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Di María se sigue acomodando

Di María, en su presentación con el PSG.
Di María, en su presentación con el PSG. EFE

La educación, al menos, no se le puede discutir. Tampoco su categoría como jugador, aunque sobre gustos los colores y haya mucho daltónico futbolístico (presidentes de clubes incluidos). Ángel Di María acaba de decir adiós al Manchester United para recalar en el París Saint Germain, que ha desembolsado 63 millones de euros un año después de que el equipo inglés pagara 75 al Real Madrid. Esas cifras, unidas a los 33 millones que el Madrid abonó al Benfica en 2010, le otorgan el título del jugador con la trayectoria más cara de la historia, a la espera de que los jueces dictaminen si Neymar ha costado más que la Sagrada Familia.

En su despedida del United, donde ha cosechado un monumental fracaso, Di María ha escrito una carta a la afición en la que hace gala de su cortesía y en la que incluso se disculpa por su nulo rendimiento: “Créanme que lo siento. A veces, en la carrera de un futbolista pasan cosas inesperadas, que no deseamos”. Un año antes, tras su adiós al Madrid, redactó otra misiva en el mismo tono cortés, pero en la que señalaba con el dedo al culpable de su adiós: “Se hablaron muchas cosas y muchas mentiras. Siempre quisieron atribuirme la iniciativa de salir del club, pero no fue así. Lamentablemente no soy del gusto futbolístico de alguna persona”.

Sí lo era de Ancelotti, por entonces técnico del Madrid, que le consideraba imprescindible. Y así se lo hizo saber al máximo responsable deportivo, a la sazón, el presidente Florentino Pérez. Como si no. El tira y afloja en la negociación abrió al argentino la puerta de salida, no sin antes sufrir las embestidas de los consejeros mediáticos del club, que le colgaron el papel de pesetero, traidor, judas y similares, amén de disparar la audiencia de sus programas cada vez que sacaban las imágenes en las que el chico se tocaba los genitales cara al sol del Bernabéu, que eso hizo tras ser sustituido en un partido ante el Celta, acto que él llamó “acomodamiento”. Di María se acomodó y se fue a ganar en el United lo que no ganaba en el Madrid. Y lo ha ganado todo excepto títulos. Y tanto se desacomodó el Madrid que, sin él, siguió ganando todo excepto títulos.

Alzain Tareq, durante la carrera de 50 metros.
Alzain Tareq, durante la carrera de 50 metros. EFE

La niña Alzain y la cocaína

En los Mundiales de Katie Ledecky, en el torneo que ha certificado que la natación española se apellida Belmonte, ha adquirido el papel de protagonista una invitada inesperada. El pasado viernes, Alzain Tareq, una niña de 10 años, se lanzó a la piscina a disputar los 50 metros mariposa. No es la primera vez que un hecho poco común acapara la atención mediática. En los Juegos de Sydney 2000, el ecuatoguineano Eric Mussambani nadó los 100 libres, en los que llegó a más de un minuto del ganador entre el pánico de los allí presentes, pues el ahogamiento parecía inminente. Aquello, además de convertir a Mussambani en héroe popular, no dejó de ser un acto folclórico, provocado por el empeño de la Federación Internacional (FINA) en que cualquier país pueda estar presente en los mejores torneos.

Y ese empeño llevó a la niña Alzain a la piscina de Kazán. Su caso poco tiene de pintoresco, como se han encargado de denunciar otros nadadores, que consideran lo ocurrido una aberración. Muy lejos de ese pensamiento está Julio César Maglione, presidente de la FINA, que ha declarado: “Mejor que los niños se diviertan así y no empiecen a los 10 años a tomar marihuana o cocaína”. Curioso el argumento, más que nada porque entre que una cría se sacrifique hasta el agotamiento como exige la alta competición o se envenene con farlopa debe haber un punto medio. Que juegue, o cosas así.

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