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La cultura de la victoria

A partir de un estilo único, el Barça encuentra soluciones a cada partido desde que Vilanova asumió el legado de Guardiola sin querer trascender, solo pendiente del triunfo

Los jugadores del Barça celebran uno de los goles al Rayo. / uly martín

El barcelonismo siempre se llenó la boca con su cultura futbolística. Alrededor de sus figuras ha construido reinados imposibles de sostener solo con la pelota. No hay peor club para las transiciones. La deskubalización fue tan traumática como el postcruyffismo y había dudas sobre cómo sería la vida sin Guardiola. El legado del técnico invitaba al optimismo porque dejaba un estilo de juego como guía y un equipazo para expresarlo en la cancha, a Messi para marcar las diferencias y a La Masia para garantizar el futuro. Ya se sabe, de todas maneras, sobre el cainismo del Barça.

Había que dar con un buen entrenador para dar continuidad a un proyecto aparentemente garantizado y, al tiempo, falto de liderazgo institucional desde las partidas de Guardiola y Laporta, un presidente de mayor impacto mediático y más grandilocuente que Rosell. Ya se sabe qué pasó con Robson después de la destitución de Cruyff. Zubizarreta conoce muy bien las cuitas del Camp Nou y el secretario técnico se la jugó con una solución tan natural y convencional que resultó sorprendente: Vilanova.

La apuesta, de momento, funciona estupendamente, incluso después de perder la Supercopa española con el Madrid. Líder en su grupo de la Champions, el Barça ha igualado su mejor inicio en la Liga (ocho victorias y un empate), el mismo que protagonizó Van Gaal (1997-1998). Vilanova tiene mucho mérito en la trayectoria. Ha sido respetuoso con la obra de Guardiola, su antecesor y compañero de banquillo, y ha evolucionado el fútbol del equipo sin darse importancia. No quiere trascender como entrenador, ni en la cancha ni en la sala de prensa, y solo está interesado en ganar.

El nuevo técnico no tiene vocación pedagógica y a veces actúa como si estuviera de paso

Al técnico le mueve la cultura de la victoria. Vilanova no tiene vocación pedagógica y a veces actúa como si estuviera de paso, despreocupado por su futuro, ocupado en derrotar al próximo rival. No transmite angustia ni dramatismo, jamás se pone nervioso. Aunque se sabe de su vínculo con Rexach, nunca temió traicionar la biblia de Guardiola. Hasta ahora ha tenido respuestas para todo: ha sabido corregir al equipo cuando fue necesario remontar, ya fuera con los cambios o el dibujo; acertó a trazar un plan victorioso, como se apreció en Vallecas, y sus rotaciones son precisas.

Juegan los azulgrana con determinación y ambición, como si a cada uno le fuera el puesto y la vida en el partido, temerosos todos de que la derrota signifique el fin de su estatus, un cambio traumático, un nuevo salto al vacío como en tiempos pasados. Hablan y se reivindican porque ya no alcanza con un discurso del entrenador. Hay que hacerse y sentirse fuertes alrededor de Vilanova, es necesario volver a luchar por el triunfo, se impone reafirmar el modelo Barça. No extraña, por tanto, que mezclen el control con el vértigo, el pase con el tiro y exploten las transiciones.

El símbolo es Cesc, siempre titular en la Liga, y junto a su figura se activa Messi (301 goles, 73 en 2012, a dos del récord de Pelé y a 12 del de Müller) y hasta se acopla Xavi, el jugador de equipo por excelencia. La competitividad y la versatilidad azulgrana, sin embargo, se expresan en su facilidad para sobrevivir a las ausencias de sus centrales. Hasta siete parejas han desfilado delante de Valdés y la última ha sido la más sorprendente: Busquets-Adriano.

Únicamente el Madrid ha sido capaz de descontar puntos al Barça. A cambio, el equipo de Mourinho se los ha dejado en estadios menos pomposos que el Camp Nou. El desgaste que provocó la salida de Guardiola es ahora el que combate el portugués en Chamartín. Las cuitas internas dificultan los partidos en campo contrario. Un día se discute por las votaciones del Balón de Oro, al otro se cuestiona a la cantera y se acaba por preguntar por el ariete. El máximo rival del Barça no es hoy el Madrid, sino el colíder Atlético: 22 partidos sin perder con 17 goles de Falcao en 11 .

La sensación, de momento, en el Barcelona es que la transición no se podía dejar en mejores manos que las de Vilanova. “Habrá que ver cómo reacciona cuando pierda”, responde Cruyff. Quizá por eso el Barça no quiere dejar de ganar.

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