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Casillas en Matrix

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Casillas, al término del Barça-Madrid de final de Copa de 2014.

Hubo un tiempo en el que Casillas sabía volar. Lo hacía sin esfuerzo, como esos jóvenes bailarines rusos medio drogadictos que estiran las extremidades en el aire y caen al suelo como Batman. Ocurrió cuando Morfeo le hablaba a Neo de una época en la que los hombres no nacían: los cultivaban. En medio de ejercicios rígidos de entrenamiento, del dominio de la máquina sobre el hombre y de las carreras milimetradas por padres obsesivos, Casillas nació como elegido.

Su éxito fue acompañado por palabras como innato, magia, don, santo y prodigio. Creció en medio de un vocabulario de ciencia ficción, una especie de colchón semántico religioso que no tenía correspondencia con lo terrenal. Palabras bellas que trataban de describir una aparición mariana más que un portero. Era difícil no hacerlo. Este artículo empieza con una frase así. Casillas evoca lo extransensorial, lo que se escapa al entendimiento.

Renunció por tanto al trabajo (¿hacía abdominales Jesús?) y cultivó su faceta más espectacular, la que engordaba al hombre-milagro. No se exigía en lo común, en las salidas por alto, en el juego con el pie o en ordenar la barrera: él prefería salvar al madridismo en el último segundo. Yo recuerdo una parada suya en Sevilla, en un balón golpeado por un delantero en la línea, en la que apareció de no se sabe dónde y estiró un brazo que debería de seguir allí en la hierba como la estatua de Lincoln.

Todo eso, paradójicamente, fue acabando con Casillas. Su estrellato era el de un 9, y su trabajo exigía emociones. La gente pagaba para ver a Raúl, para ver a Zidane. Pero también empezó a pagar para ver a Casillas. Y qué podía hacer Casillas, ¿pedirle a los rivales que achuchasen? En todo caso el Madrid de los galácticos ayudó a su leyenda; le bombardeaban y se lucía. Era el Madrid de Iker y Ronie, luego el Madrid de Iker y Van Nistelrooy. Con dos basta, decían los periódicos. Para entonces Casillas ya se había convencido de que lo suyo era paranormal. Se lo dijo años después a Gabilondo: él tenía un talento innato que no lo perdería nunca, y sólo tenía que regarlo como a las orquídeas. La entrevista fue el año pasado: para entonces Casillas ya lo había perdido. Si no el talento, sí la confianza en él.

A finales de 2012 Mourinho lo sentó. Al superhéroe se le colocó con urgencia un supervillano. Pocos repararon en que esos meses el Madrid había tenido en la portería un desagüe; nadie repasó las actuaciones de aquellos días. Entre la verdad y la leyenda el periodismo eligió la leyenda. Desde ese año se prefirió hundir a quien fuese, incluidos porteros españoles y canteranos de adn militante, antes de analizar un partido de Casillas, que era la carnicería de Milwaukee. Como a Jesús no se le podía jubilar, empezó a dársele respiración artificial. Nunca fue tan mito Casillas como cuando dejó de ser portero. Huérfanos de sus milagros, se le computaron paradones en los entrenamientos: la vida del santo en la intimidad. Ya no era Casillas: era Con Lo Que Nos Ha Dado.

El talento no se fue nunca. Pero a donde no llegaban las piernas difícilmente podían llegar los reflejos. Como nunca había aprendido lo que sabía, cuando empezó a perderlo se resistió a pensar que era ley de vida. Las palabras con que le distinguían no nombraban nada real, no significaban nada fuera del micrófono: eran sólo emociones. El cuerpo podía envejecer, la concentración se estropeaba, la confianza se perdía. En los últimos tiempos puede verse en los córners a la defensa rodéandole como a un dios frágil, un ídolo al que se le extingue su culto y hay que protegerlo de sí mismo. No defendían la portería: defendían a Casillas

Ya que no pertenecía a ninguna categoría humana, buena parte del madridismo le subió a la cruz. “Si eres Dios”, le dijeron, “morirás como Dios”. Ha sido un espectáculo profundamente solanesco, desagradable, con un odio que no tuvo límites en su domicilio ni en su hijo. No hubo piedad en el escarnio como no la hubo camino del Calvario. Su halo trágico remite a un espejismo, el de sus largos años de gloria: el mito nacional, derruido otra vez por los suyos. Cuando dejó de volar todo lo que quedó de él fue un hombre sostenido por hilos desde la tramoya. Como Casillas no era real, teníamos que imaginarlo. Pero hasta la fantasía tiene un límite.

Habrá un tercer día también para él: el Madrid siempre resucita a sus muertos. La única condición es que estén enfrente.

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