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La rutina del éxito

Nadal (6-2, 6-2 y 6-0 a Istomin) y Ferrer (6-3, 6-3 y 6-2 a Paire) alcanzan la tercera ronda por octava vez consecutiva

Nadal golpea la bola durante el partido / Clive Brunskill (Getty Images)

“¡Calma Rafa, calma!”, le pide una espectadora a Rafael Nadal, que no es que esté precisamente metido en un atolladero. Si acaso, el público de la Suzanne Lenglen, que disfruta de la rara ocasión de ver al número dos mundial a unos metros, tan pequeña y coqueta es la pista, está observando una una victoria aplastante: 6-2, 6-2 y 6-0 al uzbeko Istomin, el segundo tenista que menos puntos le ha ganado al número dos en sus partidos en París (43) y que ni siquiera podrá decir que se cruzó con un Nadal imperial. Al contrario, y al igual que David Ferrer (6-3, 6-3 y 6-2 al francés Peire), el mallorquín vive un día más en la oficina mientras llega a tercera ronda. Sopla el viento. Cubren las nubes el cielo. Hace frío, y ni siquiera eso molesta a los españoles, que siempre prefirieron el calor de agosto sobre la tierra: por octavo año seguido, Nadal y Ferrer llegan a la tercera ronda. Es la rutina del éxito. Aunque la marca pueda parecer modesta, solo otro tenista de los diez mejores puede presumir de lo mismo: el suizo Roger Federer, campeón en 2009.

“Yo”, explicó sobre su triunfo Ferrer, que gestionó inteligentemente su duelo con Paire, competidor creativo y de revés impecable; “intento ser constante, no conceder oportunidades para que entren en el partido”.

Ferrer golpea la pelota durante el partido contra Benoit. / J. D. (AFP)

Esos triunfos que se dan por descontados, sin embargo, llegan tras superar innumerables trampas. Están los contrarios desconocidos que desean coleccionar una pieza prestigiosa para hacerse un nombre. Está el terreno de juego irregular, que a Nadal, caído sobre su mano izquierda, le dio un susto en el mismo lugar en el que antes se había caído Istomin (“habría que echar más tierra ahí”, convino el juez de silla). Está el peligro del estómago satisfecho, que aleja del esfuerzo. Y están, finalmente, la enfermedad, los dolores del físico, las indisposiciones que acompañan a la vida de los deportistas profesionales, que exprimen su cuerpo hasta el límite.

Bien lo sabe el británico Andy Murray, el número cuatro mundial, quien, dolido de la espalda y la pierna izquierda, estuvo a un par de puntos de abandonar ante el finlandés Nieminen, que mandaba set y break arriba. “Ya me dolía cuando me levanté”, explicó con el gesto de quien ve negro su futuro tras ganar 1-6, 6-4, 6-1 y 6-2. “En mi equipo, incluso hablamos de no jugar. Nada más empezar, con la adrenalina, no me dolía mucho, pero luego sufrí durante una hora y media. Estuve a unos puntos de retirarme”, prosiguió el escocés, al que atendió tres veces el fisioterapeuta. “Apreté los dientes y busqué una forma de darle la vuelta. Fue su culpa que volviera al partido, porque yo no hice nada especial y él cometió varios errores. Se puso un poco nervioso, yo empecé a moverme un poco mejor y el partido cambió dramáticamente”.

Eso es lo que queda en París. Drama. Tragedia. Lucha. Duelos, victorias y derrotas llenas de épica.

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