El ‘Maracanazo’ fue una broma

La devastadora paliza de Alemania a Brasil deja en una chiquillada la afrenta de 1950

Los de Scolari fueron infieles a la pelota y los germanos se lo hicieron pagar con una saña desconocida

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Los alemanes celebran un gol ante David Luiz y Maicon. EFE

El fútbol nunca será lo mismo desde una noche en Belo Horizonte en la que se produjo el mayor cataclismo desde que rueda la pelota hace más de un siglo. Jamás hubo nada igual, ni parecido. El Maracanazo fue una broma al lado del 1-7 encajado por Brasil ante una Alemania que le hizo morir de una sobredosis de realidad, que le dejó una tacha de por vida por su empeño en dar la espalda a una pelota que siempre fue el mayor motivo de orgullo de sus gentes. Brasil quiso ser lo nunca fue y acabó por dejar a todo un país en estado de shock, petrificado, sin latidos.

Lo vivido por Brasil 64 años después del Maracanazo fue aún más mortificante. Un trauma de por vida de tal magnitud que aquella afrenta con Uruguay ya no tendrá ninguna relevancia. Desde la marabunta alemana en Belo Horizonte resultará un traspié cualquiera, una chiquillada por mucha liturgia que tuviera. A lo de Belo Horizonte será difícil ponerle letra, necesitará guionistas de primera y un pelotón de psicólogos, psiquiatras, sociólogos y cuantos se quieran sumar a una cátedra que promete. El ultraje de Alemania dejó estremecido a todo Brasil, que esta vez tiene a muchos Barbosas a los que condenar por un cataclismo histórico, con Luiz Felipe Scolari y muchos de sus dirigentes a la cabeza. Mucho tendrá que ganar para que en algún siglo venidero la torcida encuentre consuelo. La Canarinha no perdió una semifinal, padeció un calvario descomunal, una hecatombe en toda regla. Perder es otra cosa.

Hace tiempo que Brasil le fue infiel a la pelota y Alemania, su nuevo mecenas, se lo hizo pagar con una saña desconocida en la historia de los Mundiales. Un partido imperecedero, de los incunables, y de los que dejan secuelas de proporciones inimaginables. Si alguien encuentra alivio en Brasil, quizá el fútbol canarinho recupere sus orígenes y espante de una vez a los que han fumigado su esencia para ponerse una armadura que no le iba y que en nada garantizaba el éxito. Un destiñe absoluto e incomprensible en una selección que fue más que ninguna una oda a la felicidad de este juego. El Brasil de hoy no es un equipo de fantasía, sino una brigada de centuriones con más propaganda que atributos. Scolari se empecinó en repetir lo de 2002, olvidando que Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no eran precisamente unos piernas. El modelo era inimitable, con Fred, Jo, Hulk y unos cuantos luizgustavos, futbolistas de acompañamiento en una Liga sin mucho segundo pedigrí. Al fútbol no quiso jugar otro que Neymar, ausente como el capitán Thiago Silva, uno por lesión y otro por sanción. Con el drama visto, ni a ellos puede apelar Brasil como coartada.

Sobre un ring, el duelo hubiera sido calificado de una carnicería. A Brasil le duró la combustión —el himno como una haka maorí— y todo tipo de gestos inflamables, lo que tardó Müller en noquear a la defensa doméstica en el primer córner a favor de los visitantes. Müller, que ya suma cinco tantos, remató al borde del área pequeña, como si estuviera entre monaguillos. Nadie le hizo ni cosquillas. El gol fue una sacudida para Brasil, pero cuando Klose hizo el segundo todo el equipo se desmoronó de forma calamitosa. Dos minutos después llegó el tercero, de Kroos. Si su remate fue prodigioso, la jugada, con seis toques de violín sucesivos, fue museística. El equipo de Löw era una sinfonía.

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Müller y Özil celebran un gol ante Julio César. EFE

En 20 minutos, Alemania ejecutó un escarnio brutal. Kroos parecía Gerson, Khedira, inmenso, era Pelé o quien se propusiera, y Müller se había clonado en Garrincha. Los alemanes daban palique a la pelota de forma vertiginosa, con surcos continuos en el balcón del área de Julio César. No había brasileño capaz de detectar a un alemán. El conjunto germano ganaba en todas las batallas: la técnica, la táctica, la física y la anímica. Brasil era muñeco de trapo. La afrenta iba a más, sin remedio para un grupo de futbolistas en tanga, con las gentes llora que llora en las gradas. No era para menos, lo del campo era cruel, solo creíble de haber estado por el medio El Salvador o Corea del Norte, por citar algunos de los que se han llevado palizas más o menos similares. Por desgracia para los brasileños, no era ficción. Aquello parecía el España-Holanda, con un equipo desatado y otro aturdido en un rincón cualquiera.

Los goles alemanes caían como churros. Repitió Kroos y a la fiesta se sumó con todo merecimiento Khedira, un coloso, con una agilidad técnica que no se le conocía. Alemania estaba hechizada. Hubo tiempo para Klose, que a sus 36 años destronó al último rey brasileño. Con sus 16 goles superó a Ronaldo como el mejor goleador de los Mundiales. A Brasil se le vino la historia encima: el hilo con Ronaldo es Fred.

El abuso alemán obligaba a frotarse los ojos, cinco goles con los 10 primeros remates. Para Brasil, la peor pesadilla imaginable hubiera sido mucho más llevadera. Aún le quedaba el suplicio del segundo tiempo y hasta le toca jugar por un tercer o cuarto puesto. De no ser por tratarse del fútbol, sería un caso de sadismo. Mientras Brasil es una tormenta de lágrimas, Alemania y el mundo entero aún se pellizcan. Nada será igual. En el fútbol no hay rastro de un impacto semejante. No hay forma de medir semejante seísmo.

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