La tranquilidad del veterano Cruyff en Estados Unidos

El holandés dejó su impronta en Los Ángeles y Washington pero no acabó de impulsar el ‘soccer’

Cruyff, en uno de los partidos con Los Ángeles Aztecas

Johan Cruyff llevaba una semana en Washington. Vivía en el selecto barrio de Georgetown y ya se conocía las calles mejor que los locales. Era marzo de 1980. El delantero holandés de los Washington Diplomats iba a bordo de un taxi y se divisaba un monumental atasco. Cruyff le pedía con vigor al conductor que tomara una calle a la derecha antes de lo previsto, pero este se resistía a cambiar de ruta. Cruyff se acabaría imponiendo: guió al taxista por un zigzag de calles y esquivaron el atasco.

La anécdota, extraída de un artículo de entonces del diario The Washington Post, revela el carácter de Cruyff. El Flaco, que murió el jueves a los 68 años, hablaba, vivía y jugaba en Estados Unidos con energía, seguridad y veteranía.

Cruyff se dio una segunda oportunidad en EE UU. En 1978, con 31 años y hastiado, había anunciado su retirada del fútbol. Pero al año siguiente descolgó las botas tras recibir una suculenta oferta de la incipiente liga de fútbol estadounidense, que buscaba impulsar el soccer de la mano de estrellas internacionales. El Cosmos de Nueva York, al que habían llegado antes Pelé y Franz Beckenbauer, le cortejó, pero acabó fichando por Los Ángeles Aztecas, que entrenaba su mentor: el holandés Rinus Michels, que ya lo dirigió en el Barcelona y fue el ideólogo del llamado fútbol total.

Cruyff era feliz y vivía tranquilo en EE UU. Podía salir a pasear y cenar con su familia sin que le molestaran. Había vuelto a jugar al fútbol porque sentía “un vacío en su vida”, según contó en la entrevista a The Washington Post. Negaba que fuera por motivos económicos. “Hice malas inversiones, pero no es la razón principal por la que vine a América. Si el dinero fuera la principal razón para volver a jugar, volvería a Europa donde ganaría más dinero”, explicó entonces.

Había vuelto a los terrenos de juego, esgrimía, porque echaba de menos el balón y porque quería impulsar sus negocios personales en EE UU. “Pelé y Beckenbauer fueron como misionarios en la divulgación del soccer. Cruyff fue simplemente uno de los muchos”, dice Andy Markovits, experto en la cultura deportiva estadounidense, en una entrevista telefónica.

Aún así, Cruyff causó sensación. En su única temporada en Los Ángeles, fue elegido el jugador del año, marcó 13 goles en 23 partidos, lideró a los modestos Aztecas hasta las semifinales del campeonato y duplicó la asistencia de público al estadio Rose Bowl.

Poco antes del inicio de la siguiente temporada, sorprendió al fichar por los Washington Diplomats, que le pagaron un millón y medio de dólares de salario, una cantidad desorbitada en ese momento.

Su adaptación fue más complicada. La personalidad fuerte de Cruyff y su filosofía futbolística chocaron con la del entrenador Gordon Bradley, partidario de un juego más resultadista. Cruyff daba sus propias instrucciones a los jugadores —la mayoría lo admiraba— y desautorizaba al técnico. “Si quieres que juegue con una pierna, lo haré. Pero luego cuando empiece a hacerlo con dos, la gente verá de quién es la culpa”, le dijo una vez, según contó un exjugador a la revista Four Four Two.

Como con el taxista, Cruyff se acabó imponiendo a Bradley. Tras un inicio decepcionante, a media temporada el holandés empezó a jugar más individualista y el equipo más ofensivo. Las victorias se encadenaron. Marcó un gol antológico, elegido el mejor del año: se deshizo de ocho jugadores en una carrera de 50 metros [en el siguiente vídeo a partir del minuto 10:16].

Se ganó el favor de sus compañeros, que lo recuerdan generoso y fumador compulsivo. Cruyff hizo aumentar un 60% la asistencia al estadio y lideró al equipo hasta los playoff, donde cayeron en primera ronda ante sus viejos Aztecas.

Un “animador” del fútbol

Pero el fenómeno Cruyff no logró solventar las estrecheces económicas de los Diplomats. Coincidiendo con el declive de la liga de fútbol, el equipo cambió de propietario a la temporada siguiente y dejó marchar al holandés. Su impacto se diluyó. En 1981, Cruyff jugó unos meses en España con el Levante en Segunda División y volvió brevemente a Washington para jugar solo diez partidos, lastrado por las lesiones. Holanda sería su siguiente destino.

Al llegar a Washington en 1980, Cruyff se presentó como un “animador” del fútbol. Su objetivo era fomentar su popularidad para convertirlo en uno de los grandes deportes en EE UU. “No soy un salvador. Los jóvenes lo harán en los próximos años. Estoy aquí para ayudar”, dijo. El fútbol sigue sin ser un deporte dominante en EE UU, pero es mucho más popular que entonces. “Cruyff nos hizo ser una liga grande”, dijo en 2007 el canadiense Carmine Marcantonio, uno de sus compañeros en los Diplomats.