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Torres controla el esférico en el entrenamiento. / Daniel Ochoa (ap)

En la Ciudad del Fútbol, después de la tormenta dominguera, es de noche y hace fresco, así que la federación invita a hablar a cubierto con Fernando Torres (Fuenlabrada; 1984). El Niño vuelve a casa, al Manzanares, donde empezó todo, de donde se marchó en verano de 2007 con una derrota ante el Celta (2-3) para buscarse la vida. Se fue a Liverpool y vuelve como campeón de Europa con el Chelsea, dos veces con La Roja y campeón del mundo. Precoz en todo, hoy puede llegar contra Francia a los 101 partidos con la selección. Vuelve, pero ya no es el mismo.

Pregunta. De aquel crío del torneo de Brunete con el Atlético, ¿qué queda?

Respuesta. Valores. Lo que aprendí no se olvida. He tenido suerte de empezar joven, aunque a veces creo que hay cosas que cuando eres más maduro ya no te cogen por sorpresa. Pero no cambio nada. Uno se cree que lo ha vivido todo, y no. Al final, todo enseña.

P. ¿Las cicatrices duelen?

R. Al principio. Luego la vida te enseña cosas nuevas, cambias el orden de los valores, encajas de otra forma, quizás ya no tan intensamente. Pero por cada cicatriz y mal momento hay miles de personas que están contigo, las redes sociales te permiten ser consciente de la gente que te sigue y entonces sabes que no estás solo… Pero hay un momento en el que tiendes a protegerte.

Me he dado cuenta de que el jugador en el campo debe pensar lo menos posible

P. ¿No ha sido muy permeable a las críticas?

R. Aprendí a que no me afecten, a no meterme en un cubo y no escuchar, sino escuchar y sacar provecho. Y mirarte a ti mismo y saber que el único que puede cambiar eres tú, que el único que puede decir ‘te estás equivocando y has de hacer algo’, eres tú.

P. ¿Qué ha hecho mal?

R. Muchas cosas. A media temporada pasada me aparté de los valores con los que crecí. Yo tenía compañeros a los que les daba igual cuando ganaba o perdía el equipo porque ellos no jugaban. Yo nunca quise ser así. Un día descubrí que era como ellos, que me daba igual ganar o perder si no jugaba, que no era uno más del grupo. Y descubrí que no era feliz porque me alejé de lo que quería ser. En un vestuario, la conciencia de grupo, que no de amigos, no se debe perder.

P. Pues usted perdió hasta su identidad en el campo en el Chelsea...

R. Es que el equipo lo requería. Y yo era un jugador distinto por servir al equipo. Me perjudicaba pero era la única manera de jugar. Yo a veces pensaba: ‘Voy a correr a la espalda, a ofrecerme al espacio’. Y en 70 minutos no tocaba la pelota. Si jugaba en mi sitio no estaba en el partido... ¿Qué hago? ¡Era tan diferente a lo que estaba acostumbrado con Benítez que no estaba a gusto y se notaba! Cuando cambiamos de entrenador fue algo más parecido. Eso tuvo una parte buena, que es la enseñanza: me ha hecho mejor jugador. Ahora domino aspectos del juego en los que antes no reparaba. Y puedes ser el jugador que el entrenador quiere pero no eres el jugador que se espera que seas. Hablé mucho con Steve Holland, el asistente, y trabajamos el tema. Al final los jugadores dan estilo al equipo.

Pero por cada cicatriz y mal momento hay miles de personas que están contigo, las redes sociales te permiten ser consciente de la gente que te sigue

P. ¿Qué aprendió?

R. Gané una etapa más de madurar y de conocerme a mí, ser consciente de que al final todo depende de ti. Aprendí a ser autocrítico, a entender más a todo el mundo y a aceptar la situación. Siempre he tenido la sensación de que el equipo necesitaba que tuviera que decidir los partidos. Era simplemente aceptarlo: si cuando ganábamos no pasaba nada porque no jugaba era un error personal.

P. ¿Eso se lo enseñó Luis?

R. Creo que Luis se empeñó en enseñarme cosas que yo sabía y lo hemos hablado. En la selección, después, le disfruté más. Yo notaba mucho que me machacaba con cosas que yo ya hacía bien. Cosas de carácter, de valores y de saber estar que yo, a esa edad, tenía claras porque me las enseñaron en la cantera. Cuando vas creciendo como jugador y siendo más importante, hay muchas cosas que se te olvidan, las dejas atrás, y él te las recordaba toda la vida. A mí ese es el vestuario que me gusta, el mantener el respeto y el grupo por encima de todo, pero trabajando. ¿Conoce a Paulo Ferreira?

