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El doloroso adiós de Johan Cruyff

Por más atención que se le ponga al partido, la visión resulta nostálgica, o si se quiere romántica, como si el juego se hubiera parado desde se marchó

Johan Cruyff, como jugador del Barcelona en 1973. Ampliar foto
Johan Cruyff, como jugador del Barcelona en 1973. Cordon Press

No es fácil acostumbrarse a la ausencia de Johan Cruyff.

Ayuda saber por Romario que el fútbol se mira con los ojos de Cruyff. Ocurre que por más atención que se le ponga al partido, la visión resulta nostálgica, o si se quiere romántica, como si el juego se hubiera parado por más que los futbolistas no paren de correr, también en el Camp Nou.

También reconforta que se publiquen tantos libros sobre su vida, alguno muy revelador, como El meu Barça en blanc i negre (Editorial Base) de Xavier Valls. El fotoperiodista cuenta en una entrevista concedida a Marta Cabré en L'Esportiu en qué consistía el sentido de la austeridad de Cruyff. “Una vez me pidió 40 ampliaciones de una foto y yo se las entregué con una factura. Tomó las fotos y me dejó con la factura en la mano. Unos días después me llamó para decirme: ‘si quieres mañana voy a ir a la pista de hielo del Palau con la familia’. Hice muchas fotos y las vendí a las revistas por mucho más dinero del que figuraba en la factura de las ampliaciones”.

Y es un consuelo saber que se sucederán las efemérides que evocan la gigantesca obra de Cruyff. Hace muy poco se recordó su gol a Miguelito Reina en el Camp Nou y en mayo de 2017 se celebrará el 25 aniversario de Wembley y la conquista de la Copa de Europa por parte del Barça. Las gestas del dream team y de la naranja mecánica fueron tan célebres que jamás se olvidarán en el Barça, en el Ajax y tampoco en Holanda. Acaso Messi ayudará a revivirlas, como ya sucedió con el penalti indirecto que tiró contra el Celta, una recreación del que lanzaron Cruyff y Jesper Olsen en 1982.

Al fin y al cabo, todo está impregnado de Cruyff, y quien más, quien menos le ha imitado jugando, hablando y entrenando, aplicando una lógica aplastante, la del espacio y el tiempo, resumida en un rondo: el fútbol es cuestión de velocidad y precisión, de un segundo y un centímetro, de técnica y talento. Así lo defendió como jugador y como entrenador, con una exigencia y determinación tan mayúsculas que espantaba a los propios futbolistas, hoy ya convertidos en técnicos por el mundo, por la Liga y por la Premier. A Eusebio le sale el nombre de Cruyff cuando le preguntan por la Real y no hay un cruyffista más radical que Guardiola, ahora entrenador del Manchester City y antes del Bayern de Beckenbauer.

Guardiola necesitaba visitar de vez en cuando a Cruyff en El Montanyà. Alrededor de una partida de golf y de una mesa en L'Estanyol, el excelente restaurante de la familia Font, de Joan y Robert, conversaban sobre la evolución del fútbol, la vida y el Barça. Y la charla fluía amena porque Cruyff se había convertido en un oráculo, un ideólogo universal frente al tacticismo reduccionista, un venerable abuelo, cariñoso y próximo, divertido, capaz hasta de reírse de los enemigos a los que combatió sin piedad ni tregua, incluso con el punto de arrogancia que exigía la mejor competitividad, cuando era el amo del Camp Nou.

Tanto Guardiola como cuantos iban a su encuentro ya sabían qué les diría Cruyff porque tenían su misma mirada y entendían el juego de igual manera, en Ámsterdam y en Barcelona. Y, sin embargo, todos necesitaban verle y escucharle, participar cada año del mismo ritual, para certificar que estaban en lo cierto. Cruyff, al fin y al cabo, hizo posible lo que parecía imposible en el Barça y en el Camp Nou después de conseguir que Holanda ganara el Mundial 74 pese a perder la final con Alemania.

No parece casual que Cruyff muriera el mismo año que Muhammad Ali. Ambos han sido únicos, revolucionarios, universales y carismáticos; imposible no añorarles por más que su obra sea tan ingente que cada día haya un motivo para recordarles. Una cosa es mirar el fútbol con los ojos de Cruyff y otra vivirlo sin él, sin su cabeza ni su corazón, sin su compañía, sin el asentimiento de Johan.

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