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Termodinámica para futboleros

Es alarmante pero no casual la trascendencia desproporcionada que se les dio a los árbitros esta temporada

Cristiano Ronaldo, ante el Granada. / JORGE GUERRERO (AFP)

Se coronó el Madrid y reemplazó al Barça como campeón de Liga. Lo que quizá nadie esperaba era que, sobre el final, los constantes prejuicios arbitrales que rondaron todo el año por el Bernabéu se transformaran y viajaran en el puente aéreo.

Es alarmante pero no casual la trascendencia desproporcionada que se les dio a los árbitros esta temporada. Cuando la distancia entre éxito y fracaso hace equilibrio sobre un hilo tan fino y la balanza la inclinan los detalles, nadie quiere sentir que cedió la más mínima ventaja. Igual que el miedo a la oscuridad o al encierro, podemos encuadrar el temor a ser perjudicados por los árbitros dentro de los miedos atávicos. Como si en ello nos fuera la supervivencia, la idea de ser afectados por algo externo al propio desempeño nos supera y las quejas o advertencias que hacemos son a veces tan irracionales que afectan incluso a las propias convicciones.

Tampoco nos debería sorprender que, mas allá de ese batifondo, el Madrid haya ganado la Liga por méritos propios. En los torneos largos, los inevitables errores arbitrales suelen diluirse. El Madrid ganó simplemente porque en su mano a mano con el Barcelona se termina imponiendo. Más allá de las repetidas alusiones de Mourinho o de las escasas aunque extemporáneas puntualizaciones de Guardiola, finalmente fue el fútbol y no cualquier otro factor el que dio el título a los blancos. El Madrid ganó porque fue más consistente asalto tras asalto y porque, sobre el final, metió un puño certero al mentón del Barça en el Camp Nou.

Lo que nadie pensaba es esos prejuicios arbitrales del Bernabéu viajaran en el puente aéreo

Esa densidad que ostentó el Madrid a lo largo de toda la temporada con un plantel muy largo, rico y comprometido no la logró igualar un Barcelona al que le faltó masa para afrontar semejante volumen de compromisos y los abrumadores números de su único rival. Incluso en las mejores condiciones le habría costado a este Barça de época seguir el ritmo feroz que impuso el Madrid: 97 puntos a falta de una fecha con grandes posibilidades de llegar a 100 por primera vez en la historia, 117 goles a favor, 31 en contra, solo dos empates como local, solo una derrota fuera de casa, 7 puntos sobre el segundo y un abismo de 36 sobre el tercero... El Madrid no solo corona la Liga, sino que deja números difíciles de repetir.

El Barça, por su parte, también completó una Liga magnífica. De hecho, con sus 90 puntos actuales, habría sido el cómodo campeón de cualquier torneo de la historia previo a 2009, con excepción de la temporada 1996-1997, que ganó el Madrid con 92 puntos, pero en la cual participaron 22 equipos.

Pero no solo fueron impuestos por el Madrid los problemas que debió afrontar el Barça a lo largo del año. Por un lado, el reciclaje emocional después de tantas victorias no puede ser de fácil gestión. Por otro lado, la decisión de transitar la temporada con un plantel más corto en relación al del Madrid fue una elección propia, quizá para facilitar el reparto de minutos en el plantel. A algunas lesiones y bajas de forma, en su mayoría previsibles, se sumaron los imprevistos de Abidal y Villa. La salida de Maxwell en diciembre no fue forzada por nadie más que, tal vez, por él mismo.

Otros números tienen relación directa con los goles. Con un entrenador inteligente y un futbolista genialmente extraordinario, el juego del Barcelona ha recorrido un camino inevitable: a medida que Messi acomodaba más copas en la vitrina, Guardiola reubicaba las piezas a su alrededor para dejarlo volar cada vez más alto. Este año, con un Messi que no encuentra techo, el Barça agudizó su paradoja: ¿cómo dar más cielo al vuelo de semejante talento y que, a la vez, los demás puedan seguir volando? Messi ya alcanzó este año la astronómica cifra de 68 goles, superando en 15 su registro anterior. Cada gol que sumó este año La Pulga a su registro se redujo en los de sus inmediatos seguidores. Los 45 goles que marcaron la temporada pasada entre Villa y Pedro se redujeron a 29 en esta de Cesc y Alexis.

Adaptando la primera ley de la termodinámica, podríamos decir que en el fútbol nada se pierde, todo se transforma.

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