P. Sí, ¿su compañero en el Chelsea?

R. Ha ganado Champions, Ligas en Portugal, en Inglaterra, ha ganado todos los títulos que se pueden ganar, y lleva allí dos años que no juega ni un minuto, y es un diez. Puedes estar acomodado, o puedes estar asumiendo tu papel, y él me enseñó eso, a decir ‘es lo que me toca ahora’. Se entrena como el que más, va a los partidos siempre con una sonrisa, siempre cerca de los jóvenes… me enseñó mucho.

P. ¿Y usted qué quiere ser?

R. Yo cuando me retire lo único que me preocupa es que nadie pueda decir que he sido un mal compañero, un irrespetuoso, un agrandado. Yo estoy seguro de que dentro de 20 años, si voy a Asturias buscaré a Juan [Mata], a Santi [Cazorla], si paso por Andalucía haré por ver a Sergio [Ramos], a Pepe [Reina]. Eso es lo bonito. Algunos amigos, cuando se acaba el fútbol, se pierden.

P. ¿Es el secreto de esta selección?

P. Sin duda. Vivimos cosas muy malas antes de las buenas. En España, antes de Viena, nos pitaron. Y todo eso queda. En ese momento era un estímulo. Y nos dimos cuenta de que éramos mejores de todos aquellos que venían de fuera, que Xavi era buenísimo… Descubrimos que éramos capaces de conseguirlo, que éramos tan buenos como ellos. Yo siempre aluciné con que a España llegaban jugadores que eran peores que los de la cantera. Luego mandamos jugadores a Inglaterra y allí alucinan con ellos, y en España piensas: ‘¿Cómo no lo fichó el Madrid o el Barça?’. Y cada vez los jugadores españoles tienen más libertad y menos miedo de irse a trabajar fuera.

P. Usted se fue muy joven. ¿Lo volvería a hacer?

P. ¡Seguro! Es lo mejor que hecho. No solo la experiencia profesional, sino también la personal. Empiezas a ver las cosas de otra manera, se amplía tu visión. Por la situación del país, van a tener que empezar a irse. Pero al final será una ventaja. Podemos crecer mucho. Pasó con nuestros padres y con nuestros abuelos. Mi padre es gallego y ahora tenemos familia en Argentina. Es la solución. Si no tienes algo delante, tienes que ir a por ello. Pero hasta que la gente se conciencie de ello van a pasar años, y es tiempo perdido. Hay que ser valiente. Y si te tienes que ir, te vas, aprendes y vuelves.

Torres encara a Luis García, en su último partido con el Atlético en el Calderón, el 9 de junio de 2007 frente al Celta. / GORKA LEJARCEGI

P. ¿Hay que ser valiente con todo?

R. Sí, con todo. El tiempo te enseña a no esconder tus sentimientos, aunque en nuestro caso es algo diferente. Mostrar tus sentimientos abiertamente en una entrevista puede ser una rajada. Tiendes a proteger tus sentimientos para protegerte a ti y a los demás. Hay que medirlo todo un poco. Al final la gente se queda con los dos titulares que lee. Siempre lo que se busca es que la gente lea la entrevista gracias a los titulares, y yo, por ejemplo, solo leo los titulares. A mí me dan mucho miedo los titulares, porque es lo que queda. Muy pocas veces se leen las entrevistas enteras, solo si la persona te gusta mucho. Es muy fácil juzgar por un titular, sin atender a la explicación.

P. Vuelve al Calderón. ¿A casa?

R. Soy del Atleti. Al final tú eres de un club. Luego, puedes querer a muchos por lo que te han dado, pero el club que eliges de pequeño es uno. Yo aprendí mucho en el Atlético. Y creo que representa unos valores muy útiles, aunque después puedas jugar en otro equipo como ahora es el Chelsea, un equipo mucho más asentado, de un nivel social más alto. Yo sigo defendiendo los valores que aprendí, no de victimismo ni de inferioridad, pero sí de luchar con lo que eres. Muchas veces un fracaso al final se puede convertir en una victoria. ¿Qué hay más bonito que defender tus valores hasta el final, no de ganar de cualquier manera, sino de la manera que tú quieres?

