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De lo particular a lo general

El Barcelona demostró una vez más que sabe lo que tiene que hacer para que el Madrid no coja vuelo ni despliegue su juego a campo abierto, donde resulta demoledor

Sergio Rodríguez lanza ante Lorbek y Tomic / David Aguilar (EFE)

Un partido de 40 minutos más dos prórrogas resuelto finalmente por tres puntos de diferencia convierte cualquier detalle en capital. Cada acierto o error adquiere el enorme peso que le otorga el hecho de saber que su variación en un sentido o en otro habría provocado un cambio radical en la definición final. Pero por otro lado la lista de jugadas que pudieron alterar el desenlace del ya histórico Madrid-Barça fue tan grande que provoca el efecto contrario, pues lo relativiza todo y convierte en algo casi imposible su jerarquización. El rebote perdido pareció fundamental, pero no se hubiese llegado si Llull mete un triple o si Mickeal en lugar de un solo tiro libre acierta con los tres que tuvo. Por ello enrocarse demasiado en lo particular no parece conducir a grandes conclusiones, salvo la de confirmar que en el recuento de acciones o decisiones mal tomadas o ejecutadas en los instantes decisivos los madridistas superaron a los azulgranas.

El ritmo del partido fue más tiempo azulgrana que madridista y ahí tuvo mucho que ver Marcelinho

Yendo más a las sensaciones que a las concreciones, el Barcelona demostró una vez más que sabe lo que tiene que hacer para que el Madrid no coja vuelo ni despliegue su juego a campo abierto, donde resulta demoledor. Los azulgrana cargan el rebote ofensivo, dificultan el primer pase, van a buscar arriba a los bases o cometen faltas tácticas si es necesario, todo lo que haga falta para que el Madrid no se revolucione. El ritmo del partido fue más tiempo azulgrana que madridista y ahí tuvo mucho que ver Marcelinho. Sembraron también los azulgrana cierta ascendencia sobre los madridistas de cara a futuros encuentros. Al partido del Palau de finales de diciembre y a este de la Copa llegaba el Madrid pletórico y de ambos salió escaldado. Si a esto sumamos que en la última final liguera dio la sensación que los madridistas jugaron mejor y terminó quedándose en Barcelona, pues ya hay materia para algún tratado sicológico más o menos sólido. Los réditos para el Barça, son, pues, evidentes. “Igual perdemos las semifinales, pero ganarle al Madrid siempre da un respiro”, me decía un exjugador culé. Cuando vives en la duda, nada mejor que una victoria así para ganar tranquilidad.

El Madrid, mientras, deberá lamer su herida con rapidez. No hay peor derrota que aquella de la que te sientes plenamente responsable y si algo se ha llevado de vuelta a casa el equipo madridista es la convicción de que el partido lo perdieron ellos antes de ganarlo el Barça. Y eso duele. Imposible de remendar, solo le resta el aprendizaje mirando al futuro. Preguntarse el porqué de esos arranques de partido tan fríos que se han convertido en habituales, delimitar la frontera entre la confianza y la falta de tensión, descifrar la fórmula del eficaz antídoto azulgrana para contrarrestar su juego veloz hasta dar con otra vía que les permita jugar más a gusto o analizar la idoneidad de algunas de sus decisiones finales aportará algo de provecho a esta dolorosa derrota.

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