Terapia escocesa para Inglaterra

El ‘XV de la Rosa’ retiene por octavo año la Copa Calcuta y se rehace de su fiasco mundialista

Apeado en bloque de las semifinales del pasado Mundial, el clásico del norte lidia con la etiqueta del descenso simbólico a una segunda división del rugby. Y allí está Inglaterra, la unión con más recursos y jugadores, la misma que apenas esgrime un entorchado desde 2003. Le tocaba volver a empezar al XV de la Rosa, capaz de esconder cualquier incertidumbre mediante un rival al que ha transformado en certeza. Volvieron a conquistar Murrayfield; antaño tierra hostil, simple rutina en el presente. Aunque Escocia tuvo argumentos, sus progresos no pasaron de lo potencial y la Copa Calcuta se queda por octavo año seguido en las vitrinas inglesas.

Escocia, 9; Inglaterra, 15

Escocia: Stuart Hogg, Sean Maitland, Mark Bennett, Matt Scott, Tommy Seymour (Duncan Taylron, m. 65), Finn Russell, Greig Laidlaw; Al Dickinson (Gordon Rein, m. 57), Ross Fordm (Stuart McInally, m. 64), Willem Nel (Zander Fagerson, m.69), Richie Gray, Jonny Gray (Tim Swinson, m. 69) , John Barclay (Blair Cowan, m. 58) John Hardie, David Denton.

Inglaterra: Mike Brown; Anthony Watson, Jonathan Joseph, Owen Farrell, Jack Nowell; George Ford, Danny Care (Ben Youngs, m. 54); Billy Vunipola, James Haskell, Chris Robshaw (Jack Clifford, m. 69); George Kruis, Joe Launchbury (Courtney Lawes, m. 47); Dan Cole, Dylan Hartley (Jamie George, m. 76), Joe Marler (Mako Vuniopola, m. 48).

Árbitro: John Lacey (Irlanda). Sin amonestaciones.

Ensayos: Kruis y Nowell para Inglaterra. Owen Farrel transformó el primero de ellos.

Golpes de Castigo: Laidlaw (3) por Escocia; Farrell (1) por Inglaterra.

Pocos himnos prenden más que la segunda estrofa del Flower of Scotland, ese instante en el que la melodía abraza el silencio y deja paso al estruendo coral de la grada. No se dejarían intimidar los ingleses, contundentes de inicio ante una Escocia que se limitó al fuego de corto alcance. La primera apuesta táctica del australiano Eddie Jones como seleccionador pretendía encajonar a los escoceses a patadas, con dos aperturas sobre el césped, por más que Owen Farrell se desempeñara como centro. Sobrevivió el XV del Cardo a un saque de touch errado en su 22, apenas un consuelo. El zaguero Stuart Hogg capturó una patada envenenada del ala inglés Jack Nowell, pero no pudo evitar el placaje en su zona de marca. Con las camisetas blancas a cinco metros, el segunda George Kruis noqueó al raso al defensor rumbo al ensayo.

Ni un instante tardó en reaccionar Escocia, tan capaz de ganar metros como de indultar al rival cuando tocaba canjear los puntos. Los locales transformaron el dominio inglés en irrelevancia con la valentía de Hogg, una suerte de guillotina blandiendo mantequilla. El agobio llevaría a la indisciplina a los ingleses, que limitaron daños a dos golpes certeros de Greig Laidlaw. El juego aéreo escocés pasó de debilidad a fortaleza; su guarnición placó con estupor a George Ford tras un balón llovido del cielo y el apertura Finn Russell fabricó una patada medida a la última línea de reserva. Tanto mérito para sucumbir en la frontera, ya fuera por el robo oportuno, una patada marrada de Laidlaw o por no secundar la ruptura que pareció definitiva de John Hardie al filo del intermedio (6-7).

Retomarían el pulso los ingleses, rearmados con munición aérea. Y es que la utilidad del pie es incalculable. Así se zafaron de la presión, enviando un proyectil al corazón del campo rival que Hogg tuvo que patear asfixiado a la banda. También sirve para testar los nervios de la defensa a la hora de embolsar el oval en plena emboscada. A su pesar, aceptaron la invitación los escoceses. Así, el XV de la Rosa maniobró a placer en la zona noble local y engrasó el juego a la mano para habilitar el sprint final de Nowell, toda una esperanza en el costado.

La herida pudo ser peor para los locales, que se mantuvieron a una anotación gracias a dos patadas escoradas falladas por Farrell, incordiado por una pitada impropia de un deporte que rinde culto al silencio. Tal fue el estruendo que los monitores del estadio exigieron respeto, con un éxito relativo. En el césped, las camisetas azules habían perdido chispa. Les quedaba el instinto de supervivencia para birlar al rival un oval que se temía definitivo. Argumento siempre cortoplacista, pues con los ingleses en su territorio era inevitable que Farrell acabara encontrando palos y abriendo brecha.

Los escoceses se exigieron con sus propios errores la redención de la épica. Opositaron en lo matemático, reduciendo la diferencia a seis puntos, ese margen abatible con un ensayo convertido, pero la gloria no llegó a vislumbrarse. Los ingleses, que dejaron morir el choque en campo rival, abandonan la casilla cero con una sonrisa. A la meritoria Escocia, concsiente de su capacidad, la esperan nuevos remordimientos.