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Arsenio Iglesias, la gloria del derrotado

El símbolo del Superdepor, que recibe el homenaje de Riazor a sus 85 años, fue un entrenador atípico, casi inconcebible en el fútbol de hoy

Arsenio Iglesias, en la final de Copa de 1995.

Hace 20 años, en el fútbol español aún se podía escribir una epopeya imposible. Hace 20 años, el dominio de Madrid y Barcelona ya era apabullante pero aún podía aparecer un equipo de una ciudad pequeña, recién llegado de Segunda, para amenazar el duopolio. Dos décadas atrás incluso podía suceder que ese equipo estuviese dirigido por un viejo entrenador socarrón y algo cascarrabias, que no ocultaba su origen aldeano y que desarmaba a los periodistas disparando ráfagas de sabiduría campesina.

A aquel equipo lo bautizaron Superdepor y figura ya en la leyenda contemporánea del fútbol español. Tan impactante fue su irrupción que se ganó a los aficionados de todo el país. El icono de ese equipo era Arsenio Iglesias, un veterano emigrante por los banquillos españoles que había consumido su carrera en el vagón de clase baja. Un hombre ya en edad de jubilarse y sin más logros de postín que un par de ascensos a Primera. De todo lo sorprendente que rodeaba a aquel equipo nada como ese entrenador, Arsenio, O Bruxo, O Vello, un filósofo rural que ocultaba su astucia bajo el disfraz de hombre del campo. Abominaba del divismo y proclamaba que su función no iba más allá de poner a los mejores jugadores en su sitio natural. Donde otros se pavoneaban adornándose de retórica, Arsenio no hacía más que quitarse importancia. Su lacónico discurso alcanzaba ese punto exacto donde se funden la sencillez y la profundidad. Como cuando le pidieron que definiera el fútbol y lo despachó con dos palabras: orden y talento.

Lo más inaudito era el escepticismo con que se tomaba el éxito tardío. A su alrededor bullía una euforia ensordecedora. Prensa de media Europa acudía informar del milagro. Arsenio se encogía de hombros y sobrevolaba la fiesta con una sonrisa de melancólica ironía. Había en él un poso del fatalismo atávico que se atribuye a los paisanos gallegos, acrecentado por años de sufrimientos en banquillos de segunda fila. Y más cuando la proeza del Superdepor tropezó con un drama: el título perdido por un penalti errado en el último minuto del último partido.

Aquello separó aún más a Arsenio del resto del mundo. El club y una parte de la afición se habían creído su papel de nuevos triunfadores. Y él decidió marcharse. Pero antes todavía llevó al Deportivo a su primera final de Copa. En vísperas de ese duelo que iba a ser el último de su carrera blanquiazul, al viejo entrenador ya ni le inquietaba el temor a perder. “Es más humana la derrota”, decía. “A veces oyes esas frases manidas: ‘A mí me gusta ganar hasta en los entrenamientos’. Al que le guste perder es tonto. Pero en toda disputa hay ganadores y perdedores. El mundo no se gobierna únicamente por los sentimientos de los que se dicen ganadores natos”.

A pesar de todo, ganó.

Han tenido que pasar dos décadas y cumplir 85 años para que este sábado el Deportivo le rinda por fin su homenaje en Riazor, el estadio donde ha pasado media vida. La espera tal vez sirva que los más jóvenes descubran que, aunque parezca increíble, una vez hubo un hombre así sentado en el banquillo de uno de los mejores equipos de España.

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