De Wimbledon a Marlene Dietrich
Fred Perry, último campeón británico de los grandes, se convirtió en una figura en Hollywood
El fantasma al que persigue Andy Murray fue mucho más que un campeón de tenis, cuatro veces coronado en la Copa Davis y ocho en los torneos grandes. Cuando muere Fred Perry (1909-1995), el último británico capaz de ganar Wimbledon (1936) y un torneo del Grand Slam (EE UU 1936), se marcha un rebelde: uno que con su origen humilde hace que se tambaleen las estructuras del muy conservador All England Club; uno que se nacionaliza estadounidense, participa lejos de los frentes de la Segunda Guerra Mundial y vive la gran vida en Los Ángeles y Miami; uno que da nombre a una marca de ropa y que protagoniza una vida escandalosa, de actriz en actriz, de modelo en modelo, el amante de Hollywood, cuatro veces casado: ahí están sus fotografías en blanco y negro con Marlene Dietrich, Jean Harlow, Helen Vinson…; ahí están los socios del club que fundó en Beverly Hills: Errol Flynn, Charlie Chaplin, los hermanos Marx…
The Last Champion recoge las andanzas de Perry, el ídolo y el hombre. Hijo de un cargo electo del partido laborista, su origen humilde siempre choca con el muy clasista mundo del tenis. Es una época en la que se compite con pantalón largo entre los hombres y falda hasta los tobillos entre las mujeres. Las pistas no tienen pasillos de dobles. Hay un mundo de diferencia entre los futbolistas y los tenistas, y va Perry y se entrena con los jugadores del Arsenal.
En consecuencia, cuando gana su primer Wimbledon (1934), los miembros del club le dan la botella de champán que le corresponde a él al vencido (Jack Crawford) y dejan la corbata que le reconoce como socio tirada sobre una silla, sin dársela en persona. Cuando abandona el mundo amateur y se convierte en profesional, Perry pierde su condición de socio y recibe una carta en la que se le dice que no merece volver a vestir el polo del All England Club (en respuesta saca unas tijeras y manda por correo una manga al remitente). Cuando busca la victoria, usa todos los recursos a su alcance: juega con el fondo de su bolsillo sobresaliendo del pantalón, porque sabe que eso enloquecerá al alemán Gottfried Von Cramm; pinta de blanco brillante su raqueta; grita para poner nerviosos a sus contrarios tras perder un punto por un buen tiro (“Very clevah!”, les dice, marcando acento, en lugar de “Very clever!”, “¡muy listo!”); y se fuma una pipa y salta la red para despedirse del vencido, como diciendo “no estoy cansado”.
Durante años, Perry, el primer hombre que ganó los cuatro grandes, viaja por el mundo de exhibición en exhibición, enseñando ese revés cortado mejorable y esa derecha tremenda de extraño armado, originada en su paso por el tenis de mesa. Nunca olvida su pasado amateur: el símbolo de Wimbledon es el laurel que luego acabará en las camisetas de Fred Perry, en el pecho de los violentos skin-heads que quieren limpiar a patadas Inglaterra de extranjeros, y, durante años, sobre el corazón de Murray. Hoy, una estatua en el club le recuerda, inmortalizándole con su raqueta. Un repaso a la transmisión televisiva de la semifinal entre Murray y Jo-Wilfried Tsonga resume en imágenes cuánto pesa la historia. No ha levantado del todo los brazos el escocés, y ya está la cámara sobre la estatua, recordándole a quién se mide. Murray, contra el suizo Roger Federer y el brillante fantasma de Perry.