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Los jugadores de la sub-20 se retiran del campo en el partido contra Colombia del Sudamericano. / marcos garcía (AP)

Siete de bastos, cinco de oros y cuatro de copas sería una combinación pésima para jugar al truco, nuestro juego de cartas más popular, que se gana o se pierde en base a la suerte a la hora de ligar y la capacidad para mentir sin que se note mucho cuando no ligamos nada. Parece que la semana pasada una vez más nos tocó el cuatro, el cinco y el siete falso. No ligamos, quedamos fuera del Sudamericano sub-20 en la primera rueda y, otra vez, como en Egipto, miraremos el Mundial de la categoría por Internet.

El “no ligamos” del truco, es, como el tango, el mate y el asado, parte de nuestro acervo cultural. Es nuestra explicación de una realidad negativa que simplemente acontece, porque sí, como una inercia de la vida. De esa misma forma, como una lotería, tratamos al éxito: “le tocó”, decimos, o “ligaron más” y preparamos el terreno para el resentimiento. ¿Por qué le tocó a él y no me tocó a mí? Resumimos en ese par de sentencias nuestro desdén por la cultura del esfuerzo, nuestro recelo por la meritocracia y por los tiempos que, inevitablemente, requieren los procesos de formación.

Hace 25 años en Argentina bastaba con la técnica y la personalidad; hoy en la élite no vale con la improvisación

Un país que desprecia a sus maestros, que carece de referentes morales y que, desde tiempos inmemoriales, pospone cada año el inicio escolar por conflictos salariales, está a años luz de apreciar una verdadera educación deportiva. El problema empeora cuando, en una sociedad que tiende a ser víctima de sus propias riquezas, hemos vivido muchos años en la gestión de la abundancia, habituados a surtir con jugadores de fútbol a nuestro propio campeonato y a las grandes Ligas europeas al mismo tiempo. Tal vez esa abundancia del pasado nos lleve a creer que podemos seguir siendo potencia produciendo gambeteadores que salgan directamente del potrero. Tal vez por eso nos negamos a aceptar que el fútbol evolucionó. Que si hace 25 años nos alcanzaba con la técnica y la personalidad, hoy no existen equipos que funcionen en la élite con la improvisación como bandera, sin velocidad, sin dinámica, sin inteligencia y sin profundidad táctica; que, salvo los talentos excepcionales, a quienes se les otorga el tiempo de aprender en el camino, es cada día más difícil jugar sin centrocampistas que roten, sin marcadores que sepan defender regresando, sin centrales que sepan achicar los espacios a 40 metros del arquero o sin arqueros que sepan utilizar los pies.

As de espadas, cuatro de copas. Ligamos o no ligamos. Con felices excepciones, dejamos los procesos formativos librados a la evolución salvaje del talento natural, a la inspiración, al azar. Pensamos nuestro fútbol en términos de rock chabon, con ese chauvinismo de cortada de barrio que se pretende moralmente superior porque representa no sé qué valores patrios, no sé qué superioridad autóctona. Sublimamos la escuela de la calle y nos reafirmamos en nuestras carencias, percibimos lo académico como sospechoso y elitista y consideramos que no tenemos nada que aprender de ellos, de los de afuera. Que, como somos bicampeones del mundo y campeones olímpicos, ya sabemos todo. Nos aislamos en la historia y, ciegos a las causas, culpamos de las consecuencias al destino, a la baraja, al corte.

Mientras los alemanes, que jamás dejaron de ser potencia, reciben a Guardiola con orgullo y sin complejos, nosotros desde acá, desde Altamira, sostenemos que la soja es un yuyo y que el futbolista nace. Quiero vale cuatro.

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