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Johan Cruyff y la teoría de los nombres propios

El Barcelona tiene una oportunidad de oro para bautizar su nuevo estadio con el nombre del jugador holandés

Cruyff, en un partido de UEFA en el Camp Nou.

Jorge Valdano decía ayer aquí que la mesa histórica de los grandes del fútbol está ocupada, por orden de aparición en el firmamento, por estos astros: Alfredo Di Stéfano, Pelé, Johan Cruyff y Maradona. Es curioso: todos tienen un sitial en ese frontispicio de la gloria, y nadie le va a disputar en el futuro a ninguno el mérito que contrajeron a lo largo de sus respectivas biografías. Pero ninguno de ellos le ha dado nombre a un gran estadio; todos tienen sus jugadas marcadas a fuego en la memoria de los aficionados, porque inventaron una manera de hacer o una forma de ser; no hay quien le dispute a Di Stéfano su velocidad para ser todos a la vez en un campo; es difícil decir de Pelé algo que no sea admirativo; Maradona compitió consigo mismo para ser peor, pero ni así logró rebajar su genio; y a Cruyff ya le hemos puesto muchos laureles antes y después de su lamentable, y tan temprano, fallecimiento.

Di Stéfano solo tiene su nombre en el campo donde juega el Castilla, en Valdebebas, igual que Maradona tiene el de Argentinos Juniors; y por no ir demasiado lejos, a Cruyff le dieron un rincón del Camp Nou mientras vivió, y luego no se lo quitaron porque dios es grande; tampoco a Kubala le hicieron demasiado agasajo en Can Barça cuando se fue, a pesar de que sobre sus hombros poderosos se subió el equipo cuando más lo necesitaba, y a él se debe, sin duda, aquella resurrección que duró, languideciendo, hasta que Cruyff se reinventó el juego azulgrana y lo ofreció como espejo a todo el mundo. Ya se sabe cómo continuó la película de Cruyff, con Guardiola, Tito y Luis Enrique, que ahora administra una herencia maravillosa.

Ahora es un buen momento para darle a ese cuarteto de fútbol que parece un cuarteto de jazz, o de música sinfónica, nombres que sean imperecederos; porque el fútbol es cuestión de memoria o no es nada, y los muchachos de hoy tienen que saber mañana de dónde viene el fútbol cuando fue mejor en el siglo XX; si no hay raíz en el fútbol no hay sino negocio, no hay ni pasión ni ídolos, dicho esto en el sentido civil de la idolatría: se fija uno en los futbolistas en lo que tienen de ejemplar, en lo que cabe en sus nombres no solo como seres humanos sino en lo que tienen de héroes, y siempre tuvieron de héroes, para la juventud que quiere seguir ese rumbo en el fútbol.

Así que el Barça, por ejemplo, que tan cicatero fue con Johan Cruyff en los últimos años hasta el punto de regatearle la gloria efímera de ser presidente de honor, tiene una oportunidad de oro para hacerlo imperecedero en el nombre del nuevo estadio que le están preparando unos arquitectos japoneses. Cuando dejaron Les Corts y se fueron al Camp Nou se olvidaron de ponerle el nombre de Kubala, gracias a quien el Barça fue distinto; el Barça de ahora es distinto, un amuleto del fútbol, porque lo reinventó este holandés de español atrabiliario que consiguió la gesta de poner de acuerdo a todo el mundo en su despedida: fue un genio, y repartió esa genialidad de tal manera que ahora lo siguen los niños que juegan en la calle aunque no sepan deletrear su nombre. Un día los nietos de esos niños podrán preguntar quién fue ese que le da nombre al estadio azulgrana y entonces serán partícipes de lo que es leyenda reciente.

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