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Las barras bravas sangran por dentro

Los enfrentamientos entre facciones de los seguidores de River Plate simbolizan la relación entre fútbol y política en Argentina

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Seguidores de River Plate encienden una bengala durante un partido. REUTERS

River Plate y Boca Juniors definirán esta madrugada (20.45, hora argentina) un puesto en la final de la Copa Sudamericana, en la enésima versión de un clásico ancestral. Pero a la tensión habitual de estos duelos, ya de por sí exacerbada tras el bronco 0-0 de la ida, se le ha sumado otro factor de preocupación: los ecos del brutal choque entre las dos facciones internas de la barra brava del River, el martes por la tarde dentro de las propias instalaciones del club.

La división entre Los Borrachos del Tablón y Los del Oeste no es nueva, data de 2007, y ya ha dejado en el camino un muerto y varios heridos, pero el último suceso resulta especialmente grave, en sí mismo y como ejemplo. Porque deja en evidencia la nula efectividad de la política de acercamiento a una de las facciones (la de Los Borrachos) puesta en práctica por la nueva dirigencia del River desde el año pasado. De hecho, su presidente, Rodolfo D’Onofrio, admitió el error: “Nos equivocamos al no haber suspendido a los barras como socios”.

Pero también porque sirve como ejemplo de lo que ocurre en prácticamente todos los clubes argentinos, sin importar la categoría o la región geográfica: la estrecha relación de los gestores —dirigentes de las entidades, pero también y sobre todo, políticos, policías y hasta integrantes del cuerpo judicial— con las fuerzas violentas. Esta convivencia, nacida en los años setenta y dramáticamente extendida a partir de los noventa, imposibilita cualquier intento de poner fin al accionar de estos grupos, tal como ocurrió con fenómenos semejantes en Inglaterra o incluso España. “No quiero que entren a la cárcel por una puerta y salgan por la otra”, pedía D’Onofrio el martes. La realidad es que 24 horas después de lo ocurrido no había ningún detenido. Y las “puertas giratorias” no se remiten a las cárceles, sino a las que llevan a los directivos del fútbol a la política, y viceversa.

Nacidas al calor de la pasión, las barras bravas fueron transformándose paulatinamente. Por un lado, “en una especie de grupo de tareas que ejerce una violencia ilegítima y que tiene como mandantes a la dirigencia deportiva y la política”, según sostiene Pablo Alabarces, sociólogo e investigador del tema. Por otro, en una auténtica fábrica de dinero ilegal, que explica por qué las peleas internas, cada vez más sangrientas, sustituyeron las viejas peleas entre hinchadas de diferentes colores.

En los clubes grandes, ostentar el poder en la barra permite acceder a innumerables negocios

En los clubes grandes, ostentar el poder en la barra permite acceder a innumerables negocios: reventa de entradas —entregadas por el club—, control de los lugares de aparcamiento en los estadios y las calles aledañas, manejo de puestos de comida o bebida, e incluso intromisión en decisiones respecto a jugadores de las categorías menores o del primer equipo, y participación directa en las transferencias de futbolistas. En las entidades más pequeñas, los beneficios suelen llegar a través de la obtención de puestos de trabajo en instituciones públicas o empresas privadas. Pero en ambos casos, la lucha también se traslada al control del territorio, ya sea para ejercer dominio político o realizar actividades delictivas de toda índole, narcotráfico incluido. La impunidad, siempre, es el ingrediente principal para el crecimiento de estas pequeñas mafias.

En este contexto, el recrudecimiento de los hechos de violencia en las últimas semanas, con cuatro muertos y varios heridos, no resulta casual. 2015 es año electoral en Argentina y la pelea por los resortes de poder en las canchas anticipa una contienda en las urnas que en la actualidad no cuenta con favoritos claros, pero que presenta una coincidencia. Mauricio Macri y Sergio Massa, dos de los principales candidatos de la oposición al Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, llegaron a la política tras presidir el Boca Juniors y el Tigre, respectivamente. Aníbal Fernández, exjefe de Gabinete y actual senador oficialista, es presidente de Quilmes. Hugo Moyano, secretario general de una las centrales sindicales del país, preside Independiente. Máximo Kirchner, hijo de la actual mandataria, participa de uno u otro modo en todo lo concerniente al Racing… Y la lista continúa.

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