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El campeón determinado

Di Matteo supo interpretar los sentimientos de unos guerreros que se resistían a la renovación generacional

Drogba levanta el trofeo de la Champions. / TOBIAS HASE (EFE)

Sostenía Laplace que debemos considerar el estado presente del Universo como el efecto del estado anterior y la causa del estado que le siga y que, si fuéramos capaces de conocer y analizar todos los datos, nada sería incierto y tanto el pasado como el futuro estarían ante nuestros ojos.

Si queremos hacer un esfuerzo por rastrear algunas de las causas que hicieron campeón a este Chelsea, debemos remontarnos a la posta que tomó Di Matteo de Villas-Boas. El italiano supo interpretar los sentimientos de un grupo de guerreros que se resistía a la renovación generacional del portugués y se había abandonado a la deriva. Una vez al mando y lanzado por la borda el capitán, Di Matteo afilió a la vieja guardia para su causa y, a cambio, recibió un compromiso total junto al empujón anímico de voltear la eliminatoria de octavos con el Nápoles, que parecía perdida. Luego, sin mucho tiempo para intervenir, el entrenador ordenó al equipo alrededor de la consigna que garantiza el aprendizaje más sencillo y rápido: defenderse atrás.

Desde ese momento, y hasta el sábado, un Chelsea muy competitivo se dedicó en cuerpo y alma a la ardua tarea de intentar ganar y, a la vez, contradecir cada uno de los argumentos que esgrime el resto de los mejores representantes del fútbol actual. Si España es campeona del mundo a través de la posesión, al Chelsea no le interesa la pelota. Si el Barça marcó una era de victorias con su interpretación del ataque coral, Drogba, en cambio, cabalga solitario. Si el Madrid rompe todos los récords con ataques veloces y verticales, el Chelsea casi nunca procuró atacar en las semifinales o en la final y solo de vez en cuando logró hilar algunos contragolpes. Si el Bayern maneja con soltura la rotación posicional, el Chelsea se define ortodoxo.

Tras 35 remates del Bayern, el gol de Drogba no sorprendió: solo-sé-que-no-sé-nada

A partir de aquí, más allá de ese tenaz ejercicio defensivo, se hace difícil comprender las relaciones entre causa y efecto. No porque los ingleses hayan decidido jugar en estas instancias con un fútbol ultraconservador. Tampoco porque su estilo nos entretenga más o menos, según los gustos de cada quien, o porque no responda a los cánones de la modernidad (cada equipo juega con el estilo que cree conveniente y ninguno es, a priori, más efectivo que otro), sino porque con solo siete disparos entre los tres palos en los últimos tres partidos ni el ludópata más optimista habría podido prever que cuatro serían gol.

Ya contra el Barça, su porcentaje de posesión no había superado el 30% y sabemos que, por mejor que uno se defienda, es improbable sostener semejante desproporción sin sentirlo en el marcador durante 180 minutos. Sin embargo, el Chelsea sobrevivió encerrado en el área un bombardeo y un invierno nuclear en el Camp Nou y salió reforzado en su teoría de que, efectivamente, se puede crear algo de la nada. El sábado, los blues se reafirmaron y esperaron al Bayern incluso más atrás de lo esperado. Igual que contra el Barca, el bloque defensivo creó un dique en el centro y cavó una acequia hacia las bandas. El primer tiempo transcurrió entre las intenciones de Ribéry por acercarse a Robben para abrir espacios con el balón en la maraña azul y los intentos por liberar la subida de Contento por un lado y Lahm por el otro.

Que el Bayern no haya generado aún más profundidad por las bandas fue efecto de la numerosa y paciente defensa del Chelsea, pero también influyó la suspensión de Alaba. La ausencia del lateral pesó más para los alemanes que las de Terry, Ivanovic, Meireles y Ramires para los ingleses, lo que confirma que atacar bien es siempre más complejo que defenderse bien. Quizá por eso Heynckes retrasó unos metros a su equipo para el segundo tiempo, a la espera de sacar al Chelsea de su cueva y encontrar terreno para sus extremos y Müller. Todo ese esfuerzo solo tuvo consecuencias tras 35 disparos en un cabezazo de Müller.

Es por eso por lo que, tras la constante búsqueda ofensiva y los 16 tiros de esquina del Bayern, que fuera Drogba el que cabeceara a la red el único córner que tuvo el Chelsea ya no nos sorprendió. Ni el penalti que tapó Cech a Robben en el alargue o los de Olic y Schweinsteiger en la definición. Tampoco aquel de Messi ni su tiro al palo o el de Iniesta o el de Robben o el tiro al travesaño de Alexis o las 20 ocasiones claras que generaron y no convirtieron el Barça y el Bayern en tres partidos. Y no nos sorprendieron porque el gol de Drogba nos hundió en uno de esos típicos momentos futboleros: solo-sé-que-no-sé-nada.

Laplace diría que el Chelsea fue campeón porque las fuerzas que actúan en la naturaleza y las posiciones momentáneas de todas las cosas en el Universo así lo determinaron y que ese es su predecible estado presente, aunque ignoremos casi todos los datos para analizar las causas. O tal vez diría: “Merde alors..., ¡qué suerte!”.

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