Hay equipos que quieren jugar como el Barça en Inglaterra, en Italia... Ya no es ningún miedo jugar sin nueve, cuando antes sería una locura

P. Usted jugó con Simeone... ¿Le sorprende lo que ha construido?

R. Sí. Ya era entrenador entonces. Yo recuerdo un día que me dijo: ‘El día que yo sea entrenador, es muy sencillo, yo quiero hacer esto y quiero un jugador que lo haga. Si no lo hace, pongo otro, me da igual que tenga 15, 20 o 40 años’. Tenía las ideas muy claras. Él metía mucha caña a los jóvenes pero notabas que te quería mucho. Me ha sorprendido el rendimiento que ha sacado a una plantilla que no es suya. Esa plantilla se la dieron hecha.

P. ¿Cuánto va a durar Falcao en el Manzanares?

R. Nunca se sabe, depende del crecimiento que tenga el equipo. Si el jugador crece por encima del club, no le puedes poner freno porque no es bueno para nadie.

P. ¿Qué relación tiene con Del Bosque?

R. Vicente es como le veis, no tiene una doble cara, siempre ha tratado a todos de la misma manera. No tiene diálogo personal aparte del grupo, pero cuando me ha tenido que decir algo lo ha hecho.

En Londres voy a clubes de rock & roll y no me conoce nadie. Es fantástico

P. ¿Un nueve en un equipo sin nueve, cómo lo lleva?

R. Es una alternativa más. Cuando todo el mundo te conoce tanto, tienes que buscar alternativas. Quién sabe si en unos meses jugamos sin laterales... El fútbol evoluciona y el Barça marca un estilo mundial. Ha traspasado fronteras. Hay equipos que quieren jugar como el Barça en todos sitios, en Inglaterra, en Italia. Ya no es ningún miedo jugar sin nueve, cuando antes sería una locura. España se ha ganado poder jugar como quiere contra cualquier rival sin miedo. Sabemos cómo vamos a jugar contra Francia, Bielorrusia o Brasil. No hay otra manera. Y eso es un punto y aparte que marcó el Barcelona de Guardiola. Enseñó que se puede jugar bien y ganar. Es igual en la selección. Sabemos que nos van a dar la pelota, el control.

P. En ese contexto, ¿el nueve clásico, qué hace?

R. Tener paciencia. Es complicado jugar. Debes fijar al central, es un papel secundario, pero es lo mejor para el equipo. Es un lujo jugar en esta selección. Aquí suele pasar que te vas más contento tú del partido, aunque no marques, porque es lo que necesita el equipo. Hay días que piensas: ‘Qué partido he hecho, ojalá juegue así siempre’, … y te dan hostias por todos lados. Y el día que sabes que has estado espeso, lento, mal, y has metido dos goles, te aplauden. He aprendido a vivir con eso.

P. Vilanova dice que al final, en el fútbol, nunca pasa nada...

R. De acuerdo. Te queda el reconocimiento personal y lo que has hecho. Entrenadores como Benítez o César Ferrando me enseñaron a pensar como entrenador. Pero al final, me he dado cuenta de que el jugador en el campo debe pensar lo menos posible, debe actuar. Cuando ves el equipo como sistema piensas más en eso que en lo que tienes que hacer.

P. Usted se fue mal de Liverpool, pero siempre habla de aquella etapa como algo maravilloso. ¿Por qué?

R. Al Liverpool le debo muchísimo, a la gente, a los que eran los responsables, a Benítez, a su cuerpo técnico, a la ciudad. Liverpool es una parte fundamental de mi vida. Aunque no me recuerden así, el tiempo lo cambiará. No podría haber elegido mejor destino al irme del Atleti que Liverpool. El otro día, cuando salió la noticia de lo de Hillsborough, me emocioné. Lo he vivido, sé lo que la gente ha pasado, les he visto llorar... Yo lo he vivido, lo hice mío. Llega tarde, pero es un paso más. Esas cosas son las que te deja haber jugado en el Liverpool, un sentimiento. Decidí marcharme porque había que dar un paso adelante. No fue la mejor manera de irme, pero tampoco fue como se vendió. Algún día se sabrá la verdad. En lo deportivo no hacía nada allí, necesitaba un nuevo proyecto. Es lo que hablábamos, de los crecimientos. Mi hijo es de Liverpool y le pega al balón antes de cumplir el año. Nació en la ciudad del fútbol, está condenado.

P. ¿Y en Londres qué tal?

R. En Londres voy a clubes de rock & roll y no me conoce nadie. Es fantástico.

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