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El huracán Llorente

El delantero rojiblanco ha desatado una tormenta social y política en el Athletic, un club que se mueve como un indomable balón de rugby

Javi Martínez y Llorente, en un entrenamiento del Athletic. / Alfredo Aldai (EFE)

-¿De dónde eres?

-Vasco

-¡Ah, del Athletic!

-No, qué va

-Entonces, de la Real

-¡Qué va, tampoco!

-Ah, entonces eres ateo…

El chiste, contado en la versión rojiblanca, (la donostiarra cambia el orden de los equipos, lógicamente), refleja quizás mejor que cualquier tesis lo que el fútbol significa en el País Vasco, en general, y en Bilbao en particular. Se dice que ese fervor, esa fe, esa identidad, esa simbiosis aficionado-equipo es lo que fortalece el ser rojiblanco, lo que sustenta la filosofía singular del Athletic, lo que le hace grande siendo un club pequeño en el marasmo internacional. Pero, al mismo tiempo no debe ser fácil jugar en un equipo donde las virtudes son veniales y los pecados mortales.

No ha sido fácil para Fernando Llorente tomar la decisión de no querer seguir en el Athletic, bien sea por ansiedad deportiva de títulos, bien sea por el millón de euros por curso que separa la oferta del club (4,5 millones) y su demanda (5,5). No debe ser fácil cuando han sido muy pocos los que han tomado ese camino (apenas Eskurza, que se fue al Barça, y en cierto modo Julio Salinas, al Atlético, hace muchos años). Los que salen lo hacen empujados por el club, bien para recaudar fondos, bien para soltar lastre. La decisión de Llorente no solo ha animado los debates de taberna sino que ha alcanzado a los grandes estamentos del país. El alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna se permitió calificar las pretensiones económicas de Llorente como “una obscenidad en estos momentos”. El presidente del PNV, algo más que un partido en la historia del Athletic, Iñigo Urkullu, candidato a lehendakari, también criticó al delantero rojiblanco “porque no ha sabido estar a la altura. No ha dado explicaciones”. Y eso animó al presidente del PP vasco, Antonio Basagoiti, a salir en defensa del jugador, o quizás en contraataque a su oponente político: “Que Urkullu deje en paz a Llorente y deje de meter la nariz y contaminar el club”. El Diputado General de Bizkaia, José Luis Bilbao (también del PNV), es habitual sacando pecho por los colores y llegó a afirmar no hace mucho “que lo más grande es ser del PNV, del Athletic y de la Virgen de Begoña”. Los 10 millones en cuatro años que concede como subvención al club bilbaíno le dan un pase foral para la crítica como la que vertió hace algún tiempo en un artículo periodístico que seguramente los futbolistas tendrán enmarcado como diana de dardos.

Los estamentos del equipo y el territorio están afectados por la ansiedad

La izquierda abertzale también ha sido activa en el entorno rojiblanco. La mayoría de los futbolistas han seguido sus consignas, en cuanto a las selecciones vascas, lo que no quiere decir que secundaran sus planteamientos políticos, pero la inercia de los líderes del vestuario, el miedo o la indiferencia les llevaban por ese camino. Llorente ya vivió la incongruencia vasca cuando firmó el documento por el que los jugadores se negaban a actuar como Selección de Euskadi (nombre oficial) y querían hacerlo como Selección de Euskal Herria (nomenclatura abertzale). Los juegos de palabras siempre han sido esclarecedores de los sentimientos políticos en Euskadi. Al día siguiente, fue convocado por la selección española y Llorente, feliz como un niño, posaba en Lezama con la bandera española, preludio de su título europeo y del titulo mundial.

Javi Martínez (que le costó seis millones al Athletic sacarlo de Osasuna) también sabe lo que es vivir la gloria y la ira. Llegó con 18 años y fue recibido con desprecio por el entrenador del momento, Javier Clemente, que llegó al insulto personal. El público lo miró de reojo: seis millones eran muchos millones y el jugador navarro tuvo que ganárselo kilómetro a kilómetro recorrido.

Nada es incólume en el Athletic. Ni en el de Zarra ni en el de Llorente. Las luchas políticas han estado presentes de forma continua en cada elección, que el PNV —aunque lo niega— vivía como derrota si el candidato no le era afín, o próximo. Si no era el suyo, su patrocinado. Conviene no olvidar que Bizkaia es el bastión histórico del PNV y el Athletic significa más en la provincia que cualquier otro club vasco en la suya.

El alcalde de Bilbao calificó las demandas económicas del punta de “obscenidad”

Llorente o Javi Martínez, los dos centros de la diana futbolística, nunca pensaron que su decisión llegara tan lejos, tan arriba y tan abajo. Que al mismo tiempo que los líderes políticos, antes del anuncio electoral en Euskadi, valoraban sus decisiones, los aficionados más radicales desplegaban una pancarta en Lezama acusándoles de mercenarios, algo insólito en un club que siempre ha tenido una devoción máxima por la mayoría de sus futbolistas. Bielsa, ajeno al frontón político, sí ha advertido a la primera que un futbolista (dos en este caso) no puede someterse a la jaula de San Mamés con las rachas tormentosas que se suceden en Bilbao. El deporte es un estado de felicidad, y ahora mismo lo que vive el Athletic (a pesar de la goleada europea al débil equipo finlandés, Helsinki, por 6-0) es un estado de ansiedad que afecta a todos los estamentos del club y del territorio.

Llorente sabe en el berenjenal que se ha metido. No debe ser fácil moverse por Bilbao cuando el alcalde se pregunta: “¿Tendré yo más o menos responsabilidad que estos muchachos que juegan al fútbol?”, en referencia al dinero solicitado, y después de que el grupo municipal de Bildu le acusara de ganar más que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Todo vale para el convento. Y el pelotón suele ser la tarima más apropiada para discursos, proclamas y mensajes. El problema es que el pelotón del Athletic es tan complejo que a veces parece un balón de rugby. Indomable. Entre o no entre en la portería.

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