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Éramos tan felices, Rosety

Durante años fue la voz más reconocible de mi vida. Era la voz que me traía los goles del Madrid. Un narrador excesivo, emocional y torturado

Hugo Sánchez, durante un partido del Madrid en 1993.

Gaspar Rosety ha muerto joven, como nuestra niñez. Fue un hombre de talla descomunal al que se le partió el corazón varias veces. Un narrador excesivo, emocional y torturado.

Durante años fue la voz más reconocible de mi vida. La llegué a dejar de oír para empezar a sentirla porque era la voz que me traía los goles del Madrid. De ese modo, en pleno carrusel de García, o después de la publicidad, se abría la comunicación con un estadio y solo se escuchaba el rugido del público antes de que el locutor cantase gol. Tras años de entrenamiento yo aprendí a distinguir por encima de otros el ruido de mi campo gracias al silencio de Rosety: sentía llegar su voz como pisadas de animal grande. Antes de hablar, mandaba al Bernabéu a hacerlo por él.

Su narración era siempre in crescendo, canónica, con ese punto de apocalipsis de quien está tejiendo las redes de la portería con sus cuerdas vocales. Llegaba a la portería antes que el delantero y a veces se ponía a rematar él mismo. Toda aquella intensidad lo convertía en un devorador de emociones, un caprichoso insaciable, un comunicador privilegiado. Su voz se iba castigando de tal manera que era posible saber por qué minuto iba el partido con sólo escucharle narrar un pase. La modulaba según el resultado, según la remontada, según las prisas del portero, según las expulsiones; en cuanto abría la boca lo sabías todo. Aún guardo en cintas TDK los goles de Santillana, de Hugo, los de Salinas en Irlanda, el de Hierro en Sevilla contra Dinamarca, cuando aún me gustaba la selección. Congelados como Walt Disney para hacerlos regresar en los tiempos de youtube.

Ninguna cadena se atrevió a ponerlo delante del micrófono en la final de Sudáfrica e hizo bien: Rosety sufría del corazón, era su músculo roto, y nosotros hubiéramos sufrido aún más.

Un día, frustrado por una eliminación europea, escribí dos cartas: una a García y otra a Rosety. A la semana siguiente llegó la respuesta: dos fotos firmadas por ellos como si fuesen las Spice Girls. A García lo conocí hace dos semanas; tiene sobre él un libro en circulación Ferrer Molina, Buenas noches y saludos cordiales (Córner, 2016). A Rosety nunca llegué a conocerlo. Hubo una época dorada de mi vida en que quise ser él; cuando era niño, cuando iba al colegio Campolongo con la carpeta forrada con un calvo bajito y un gordo gafotas.

Había algo que me parecía muy poético en la vida de Rosety. Tiene que ver con el gol, que no se grita o se narra: se canta, y a veces a la manera de Machado, que cantaba lo que se perdía.

A los nueve años empecé a cantar los goles yo también delante de la Sanyo, los sigo cantando ahora cuando juego a la Play. Regreso de esa forma a los días de entonces. A la conexión de la emisora con el Bernabéu cuando marcaba el Madrid, las décimas de silencio que Rosety y yo compartíamos mientras la grada estallaba en un alarido de incendio, vertical, formidable. En medio de 100.000 personas gritando, Gaspar Rosety y yo podíamos escucharnos hasta la respiración.

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