Champions League 2013-2014

Diego Costa celebra el 1-2 / TOBY MELVILLE (REUTERS)

Contra lo que supuso que Fernando Torres, uno de los suyos, pudiera acabar con su sueño con ese gol tan frío como dañino, contra un club que le cuadriplica el presupuesto, el Atlético se subió en Stamford Bridge al peldaño más alto de su historia. Cuarenta años después vuelve a una final de la Copa de Europa, tras la derrota de 1974 contra el Bayern Múnich. A ese punto que tanto han recordado todos los atléticos, jugadores, exjugadores, entrenadores, exentrenadores, dirigentes y exdirigentes. A ese instante que muchos hubieran preferido ni vivir, ni recordar, simplemente borrar de sus vidas. Ahora tendrá una oportunidad de cobrarse esa deuda por la que tanto ha penado. La oportunidad de revancha para sanar aquella derrota será contra el Madrid, en el derbi más grande que se haya concebido en los más de 100 años de existencia de los dos clubes, en la primera final en la historia de la Copa de Europa entre dos equipos de una misma ciudad. El 24 de mayo en Lisboa.

Chelsea, 1 - Atlético, 3

Chelsea: Schwarzer; Ivanovic, Cahill, Terry, Cole (Eto’o, m. 53); Azpilicueta, Ramires, David Luiz, Hazard; Willian (Schürrle, m. 76) y Fernando Torres (Demba Ba, m. 66). No utilizados: Hilario; Kalas, Ginkel y Oscar.

Atlético: Courtois; Juanfran; Miranda, Godín, Filipe Luis; Arda Turan (Cebolla Rodríguez, m. 81), Mario Suárez, Tiago, Koke; Adrián (Raúl García, m. 65) y Diego Costa (Sosa, m. 76). No utilizados: Aranzubia; Alderweireld, Diego Ribas y Villa.

Goles: 1-0. M. 36. Fernando Torres. 1-1. M. 44. Adrián. 1-2. M. 60. Diego Costa, de penalti. 1-3. M. 72. Arda Turan.

Árbitro: Nicola Rizzoli (Italia). Amonestó a Cahill, Diego Costa y Adrián.

Unos 40.000 espectadores en Stamford Bridge.

Conquistó Stamford Bridge el Atlético y se llevó una eliminatoria en la que ha sido el equipo que más hizo por ganarla. Primero en su estadio y después en el del Chelsea, donde jugó sin complejos, muy seguro de sí mismo. Certero de que todo lo que hacía en el campo tenía un sentido. Se sobrepuso rápidamente a ese gol de Torres para después plasmar un fabuloso golpe de autoridad. Si el del Madrid en Múnich fue de tronío, el del Atlético no se queda atrás. Cuando Adrián empató, el grupo no se conformó con resguardarse. Buscó el segundo gol y el tercero ante la mirada incrédula de José Mourinho, el gran derrotado del cruce. Unos 10 metros más allá, con su vestir de negro eterno, estaba Simeone, artífice de una estructura solidaria que en dos años y medio se ha colocado en la primera fila del fútbol europeo y que en Lisboa tendrá la oportunidad de gobernarla.

El empate a cero del partido de ida y el conservador planteamiento de Mourinho generó mucha expectación en las propuestas que deslizarían uno y otro entrenador. Existía la curiosidad por medir la ambición del Chelsea en su propio estadio, por saber si se atrevería a ofrecerle a su hinchada otra tesis de juego defensivo como la que expuso en el Calderón o si enseñaría una cara más ofensiva. Las pistas empezaron por las alineaciones. Mou empleó a todos sus mejores defensas disponibles, incluido Terry. Un quinteto en el que Azpilicueta ocupó la banda derecha del centro del campo para formar un doble lateral con Ivanovic. El objetivo, fijar a Filipe Luis.

Los jugadores del Atlético celebran el gol de Adrián / CHEMA DIAZ (DIARIO AS)

Simeone sorprendió con Adrián y dejó fuera a Raúl García. Cambió brega y juego aéreo para ganar las segundas jugadas por velocidad. Dada la trascendencia de Raúl García en ese tipo de juego, la decisión pareció apuntar de principio a una intención por un partido menos aéreo que el de hace una semana. Así fue. Ninguno de los dos equipos se destapó, siempre con la mirada puesta en el equilibrio, pero la alternancia en el intento de llevar la iniciativa parió un duelo menos farragoso que el primero. Cuando era el Chelsea el que dominaba, David Luiz gobernaba el medio orientando el juego hacia los costados. A su izquierda Hazard, su cambio de marchas y su velocidad puntera. Una amenaza cada vez que anunciaba una aceleración. A la derecha, Azpilicueta, llegador, pero también pendiente de lo que sucedía a su espalda. Ese juego por las bandas tenía como objetivo a Fernando Torres. Fue El Niño, después de esa primera media hora larga con los dos equipos sin concederse respiro y poco más que algún remate, el que abrió el marcador. Un gol con tanto oportunismo como literatura ya estaba generando por el cruce de los sentimientos y el profesionalismo. Salió Willian de una encerrona en el córner, rodeado de tres defensas del Atlético, y pudo conectar con Azpilicueta, cuyo centro lo empaló por abajo y cruzado Torres. No lo celebró. Ni siquiera amagó con echar a correr. Se quedó clavado interiorizando y conjugando en unos segundos su pasado con su presente.

Fernando Torres marcó y no lo celebró, empató Adrián y los rojiblancos se crecieron

Apenas ocho minutos duró el cariz sentido que había tomado el encuentro por el gol de Torres. Había avisado Adrián con un desvio de cabeza en una falta. Después cazó ese centro de Juanfran. Le pegó a la pelota mordida, pero entró y justificó la apuesta de su entrenador.

Del empate no emergió un Chelsea más ambicioso tras el descanso, sino un Atlético imperial y coral. Koke se soltó, también Filipe, Mario empezó a jugar con criterio, Arda impuso su arte y los desmarques de Diego Costa y Adrián deshacían a la defensa blue. Hasta Courtois, con 1-1 aún en el marcador, le enseñó a sus dueños y la que puede ser su hinchada su capacidad para salvar partidos con una parada abajo a cabezazo de Terry.

Luego empezó el festival. Eto’o derribó a Diego Costa cuando este pinchó un globo sin peligro alguno en el área. El hispanobrasileño, después también de volverle a enseñar los colmillos a Terry, que trató de ponerle nervioso, convirtió el penalti fuerte y por alto después de una polémica con el árbitro por la colocación de la pelota.

Por entonces ya se escuchaba a la hinchada rojiblanca evocar a Luis Aragonés, tararear el himno y acompasar con olés los toques que terminó por coronar Arda con un cabezazo al larguero cuyo rechazo empujó para certificar al Atlético más grande de la historia. Y el mejor derbi posible, en Lisboa, en la final de la Champions.

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