España tiene nuevo prodigio acuático

Hugo González, de 17 años, nada los 200 espalda en 1m57,00s y confirma su progresión recortando en un segundo la mínima para los Juegos de Río

El nadador Hugo González. Carlos Rosillo / Quality

“Lo que más me gusta de nadar es que cuando estás en el agua tienes tiempo para ti”, decía el muchacho. 

Sentado sobre un poyete junto a la piscina, en la frontera entre la infancia y la edad adulta, el cuerpo de anguila, casi dos metros de longitud en pleno desarrollo, con el bozo asomando sobre la piel suave, con la calma ingenua de quien siente que lo tiene todo bajo control, Hugo González de Oliveira explicaba hace unas semanas por qué practica un deporte tan aparentemente alienante y monótono como la natación. Lo hace porque siente que fuera del agua el mundo es extraño e ingobernable. Lo hace porque es uno de esos raros españoles que nadan como peces. Lo hace porque así, casi sin quererlo, ha conseguido clasificarse para los Juegos de Río con una de las mejores marcas de la historia con bañador textil.

“Cuando estoy en el agua tengo tiempo para mí. Ahí estoy en mi mundo”

Son múltiples y no siempre evidentes los factores que definen a los grandes nadadores. Ni la estatura, ni la fuerza, ni la coordinación, ni la composición molecular, ni el carácter, ni la raza, ni la cultura pueden revelar fácilmente la presencia de un talento único para deslizarse en el agua. España no es un país prolífico en este tipo de deportistas abnegados y solitarios que necesitan pasarse media vida medio sumergidos para saber si tienen lo que hay que tener. El último espécimen varón criado en el país de estas características fue Sergi López.

Nacido en Barcelona en 1968 y medallista de bronce en 1988, López fue un brillante excéntrico. Ha pasado casi medio siglo hasta la aparición de otro elegido. Hugo González de Oliveira, hijo de padre español y madre brasileña, nació en Mallorca hace 17 años. Ayer en Sabadell, en el Campeonato de España Open, consiguió su primera mínima olímpica para los Juegos de Río. Fue en la final de 200 metros espalda. La primera de las cuatro a las que se apuntó. La ganó sin aparentar gran esfuerzo. Avanzando a un cuerpo y medio del pelotón, que es como avanzar sin presión, dulcemente, sin apenas generar turbulencia. Hizo 1m 57,00 segundos. Recortó su mejor tiempo personal y confirmó las sospechas. Es un prodigio.

“Desde los tres años bajé mis marcas sin agobiarme”

La historia de la natación sufrió un paréntesis desaforado entre 2006 y 2010, cuando la federación internacional (FINA) consintió el empleo de bañadores de goma, naturalmente impermeables, en las competiciones oficiales. La flotabilidad que permitieron estos ingenios bajaron los tiempos hasta disparar una ola de récords artificiales que siguen homologados como el recuerdo de una época bizarra. En 2009, el estadounidense Aaron Peirsol hizo el récord: 1m51,92s. Marca de resonancia inhumana. Tan veloz que desde la prohibición de los trajes de goma en 2010 hasta ayer, solo 34 nadadores habían bajado de 1m57s en 200 espalda.

“Las tres horas que estás en el agua y la hora que pasas en el gimnasio son tu mundo”, dice el nadador, que estudia y se entrena en las instalaciones del Centro de Tecnificación Deportiva M-86, correspondiente a la Comunidad de Madrid. “Puedes organizar tus ideas y nadie te molesta porque no puedes hablar con nadie. En ese sentido es cómodo. A veces piensas que no tienes tiempo para hacer algo y nadando lo vas sacando. Resuelves problemas. A lo mejor en el colegio tenías pensado estudiar un examen y te metes al agua y vas repasando cosas porque el entrenamiento es largo. Organizas todo en esquemas y cuando sales del agua lo ves más claro”.

Hugo se levanta todos los días a las seis en su casa de Rivas. Se mete al agua a las siete. Nada hasta las diez y media. Luego sube al instituto, adyacente a la piscina. Estudia el bachillerato de ciencias. Dice que se le dan bien los números. Da clases hasta las cuatro de la tarde. Come y vuelve al agua hasta las siete. Cuando regresa a Rivas tarda poco en dormirse.

“Yo no descubrí que tuviese un don”, dice. “Simplemente vi que me encontraba a gusto en el agua. Veía que bajaba mis marcas sin estar ni agobiado ni estresado. Me tiré con tres años y hasta ahora me he sentido muy bien. Es un deporte individual pero nadar solo sería imposible. Mis amigos son mis compañeros del grupo de natación”.

El año pasado se proclamó campeón del mundo júnior en 200 espalda. Este año va un segundo más rápido. Rumbo a Río.