos abrazamos al equipo de nuestros amores.

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