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Celebración del segundo campeonato del mundo.  / Foto: Massimiliano Minocri (EL PAÍS) / Vídeo: Atlas

Con un partido para la eternidad, un homenaje al mejor balonmano que se ha visto nunca en una final, España logró llegar a lo más alto en su Mundial. En el Sant Jordi, en Barcelona, epicentro de tantas glorias para el deporte español. En un encuentro magnífico en defensa, soberano en ataque y colosal en la portería. Ante el rival más temido, el más soberbio. Los daneses fueron meros espectadores del partido soñado por un grupo que, a base de trabajar todos a una, logró ser el mejor equipo.

España destrozó a Dinamarca por 16 goles, la mayor diferencia en la historia de una final de un Mundial, Juegos o Europeos. Fue el culmen de la obra que sobre la pizarra ha desarrollado Valero Rivera al frente de la selección durante cuatro años. En su decimoquinta final, el entrenador más laureado del balonmano mundial dio otra lección de estrategia. Supo conjuntar el músculo fresco y el ímpetu de la juventud que se lo quería comer todo con la tan denostada hoy en día veteranía. Suyo fue el error, el más grande de su carrera, de dejar fuera de los Juegos a alguien como Alberto Entrerríos, sin el que, a buen seguro, este título no hubiese sido posible. También suyo fue el acierto de entonar el mea culpa, rectificar y admitir que la experiencia es casi obligatoria.

ESPAÑA, 35 - DINAMARCA, 19

España: Sterbik (p); Rocas (-), Maqueda (5), Aguinagalde (5), Cañellas (7, 1p), García (2), Rivera (6) -equipo inicial-, Entrerríos (3), Tomás (1), Sarmiento (1), Montoro (2), Morros (1), Ruesga (-), Ariño (-), Guardiola (2) y Sierra (ps).

Dinamarca: Landin (p); Eggert (3, 2p), Lindberg (1), René Toft (-), Mollgaard (4), Hansen (2), Nielsen (-) -equipo inicial-, Sondergaard (4), Mortersen (-), Markussen (2), Lauge (1), Noddesbo (1), Svan (-), Henrik Totf (1) y Green (ps)

Parciales cada cinco minutos: 3-1, 6-4, 8-5, 9-8, 14-9, 18-10 (descanso), 22-11, 26-12, 29-12, 30-15, 34-16, 35-19 (final).

Árbitros: Nenad Krstic y Peter Ljubic (Eslovenia). Excluyeron a Maqueda, García y Ariño por España y a Mollgaard y Sondergaard por Dinamarca.

14.000 espectadores en el Palau Sant Jordi.

Rivera decidió presentar un inusual siete de inicio y dio carrete a actores secundarios. Con la mira en un partido largo, se reservó la explosividad de Víctor Tomàs, la creatividad de Sarmiento y el saber estar de Entrerríos para los últimos compases. Una inexistente recta final, pues lejos de ser un apuro acabó en fiesta.

A partir de una defensa sublime, España desquició al equipo más goleador del Mundial, que solo pudo anotar 10 goles en los primeros 30 minutos. El trabajo de gladiadores como Viran Morros y Gedeón Guardiola cimentó el triunfo español y cortocircuitó a un equipo que se había plantado en el Sant Jordi invicto, como el rival a batir, armado de vedettes de la talla de Mikkel Hansen o Niklas Landin, que solo pudo repeler seis lanzamientos de los 23 que recibió.

Anodino todo el torneo, Antonio García estuvo pletórico en sus primeras intervenciones. No le tembló el pulso para poner sumar el primer gol del partido y amansar a los temibles daneses. Justicia para alguien al que las lesiones habían apartado de los últimos grandes envites de la selección. Enorme premio para quien ejemplifica la situación de este deporte de tan poca hucha. Creció deportivamente en Granollers, la cuna del balonmano español; partió hacia León, tierra que vive este deporte como pocos, pero se tuvo que exiliar a la creciente liga francesa, al poderoso PSG, que le garantizaba éxitos deportivos y, sobre todo, un sueldo mensual.

Contra el rival más temido, el conjunto español rozó la perfección

España coge el relevo de Francia, un país que acoge a cinco campeones del mundo. Entre ellos al mejor de su liga, al más cuestionado de todo el plantel. Valero Rivera, hijo del seleccionador, se presentó con sus mejores galas en la noche que lo requería. Ausente durante dos partidos del torneo, todavía con el ojo hinchado de un golpe que recibió contra Alemania en cuartos, el extremo se redimió en el mejor escenario y silenció con seis goles a aquellos que creen que su único mérito es ser hijo de quien es.

Si España brilló ante Dinamarca en ataque fue gracias a la batuta de Joan Cañellas, inmenso en los dos partidos que se han disputado en el Sant Jordi en labores ofensivas, pletórico en todo el Mundial también en el repliegue. Uno de los jugadores al que más ha exprimido Rivera desde que llegó a la selección, seguramente al que más ha gritado y que más ha aprendido. Se fue España al descanso con ocho goles de ventaja (18-10). Los mismos que ocho años atrás (21-13) logró en Túnez ante Croacia en la antesala de lo que acabó siendo el primer oro del balonmano español. Una diferencia que parecía una atalaya imposible de afrontar para los nórdicos ante el recital de buen juego.

Los jugadores españoles no solo supieron administrar el caramelo, sino que disfrutaron de él como seguramente no hubiesen imaginado en sueños. En ataque entraba todo, desde cualquier flanco. Desde todas las distancias. Fuese Valero, Viran o Maqueda, un volcán en ebullición constante que solo erró dos lanzamientos de siete. No fue necesaria la artillería de Rocas, que tanto auxilio ha aportado durante los partidos anteriores. Tampoco importó que Aginagalde solo convirtiese un gol.

Los españoles disfrutaron como seguramente no hubieran imaginado

Al festival contribuyó un inconmensurable Arpad Sterbik. Solo permitió que entrasen dos balones en la portería en los primeros 15 minutos de la segunda parte. Un tiempo en el que cualquier atisbo de la resina que impregna la pelota salía disparada hacia afuera: 12 paradas. Un 43% de acierto que consolidan la frase tan repetida por sus compañeros de que si Arpad está en su sitio hay medio partido ganado. Tan sobrado fue que se pudo permitir Valero relevarlo por Sierra, al que el gigante de Senta se abrazó con la complicidad de las parejas que viven algo único.

La final soñada fue también el colofón a una carrera de ensueño. Alberto Entrerríos, uno de los mejores jugadores que ha dado este deporte con tan poco altavoz, se despidió de la selección española tras 238 partidos. Su última contribución fue levantar el trofeo de campeón. El premio de ser el capitán de un grupo que es de oro. De un grupo que contribuyó a la España feliz, la que ha encontrado en el deporte su mayor júbilo.

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