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El recuerdo de dos mitos

El verdadero Johan Cruyff

Cruyff marca en el Camp Nou un legandario gol a Reina, portero del Atlético de Madrid.

Cuando el Barça ganó la liga en 1974, en casa nos enteramos de la noticia unos días después. Los culés de Barcelona ya habían celebrado en Canaletas y habían vuelto a sus trabajos y a sus vidas cuando nosotros, una tribu de culés de ultramar, que vivíamos en un pueblo selvático de Veracruz, México, apenas nos enterábamos del glorioso acontecimiento. El holandés Johan Cruyff, ese nuevo fichaje que nos había hecho soñar lo imposible, había conseguido que nuestro equipo ganara la Liga. De esto nos enteramos por el único periódico que había en el pueblo, una modesta publicación que pertenecía a un señor gallego que, por tener una atención con sus vecinos catalanes que éramos nosotros, publicaba, invariablemente tarde, el resultado del partido semanal del Barça. En el pueblo no había televisión, ni otros periódicos, y la estación de radio local dedicaba sus espacios deportivos a la liga regional de béisbol, que era el juego que realmente interesaba a la audiencia. De manera que la única forma en que podíamos enterarnos de la marcha de nuestro equipo era por la noticia que semanalmente publicaba nuestro vecino gallego, una notita modesta, acosada por la boyante información sobre béisbol, donde se informaba del resultado del partido y nada más, nunca sabíamos en qué lugar de la tabla iba nuestro equipo, aunque es verdad que en esa temporada habíamos contado tal cantidad de partidos ganados que nos habíamos atrevido a pensar que Cruyff lograría el milagro.

El día en que nos enteramos que el Barça había ganado la Liga, nuestro vecino gallego publicó una fotografía de Johan Cruyff que mi hermano y yo enmarcamos y colgamos en la parte noble de la habitación, ahí donde en otras casas colgaban un Jesucristo. Nunca antes habíamos visto a Cruyff, ni a ningún otro jugador del Barça ni, desde luego, habíamos visto nunca un partido de ese equipo del que, gracias al fervor culé de la familia, éramos forofos incondicionales. Ya he dicho que vivíamos en un pueblo en Veracruz, básicamente aislados del mundo, y esto nos hacía ser metaculés, aficionados acérrimos de un equipo que no habíamos visto nunca pero que imaginábamos con mucha tenacidad. Mientras los culés de Barcelona veían los partidos de su equipo, los metaculés teníamos que imaginarlo a partir de la breve noticia que publicaba cada semana, siempre tarde, el vecino gallego. Del fichaje de Cruyff, hace exactamente 40 años (28/10/1973), nos enteramos también por una breve nota de aquel periódico.

Hoy se cumplen 40 años del debú con el Barça de un holandés que nos hizo soñar en un pueblo selvático de Veracruz

Unas semanas después de que el Barça ganara la Liga del 74, comenzó el Mundial de Alemania y, alentados por ese acontecimiento planetario que no nos queríamos perder, los mayores compraron un televisor que fue el primero que hubo en el pueblo. Nuestras dos opciones de equipo que eran España, por la familia, o México, porque vivíamos ahí, no lograron clasificarse y nosotros, para paliar aquella orfandad, tuvimos que adoptar a Holanda con un argumento irrefutable y de peso: Cruyff, nuestro nuevo ídolo, jugaba ahí.

La experiencia de ver por primera vez correr y jugar a Cruyff nos dejó a mi hermano Joan y a mí pasmados, y nos expulsó de golpe de la exclusiva órbita de los culés metafísicos, en la que con tanto esfuerzo nos habíamos desempeñado durante varias temporadas. A partir de entonces pasamos a ser culés normales, de los que veían los partidos en lugar de imaginarlos.

Después del Mundial nuestra prima Alicia, que vivía en Barcelona, se encontró a Cruyff en el aeropuerto del Prat y le pidió un autógrafo para sus primos de Veracruz, que éramos nosotros. Aquel garabato, que llegó en un sobre que ponía “correo aéreo” en grandes letras azules, fue enmarcado y colgado debajo de la foto que habíamos recortado del periódico y poco a poco se fue convirtiendo en un objeto de culto que todavía hoy mi hermano, que es un próspero abogado en México, conserva colgado en una de las paredes de su despacho.

Hace unos años, en un partido que veía desde los asientos que tiene mi primo en el Camp Nou, vi que a escasos diez metros de distancia, en la orilla del palco de autoridades, estaba Johan Cruyff, mi ídolo de la infancia, ese futbolista que imaginaba sin parar cuando era un niño y un culé metafísico en la selva de Veracruz. Tuve el impulso de levantarme a saludarlo pero enseguida lo reprimí, me pareció que saludar con mi mano física a mi ídolo metafísico era una lamentable contradicción, así que no me acerqué, dejé pasar la oportunidad, pensé que el Cruyff real era bastante irreal y decidí quedarme con el mío, que siempre ha sido el de verdad.

@jsolerescritor