Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Pies descalzos sobre el parqué

Los Houston Rockets imparten un seminario al equipo infantil de la comunidad triqui de Oaxaca, una de las zonas más pobres de México

Un lance del seminario que impartieron los Rockets en Ciudad de México
Un lance del seminario que impartieron los Rockets en Ciudad de México

Cuando se le pregunta a Quirino Marcelino Bautista por qué juega descalzo al baloncesto responde que así siente más libres los pies. Cuando se le pregunta si no le duelen, dice que tiene los pies muy duros. Bautista es un niño de 10 años que juega en la Academia de Baloncesto Indígena México (ABIM). Apenas levanta un metro veinte del suelo y ayer se pasó más de una hora correteando, fintando y encestado con destreza durante el clinic que los Houston Rockets ofrecieron en el encerado parqué del Arena Ciudad de México como parte de la gira que la NBA realiza cada año en el país vecino.

Bautista y el resto de sus 40 compañeros son indígenas triqui, una comunidad de las montañas de Oaxaca con alrededor de 300.000 habitantes. El equipo de los niños triqui se ha convertido en un fenómeno en México. Tiene todos los ingredientes de una historia de seducción mediática. Un proyecto que a través del deporte pretende luchar, en una de las zonas más depauperadas del país, contra la pobreza y por la educación –el requisito para entrar en la ABIM es sacar buenas notas en el colegio–. Un grupo de niños que juegan descalzos al baloncesto porque así es como aprendieron en las canchas de tierra de su pueblo. Y que además ganan. Tras conquistar decenas de campeonatos locales, fueron seleccionados como representantes de México para competir el año pasado en un torneo infantil internacional en Argentina. Y también ganaron. Desde entonces todos quieren salir en la foto con los intrépidos alevines. Hasta el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, les invitó a su residencia para darles la enhorabuena.

El equipo de los niños triqui se ha convertido en un fenómeno en México

El veterano base de los Rockets Jason Terry y el rookie Troy Daniels fueron los maestros de ceremonia durante el seminario. Entre sonrisas de emoción, pero con atención casi castrense, los jovencísimos baloncestistas siguieron las indicaciones sobre cómo cerrar el rebote y salir al contrataque; el movimiento suave de muñeca en los tiros de media distancia o cuando continuar un bloqueo. Una vez acabado el clinic, y tras de la foto de rigor con la empresa de seguros patrocinadora del evento, las estrellas de la NBA duraron poco sobre la pista. Pero los niños aún encontraron unos instantes y se lanzaron a por autógrafos. Uno de ellos se levantó la camiseta roja y señaló con sus ojos al gigantón de 2,6 metros Terrence Jones el lugar donde quería el recuerdo.

- ¿En la barriga? ¡Quieres que te firme en la barriga!

“Para muchos jugadores de la NBA el contacto con estos niños les devuelve a sus orígenes. Yo creo que los disfrutan más que ellos incluso”, comentó Sergio Zúñiga, oaxaqueño, ex jugador profesional, entrenador y gran artífice del proyecto. “Se trata de un plan integral de educación que comenzó hace seis años y que va comenzando a dar sus frutos”, añadió. Zúñiga y su equipo han conseguido recientemente que el Gobierno federal aporte fondos para mejorar sus instalaciones. El año que viene un grupo pasará seis meses becado en una universidad alemana para estudiar y, claro, seguir jugando al baloncesto.

Isaías Merino tiene 13 años y es uno de los becados. “Quiero estudiar contaduría. Me gustan los números y creo que se me da bien”. Tiene uno los expedientes académicos más lustrosos de entre sus compañeros, y formó parte de la última gesta triqui. Este verano el combinado indígena de Oaxaca llegó a la final de otro torneo internacional, esta vez en Barcelona, desbancando a equipos de muchachos más altos y fornidos que ellos.

Muchos de estos niños, que mañana asistirán al partido entre los Houston Rockets y los Minnesota Timberwolves en uno de los palcos del moderno Arena de Ciudad de México, ya han estado en Estados Unidos, Europa y otros países de América. Zúñiga, sin embargo, tiene claro el que el brillo espectacular del deporte de élite no va a deslumbrar a sus pupilos. “No importa donde estén o donde hayan ido. Al final, cuando vuelven con sus familias a las montañas de Oaxaca, allí siguen las mismas carencias”.