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Todos los sueños de Phelps

En Londres, el nadador estadounidense se convirtió en el deportista con más medallas olímpicas de la historia: 22 Con su gesta, el chico de Baltimore supera a leyendas como Latynina, Comaneci y Mark Spitz

Phelps nada el relevo 4x100m, su última carrera, en los Juegos de Londres. / REUTERS

Michael Phelps alimentó unos cuantos sueños infantiles. Visiones imposibles en su mayoría, que, entre el verano de 2000 y el verano de 2012, se empeñó en hacer coincidir con la realidad. No logró, como se propuso, convertir la natación en un deporte de masas, tan popular como el atletismo, capaz incluso de rivalizar con el baloncesto o el béisbol en el bullente mercado estadounidense de los derechos audiovisuales. La quimera de la publicidad fue el único proyecto que se le resistió, quizá porque no dependió directamente de su maravilloso don. Respecto a los desafíos que resolvió dentro de una piscina, los culminó todos con éxito. Uno por uno.

Cuando acabó la obra, en los Juegos de Londres, había abierto una brecha que, con la normativa vigente, parece insalvable. Sus 22 medallas no solo le sitúan como al mejor nadador de todos los tiempos. Además, suponen un recordatorio de su insólita capacidad para diversificar pruebas y resistir a la erosión del tiempo. Lejos en el medallero histórico le siguen los colosos: Larissa Latynina, Nadia Comaneci, Nikolai Adrianov, Mark Spitz o Paavo Nurmi.

Lo único que no logró fue convertir la natación en un deporte de masas

Cuando Spitz acabó los Juegos en 1972 se dedicó a explotar su imagen al máximo para rentabilizar económicamente sus siete oros. Tenía 22 años y no volvió a competir nunca más. Con 22 años Phelps ya había conquistado seis oros en Atenas 2004 y se preparaba para disputar los Juegos de Pekín, donde ganaría ocho oros más. Nunca me pareció una persona extrovertida. Ni muy proclive a distraerse. Más bien sencillo, se rodeó de un entorno sólido de familiares, entrenadores y amigos, para comportarse con una asombrosa naturalidad. De otro modo habría resultado imposible que siguiera entrenándose hasta 2012.

Seguramente, en el futuro surgirán más superdotados, hombres con las condiciones físicas, biométricas y fisiológicas necesarias para superar los récords de Phelps. Pero me resulta difícil imaginar a alguno de estos sucesores potenciales entrenándose como hizo este chico durante los últimos 15 años. Dijo su técnico, Bob Bowman, que llegó a Londres con un nivel de preparación un 20% inferior al que tuvo en Pekín. Yo no lo creo. Pienso incluso que, a pesar de haberse tomado un año sabático entre 2009 y 2010, sus condiciones evolucionaron. El organismo de un nadador de elite es como el motor de un coche que va a 100 kilómetros por hora por una autopista: sigue a gran velocidad aunque lo pongan en punto muerto. El trabajo que hizo Phelps en 2011 fue suficiente para recuperarle. Sus marcas en Londres me parecieron superiores a las de Pekín, en donde nadó con el bañador de goma. Sobre todo, en los relevos.

Sencillo, se rodeó de un entorno sólido para comportarse con asombrosa naturalidad

Si Phelps en Londres se quedó en cuatro oros no fue porque su preparación disminuyera. Influyó más la competencia que él mismo generó. Uno de los fenómenos más notables que desencadenó con su actuación en Pekín fue la creación de una ola de aspirantes a batir sus marcas. Lochte, Cavic, Biedermann, Agnel, Le Clos, Cseh… En ningún deporte es tan decisivo el factor psicológico como en la natación. Cualquiera es capaz de mejorar sus propias marcas solo por el hecho de nadar junto a un nadador superior. Y hubo unos cuantos que se especializaron en derrotarlo en pruebas singulares, poniendo toda su energía allí donde Phelps se regulaba, de paso como estaba en su apretado programa hacia otra carrera.

La aparición de los bañadores impermeables de goma, entre 2007 y 2009, fue el impacto técnico más grande de la década. Pero a Phelps le afectó poco. En lo que respecta a su técnica personal, no hizo más que adquirir las dinámicas que mejor se adecuaban a sus sensaciones a fuerza de perfeccionar fórmulas que comenzaron a explorarse en los noventa. Phelps no inventó nada en este sentido. Su brazada de libre se inspiró en la brazada larga de Thorpe. Sus salidas, sus virajes, y su propulsión subacuática, fueron el resultado de aumentar la potencia con entrenamientos de fuerza en seco, en boga desde hace tiempo.

Que se quedara con cuatro oros en Londres se debe a la competencia que generó

Quizás, en el aspecto puramente formal, su habilidad más destacable se aprecie en la braza. Con los años, se convirtió en un bracista extraordinario. El dominio de esta modalidad, el más antinatural que existe, define más que ningún otro su ambición y su talento para sentir el agua. Gracias a la braza consiguió marcar una época en las pruebas de estilo. Dicen que todos los bracistas son buenos estilistas pero no todos los estilistas son buenos bracistas. En esto, Phelps dio un paso hacia un grado de perfección técnica que supera a todos sus legendarios predecesores, comenzando por Spitz y remontándose hasta Schollander y Weissmüller.

Extranjero del año

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