Un All-Star sin Pau

El All-Star Game se ha convertido en el pretexto perfecto para meter en casa a toda la tropa de borrachos y desahuciados habituales

Hace años que el All-Star Game se ha convertido en el pretexto perfecto para meter en casa a toda la tropa de borrachos y desahuciados habituales sin que mi sufrida pareja ponga el grito en el cielo o me señale la puerta de salida con aviesas intenciones, eso en el mejor de los casos. Al fin y al cabo, el horario tardío del evento no interfiere en sus intereses habituales de ocio para la tarde-noche del domingo. Además, comprende que son gente humilde, en su mayoría marineros y mariscadores que no pueden permitirse el lujo de contratar televisión de pago; alguno ni siquiera tiene televisor, de hecho. También ayuda que esa noche suelen traer cerveza en abundancia, por una vez y sin que sirva de precedente, claro, con lo que nos ahorramos la segunda parte de la habitual discusión: “¿Por qué tengo yo que pagar vuestras fiestas?”. Tiene toda la razón, por cierto, bendita criatura.

Este año, sin embargo, todo será distinto por la ausencia de Pau. No me refiero a Pau Gasol, claro está, quien a pesar de los méritos acreditados se ha visto obligado a colarse en la fiesta por la puerta de atrás y gracias a la oportuna lesión de su compañero en los Bulls, Jimmy Butler. Me refiero a Pau, mi amigo del alma, mi padrino de boda, mi hermano de otra madre, mi cuarto y mitad. En realidad, todo el mundo le llama Pablo pues así lo bautizaron sus padres ante dios- algo que encuentro muy respetable, faltaría más- pero yo suelo llamarlo Pau porque me gusta cómo suena, es más corto, más explosivo, más personal y, además, porque me apetece. Como digo no estará Pau, que lleva unas semanas con los ojos cerrados después de que un camión embistiese brutalmente el coche en el que viajaba por la AP-9, camino de Santiago de Compostela. Pau aguanta, como el Nota. No piensen ustedes mal, ni le envíen flores por Facebook todavía, pero el estado de coma en el que se encuentra es lo bastante profundo como para que ningún médico consienta su traslado a mi salón, ni siquiera acompañado de una enfermera. Tampoco transigen mojarle los labios con cerveza, algo que bajo mi humilde modo de entender la medicina, ayudaría.

Exagerando un poco, nuestra sociedad es comparable a la de Stockton y Malone (“¡la medalla del amor!”, gritaría en este punto el inmortal Andrés Montes), incluso a la de Magic y Kareem, Jordan y Pippen, Rodman y Las Vegas, o Jackie y Doug Christie. No estaría exagerando ni un ápice, en realidad, pero tampoco pretendo crear fricciones en su actual relación sentimental ni socavar todavía más la mía. En su día, mi sufrida esposa se cansó de tener que echarse a dormir sola, en la cama, mientras nosotros dos jugábamos al PC Fútbol a menos de un metro de distancia, en la misma habitación, fumando como si estuviésemos discurriendo el episodio piloto de Mad Men hasta las siete u ocho de la madrugada. Un día, sin avisar, nos arregló el cuarto de la plancha y trasladó allí el ordenador antes de declarar, muy ceremonial, que ella no iba a interferir en nuestros vicios ni en nuestro amor pero necesitaba dormir.

¡Ah, dormir…! Dormir es de cobardes. Esa es mi opinión y la de cualquier enamorado de la NBA que se precie desde mucho antes de que lo pusiesen de moda los compañeros del Plus así que no jodas más, Pau: despierta de una vez y vuelve pronto a casa. El cuarto de la plancha, sin ti, se me antoja ya tan sombrío como un All-Star Game sin Kobe Bryant y hay cosas a las que uno no puede ni quiere acostumbrarse. Bloqueo y continuación, dulce príncipe; bloqueo y continuación.

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