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“No me siento una pionera”

Elena Artamendi recuerda la época ‘amateur’ y sus emociones como participante en el equipo español de gimnasia en Roma 60

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Elena Artamendi, con una foto de su época de gimnasta, en Barcelona.

Primero fue Lily Álvarez. Un prodigio de mujer que brilló en el tenis, pero que practicaba todo tipo de deportes. Luego, la nada durante años, muchos años, más de tres décadas, hasta 1960. Hasta los Juegos Olímpicos de Roma, y con la excepción de ese manojo de tenistas que bajo el liderazgo de Lily empacaron sus raquetas y se plantaron en París 1924, España no envió una sola mujer en su equipo olímpico hasta 1960. En la capital de Italia fueron 11: dos nadadoras, tres esgrimistas y seis gimnastas, el equipo completo, la mayoría catalanas, surgidas de ese movimiento gimnástico que encarnó mejor que nadie el mítico Joaquín Blume. Entre estas últimas estaba la catalana Elena Artamendi (Barcelona, 1939).

“Tengo un recuerdo inolvidable de aquellos Juegos Olímpicos”, dice en conversación telefónica desde Barcelona, donde sigue viviendo, a punto de irse de vacaciones. ¿Se sintió una pionera? “No mucho, la verdad”, reconoce. “En aquella época el deporte no era como ahora… y yo solo tenía 21 años”.

Artamendi, como su hermana Montserrat, dos años menor, empezó a hacer gimnasia un poco por casualidad. “Nuestra familia era muy aficionada al deporte. A la montaña, al esquí… Un verano no pudimos ir de vacaciones y los padres dijeron: ‘Las niñas no pueden estar paradas en casa’. Nos llevaron al gimnasio Blume. Era fantástico”.

Montábamos los ejercicios, elegíamos la música... éramos muy independientes”

Elena Artamendi

Ella era entonces una niña de 13 años, una edad que se consideraría imposible hoy por tardía para la práctica de la gimnasia. Y Blume no era el gran Blume que recordamos hoy, el campeón de Europa que plantó cara a los soviéticos y al que un fatal accidente de avión frenó en seco en 1959, sino su padre, Armando, el hombre que se exilió en Alemania durante la Guerra Civil y que, cuando regresó, abrió un gimnasio en Barcelona. “Yo tenía 13 años y me encantó. Había un ambiente deportivo increíble”, recuerda Artamendi, ahora con 72 años; “aunque en invierno pasábamos frío y el suelo era de cemento”.

El deporte en España estaba muy lejos de lo que es ahora. La gimnasia tampoco tenía nada que ver. “Era todo muy amateur. Nos entrenábamos por la tarde y los técnicos nos ayudaban, pero nosotras montábamos los ejercicios, buscábamos la música… éramos muy independientes”. Tampoco las grandes dominadoras eran niñas saltimbanquis como muchas de las de ahora, sino mujeres de verdad. Como Larisa Latynina, que compitió en tres Juegos, los últimos a los 29 años y tras ser madre. Artamendi recuerda haber visto a la gran dama de la gimnasia soviética, la deportista con más medallas olímpicas, en Roma: “Me pareció normalísima, estupenda, con una rítmica increíble”.

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Elena Artamendi en su época de gimnasta.

En esos Juegos España solo ganó una medalla, el bronce del hockey masculino. Las gimnastas quedaron 16ª y Artamendi, la número 115 de la clasificación general. La mayoría de los deportistas españoles lo vivían como una experiencia más, sin la presión de tener que ganar o de arriesgar una beca. “Pero no nos sentimos pequeñitas, al contrario”, recuerda Artamendi. “Estuvimos los 15 días de competición en Roma, íbamos a ver a los otros equipos, a ver el atletismo, aprendimos mucho”.

A la vuelta de Roma todo cambió. “Nos lo tomamos un poco más en serio. Nos entrenamos durante cuatro años para Tokio 1964. Una semana antes de viajar nos dijeron que no íbamos y nunca nos explicaron por qué”.

Luego fue juez, y se mantuvo ligada a la gimnasia, al deporte que ama. Aunque, como ella dice, “ya no tiene nada que ver con lo que era antes”.

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