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Gallina en piel

Johan Cruyff fue un visionario, un genio que ignoraba la lógica y hasta un consentido de la gloria

Johan Cruyff con la camiseta del Ajax en 1969. EFE

Vaya por delante que hay que ser muy osado, temerario incluso, para pretender siquiera despedir a los mitos, para los que nunca hay biógrafo a la altura. Más aún cuando se trata de alguien que trasciende a la dimensión de su personaje, por muy extraordinaria que esta sea. Porque Johan Cruyff no fue solo un futbolista de un Olimpo exclusivo y no solo fue un entrenador de época. Fue, es y será mucho más, un visionario, un genio que ignoraba la lógica y hasta un consentido de la gloria, de una gloria que le llegó por el camino más difícil, por vías revolucionarias solo al alcance de unos pocos elegidos. Un testamento ante el que es inevitable que se te ponga “gallina en piel”, como solía decir en su adaptación libre del castellano, que para eso era Johan Cruyff hasta con sus quiebros de palabra.

Desde que su madre limpiaba los aseos del estadio del Ajax tras la prematura muerte de su progenitor cuando el pequeño Johan solo tenía 12 años, a este maestro de lo imposible no se le ocurrió mejor cosa que convertir el fútbol en lo contrario a la metáfora de su vida infantil. Él no estaba en este mundo que le había golpeado para ser uno más, ni siquiera un grande entre los grandes. Johan Cruyff vino al mundo para ser Johan Cruyff.

Lejos de escudarse en las vicisitudes familiares, El Flaco se rebeló contra el destino. Un subversivo en toda regla, henchido de orgullo desde que pisó las categorías inferiores del club de Ámsterdam, donde el apellido Cruyff remitía de inmediato a la humilde limpiadora. Fue su primer gran regate, se plantó ante todos y desde el primer día se puso dos escalones por encima, nada de complejos. Melenudo y huesudo, se aupó sobre todos y, casi con pañales, lideró la batalla de los jugadores holandeses por el profesionalismo. Porque en el fútbol, Cruyff también fue sindicalista, presidente, juez, fiscal, profeta, educador infantil, comercial…

Lo de Cruyff siempre fue fútbol protesta. Era su banda sonora

Tras poner al Ajax y a Holanda en el mapa futbolístico, en vez de acomodarse en el mundo espumoso de las celebridades, rompió lazos con la selección y con su club en pleno apogeo. Dio dos portazos y emigró a Barcelona, entonces una entidad momificada después de haber interiorizado hasta el hueso un pesimismo y victimismo crónicos. Llegó a la casa azulgrana como un mesías y hasta impuso por narices el nombre de Jordi a su único hijo varón.

Como jugador dejó más ruido que nueces hasta que discutió con la directiva. Luego, se abanicó con Pelé y Beckenbauer en Nueva York, se rebajó por pasta en el Levante y se vengó de su Ajax alistándose en el Feyenoord, rival eterno. Para Cruyff, que se las sabía y se las sabe todas, el fútbol ya era tanto un objeto de pasión como de consumo. Quería, reclamaba siempre, su gobernanza en el fútbol. Él era el poder único, en el césped, la caseta, el palco, la Generalitat, el Bernabéu, la Plaza Sant Jaume o la corte de turno.

El fútbol y la vida le cabían en las botas y en la cabeza, era un simposio andante que no estaba dispuesto a compartir ningún bastón de mando. No hay forma de sujetar en corto a tipos así, a gente que va siempre en dirección contraria a los mundanos, sin miedo alguno a los patinazos. Lo sabía Josep Lluis Núñez, cabecilla de aquellas nomenclaturas que creían poder apropiarse de este juego desde el púlpito de la tribuna, del que hacían su sala de estar.

De un plumazo, Cruyff, que ya había hecho un peritaje socio-político de Cataluña, cambió la cara a la institución, de repente optimista como ninguna, sacudida toda la caspa. Eso sí, no sin antes pasar por un chalado caprichoso: que si Koeman era un gordinflón y Stoitchkov un locuelo… Que si Ferrer y Sergi eran dos defensas gnomos y Guardiola un monicaco sin regate, disparo y velocidad… Y qué decir cuando le daba por alinear a Lineker y Julio Salinas como extremos, o a Eusebio y Goicoetxea como laterales en un equipo sin delantero centro, como el Ajax y la Holanda que él había capitaneado, o el Barça que hoy articula Messi o la selección que entronizaron cruyffistas de cuna sin saberlo como Xavi e Iniesta.

Lo de Cruyff siempre fue fútbol protesta. Era su banda sonora, la que logró para el Barça y España una emancipación generacional que llevó a ambos a la cúspide posterior. A nadie deben más esos y otros tantos locos bajitos que a este loco tan cuerdo. Con Johan la ilógica acabó por ser de lo más lógica. Ese es su incunable legado, no los títulos, Balones de Oro, sus vuelos y cambios de ritmo tan magistrales como plásticos. Ni siquiera cabe discutir si merece el panteón de Di Stéfano y Pelé. Lo sublime de Johan es que cuando le creías escuchar o creías interpretar siempre acababas con la “gallina en piel”. Con estas líneas, ayer más que nunca uno sintió lo de la piel y la gallina.

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