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Abran juego, señores

Lo más curioso es que, ante el silencio del Chelsea, el Barça se quedó sin palabras

Los jugadores del Chelsea celebran el pase al final de la 'Champions'. / JOSEP LAGO (AFP)

Para entender la perplejidad con la que asistió el mundo del fútbol a la clasificación del Chelsea valga una anécdota: mientras mirábamos el partido que el Barça no podía quebrar, un amigo inglés, admirador del Barça, comentó que la resistencia de sus compatriotas quizá era una recompensa que les otorgaba el dios del fútbol por su humildad: grandes figuras que abdicaban de su condición para convertirse, pala en mano, en simples operarios. En este caso, en afanados obreros del área penal. Un premio a la grandeza de 11 tipos que se despojan de su ego y aceptan desde el principio su inferioridad.

Alrededor del minuto 80 la idea de la intervención divina me resultaba imposible de refutar para poder explicar un partido en el que, excepto a Valdés, a nadie hubiera molestado si el jardinero del club, para ganar tiempo, comenzaba a segar el césped en la mitad del campo del Barça en medio del partido. Más tarde, cuando Torres marcó el segundo gol, pensé: ¿desde cuándo al dios del fútbol le interesa la ética? No hay entrenador profesional que pueda mantener su puesto aferrado solo a su buen hacer o a un comprometido trabajo diario. Quien no gana los domingos debe marcharse a su casa, generalmente insultado. El mérito y el éxito no son calles paralelas aquí. Le comenté a mi amigo que la idea de un dios ético resultaba imposible por contradictora: ¿Dónde había estado todos estos años? ¿Por qué consideraría que lo del Chelsea era humildad y no simplemente supervivencia? Le dije: “Si el dios del fútbol existe su pasado demuestra una clara inclinación por los juegos de azar”.

Más fácil es pensar que, para afrontar un debate ante el mejor orador del mundo, el Chelsea adoptó una actitud desprejuiciada, innovadora y sencilla: no debatió. Lo más curioso es que, ante ese silencio, el Barça se quedó sin palabras o, mejor dicho, todo su proceso argumental perdió la razón de ser: ¿Para qué esgrimir elaborados conceptos sin audiencia? ¿Cómo convencer con grandes ideas a quien no te oye? Lo que logró el Chelsea desertando prácticamente todo el campo fue obligar al Barça a atacar a los gritos, una tarea más basta y rudimentaria para la cual no tiene afinada la voz. El partido se resumió a eso y a que el dios del fútbol estuvo más juguetón que de costumbre.

El Madrid y el Bayern sí que expusieron sus argumentos en un gran encuentro

El Madrid y el Bayern sí que expusieron sus argumentos en un gran encuentro. Heynckes saco su máquina atrevida y equilibrada a jugar sin complejos en el Bernabéu. El atrevimiento se lo da al Bayern Robben, Alaba y Ribéry. El equilibrio, Schweinsteiger. Un jugador sorprendente, dedicado a ocupar todas aquellas posiciones del campo en donde hace falta que haya alguien. Mourinho puso en cancha el máximo arsenal ofensivo que se puede permitir sin quebrar su estilo y junto a Ronaldo con Di María, Benzema, Özil, Xabi Alonso y Marcelo. Este último fue clave en el resultado final: tiró el centro en la jugada del penal, empujo al equipo en la antesala del segundo gol y, con la misma soltura, siguió al ataque después del 2-0 y no logró volver a su posición en la contra previa al penal de Pepe. Fue una pena que el justo casi campeón de la Liga no haya podido, ni siquiera con la entrada Kaká y Granero, gestionar el balón por el centro. También que semejante duelo no tuviera ganadores y que el pase a la final se debiera decidir en una suerte tan ajena a la justicia deportiva como los penales. Según la teoría futbolístico-religiosa de mi amigo inglés, alguien debió haberse portado muy mal en el Real Madrid como para castigarlo con semejante tanda de penales.

A una semana en la que parecía que ya nada se podía analizar desde la lógica la salvo Llorente en San Mamés. Apareció a dos minutos del final para ponerle primero el cuerpo y luego la punta del pie a tanta incertidumbre.

Ya el viernes, con Atlético y Athletic dentro de una merecida final, y cuando todo parecía retornar hacia una causalidad más o menos comprensible, nos sorprendió Guardiola. Hasta ahora, cuando alguien comenzaba a dudar del sentido de todo, podía sintonizar al Barca y dedicarse a anticipar cada uno de sus pases y circulaciones. Guardiola devolvió al balón un protagonismo sobre los resultados que había sido puesto en duda en el fútbol moderno. Su máximo éxito fue lograr desmontar algunas ideas bastante arraigadas que durante mucho tiempo se daban por sentadas. Su marcha exacerba lo azaroso del fútbol.

Si alguien todavía tenía dudas después de esta semana ya está confirmado: el dios del fútbol si juega a los dados.

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