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La insólita mala suerte del ciclista Eduardo Sepúlveda

El corredor argentino se rompe varios huesos al caérsele encima una valla en una carrera en Francia

Para José Miguel Echavarri, la vida, y por lo tanto el ciclismo, es cómo la válvula de una rueda de bicicleta, que está sucesivamente arriba y abajo según gira, y no será Eduardo Sepúlveda, ciclista de la Patagonia argentina, quien lleve la contraria al director de Miguel Indurain, pues tal verdad la ha aprendido a fuerza de golpes.

Para él, para el joven de Rawson, de 24 años y ojos verdes galeses que enyesado espera una operación el martes en un hospital de Lyon, su carrera como ciclista profesional solo conoce dos puntos, el de arriba de la circunferencia y el de abajo, que visita regularmente cada pocas semanas víctima de incidentes insólitos, de sucesos que solo a él le ocurren, nunca el del medio.

El punto más bajo de este 2016 recién iniciado ciclísticamente, le llegó a Sepúlveda el domingo en el sureste de Francia, cuando le faltaban unos centenares de metros para cruzar la meta de la clásica del Drôme, poco después del ganador, al final de un repecho en Valence. Fue entonces cuando una racha de fuerte viento hizo volar las vallas de seguridad de la carrera, que cayeron sobre el ligero escaladorcito, al que derribaron y rompieron varios huesos. “Perdí el conocimiento y tardé un rato en despertar, afortunadamente, el escáner salió bien en ese sentido. ¿El saldo? puntos de sutura en la cara, dientes rotos, fractura de escafoides y de la muñeca en varias partes”, declaró a la web ciclismointernacional.com. Sepúlveda, resignado a una baja de tres meses. “Ya no sé qué pensar, la mala suerte me persigue. Lo que pasó es inadmisible y tengo mucha bronca”,

El mismo Sepúlveda, ligero y tenaz escalador que ha encontrado hueco en un equipo bretón, estaba en las nubes solo hace un mes, feliz por haber derrotado a los hermanos Quintana, Nairo y Dayer, en la ascensión al Amago, una de las etapas más duras de la Vuelta a San Luis, en Argentina. O hace justo un año, el 28 de febrero de 2015, cuando ganó la clásica del Ardèche, a escasos kilómetros de Valence. “Estamos muy tristes por él, que es el líder del equipo para las carreras por etapas, por las caídas que se le suceden todos los años”, dice Emmanuel Hubert, el director de su equipo, el Fortuneo-Vital. “Se perderá la París-Niza, que era uno de sus objetivos, y las clásicas belgas, la Flecha y la Lieja, pero si nos invitan al Tour seguro que ya está recuperado”.

El Tour sería la última carrera que se perdería Sepúlveda, quien tiene una cuenta pendiente con la grande boucle, una carrera que debió abandonar por la puerta pequeña en 2015, cuando su debut. Un error infantil mezclado con un ataque de nervios y ansiedad le llevó a montarse en el coche de un equipo, desesperado porque los suyos habían pasado sin verlo, pidiendo auxilio en la cuneta, cuando necesitaba reparar su bicicleta averiada. Recorrió solo 100 metros en el automóvil, suficientes para que los comisarios le expulsaran de la gran carrera del mundo sin dejarle terminar su 14ª etapa ni conocer la subida a Mende, que tanto le gustaba. Dos meses después, a mediados de septiembre, ganó la clásica del Doubs. Su válvula volvió a estar en lo más alto, pero, inexorable, solo tres días después descendió al suelo, a la dura realidad, cuando tras una caída en la Copa Agostoni, en Italia, una fractura de pierna le recordó que su destino era subir y bajar al ritmo del giro de las ruedas de su bicicleta.

 

 

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