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OPINIÓN

Una despedida

Nadie es tan consciente como Guardiola de que ha quedado atrapado en un laberinto sin salida

Josep Guardiola sale del túnel de vestuarios del Benito Villamarín. / CRISTINA QUICLER (AFP)

Comentaba Javier Mascherano en Barça TV: “Le pregunté a Messi si era consciente de que había marcado 72 goles en una temporada. Por suerte, no lo es. Aunque pueda que no sea humano, es bueno que Messi siga pensando que lo es”.

Estas palabras nos proporcionan una inevitable conjetura: no ser consciente de lo que está logrando le permite a Messi seguir en el Barça más feliz que nunca, mientras que a Pep Guardiola le sucede exactamente lo contrario: no sigue como entrenador porque es demasiado consciente de lo alcanzado. Es más, intuyo que nadie es tan consciente como Guardiola de que ha quedado atrapado en un laberinto sin salida. Porque Pep se retira a descansar, pero todo el mundo sabe que volverá, que no podrá escapar ya jamás de su destino barcelonista.

En algunos aspectos nos recuerda a Tom Buchanan, aquel exfutbolista y personaje de El gran Gatsby, de quien el narrador de la novela nos dice que está condenado a pasar el resto de su vida “buscando ansiosa y eternamente la turbulencia dramática de algún irrecuperable partido de fútbol”.

Seguramente ese partido irrecuperable que se jugó en el pasado trastorna tanto que sólo volviendo al hogar se evita que la catástrofe sea mayor. Regresará Pep, qué duda cabe, retornará al lugar del que en realidad nunca se fue. Sí, claro. Reaparecerá cualquier día, tal y como Cruyff ha anunciado: “Acierta al tomar esta decisión, ya que entrenar al Barça durante cuatro años desgasta mucho. Pero volverá. En el Barça hay muchos cargos”.

La fatalidad, eso es lo que en el fondo queremos”,

Romain Rolland

En esas palabras de Cruyff está prácticamente contenido todo, incluso cierta fatalidad, la tal vez amable condena que ha caído sobre Pep por haber transformado la historia del Barça. Pero el caso es que, siendo un enamorado tan verdadero y tan extraordinario de su club, no tiene la menor escapatoria posible. Es más, todo lo que va ocurriendo estos días parece encaminado a impedirle cualquier alternativa que no sea volver. Y así, por ejemplo, mientras Cruyff pronosticaba el retorno de Pep, el expresidente Laporta decía estar planteándose volver a optar a la presidencia del club. Uno cree ahí adivinar un cierto paisaje que nos espera en el futuro: a la hora de unas elecciones, un club nuevamente envenenado por la división en dos grupos sociales enfrentados. Y una sublime salida entonces: recordar que Guardiola podría lograr la unidad del barcelonismo.

Pase una cosa u otra, haya paz o haya guerra, todo lleva a pensar que Guardiola ha quedado encadenado de por vida y ya podremos verle entrenar a la selección chilena y a la francesa, al Bayern o al Chelsea, pero su verdadero destino siempre estará ahí esperándole. Si no hubiera hecho tan bien las cosas, quizás el fracaso en el Barça habría podido hacerle libre. Pero ahora ya es tarde. El insuperable éxito y ser tan consciente de lo alcanzado le han tendido una trampa, quizás una feliz trampa, pero le han dejado sin salida, le han convertido en héroe de un destino, protagonista de una fatalidad.

“La fatalidad, eso es lo que en el fondo queremos”, escribió Romain Rolland. Eso creo que es lo que pensamos muchos barcelonistas. Pero desde el lugar de Pep se puede expresar de otro modo: en la condena está lo que el enamorado buscaba. Doy vueltas a esto y me viene a la memoria el cariño que desplegó el Camp Nou la noche de la emotiva despedida. Y caigo en la cuenta —al fijarme sobre todo en los requiebros y pancartas y en los piropos tan afectivos— de qué forma tan impensada le tocó ese mismo día descubrir a Pep que en una separación siempre el que no está enamorado es el que dice las palabras cariñosas. ¿Y el otro? Bueno, es bien sabido que el amor, el verdadero amor, jamás se expresa directamente. Nunca se logra hablar de lo que se ama. De ahí la incomodidad de Guardiola cuando empuñó el micrófono en la noche memorable.

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