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Gatillazo de Orlando Ortega

El vallista termina séptimo en una carrera de 60m en la que partía como favorito para conseguir una nueva medalla

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Ortega, el segundo por la izquierda. REUTERS

El Europeo se había convertido en un caos de adrenalina, testosterona, salidas nulas e incapacidad de los jueces para controlar los disparos de sus pistolas, y ni la sonrisa y la calma permanente y triunfadora de Ruth Beitia, impecable en su calificación podían con él, y en eso llegó Orlando Ortega, la otra marca registrada y establecida del atletismo español, quien, corriendo arrítmico, desesperado como aquel al que se le escapa el autobús, derribó la cuarta valla, tropezó en la quinta, terminó séptimo la final de 60m vallas, dio unos pasos y se quedó clavado en la colchoneta en la que frenan todos su velocidad y sus impulsos. “Los 60 son un abrir y un cerrar de ojos, en un nada pasas de todo a nada”, dijo, la filosofía intentando disimular su pena, el medallista de plata de Río en 110m, la distancia que le permite su progresión mortífera a partir de la séptima valla. “No fue el día. Es normal que me sienta un poco incómodo”. No ofreció más explicación. Ganó el que todo el mundo sabía que iba a ganar, el británico Andy Pozzi (7,51s). Ortega terminó en 7,64s, la peor marca de su temporada en pista cubierta.

Fue, el del vallista de Artemisa (Cuba), el gatillazo más inesperado del nuevo atletismo español en Belgrado. Su medalla se daba por tan segura como la que se espera que consiga el sábado (a partir de las 18.30) la otra gloria olímpica nacional, Ruth Beitia, quien, a menos de un mes de cumplir 38 años, sobrevuela la altura, cualquier altura, cualquier situación, con espíritu ganador y una sonrisa. “me motivo hasta con un campeonato regional de Cantabria como para no motivarme aquí”, dijo la campeona olímpica, que se apresta para conseguir su 15ª medalla en una gran competición internacional. “Me encanta competir y ganar. Los entrenamientos, menos”. Beitia, con su carrera lanzada, fue la mejor en la calificación (1,90m a los que llegó en dos saltos) y solo le podría perturbar en la final en la que busca su segundo oro continental en pista cubierta (y tiene tres al aire libre) la lituana Airine Palsyte, que este invierno ha logrado saltar un centímetro más (1,99m contra 1,98m).

El nuevo atletismo español es peleón e ingenuo. Llorenç Sales (finalista de 1.500m, un atleta que empezó a tomarse en serio el oficio a los 21 años y que compagina entrenamientos con trabajo en Barcelona, sacando a correr por calles y parques a adultos y niños junto a su entrenador, el maratoniano Carles Castillejo) y Carlos Mayo (finalista en 3.000m como Adel Mechaal, el catalán que compite gracias a la suspensión cautelar de su sanción por saltarse tres controles antidopaje) pasaron de tenerlo todo perdido a ganarse la plaza sobreponiéndose con subidones de testosterona y control de la adrenalina desbocada al desánimo pasajero que les pudo producir el verse superados y eliminados en la penúltima vuelta de sus carreras. Ambos resurgieron, se abrieron paso allí por donde no parecían caber y llegaron. “Es la actitud lo que me gusta, lo que promete”, dijo Ramón Cid, el director técnico.

La actitud y la ingenuidad las mostró en solitario Marc Alcalá, el mejor de los milquinientistas españoles, a quien despistó un segundo disparo errático de los jueces en la salida de su semifinal y se quedó parado junto a un irlandés despistado también. Cuando volvió a correr, el grupo ya le sacaba una quincena de metros, una distancia, un vacío, que observó determinado y tenaz durante las siete vueltas y media de su prueba, lo que le permitiría rumiar su desconcierto. Terminó penúltimo. Terminó. La federación reclamó y los, jueces superados por el acontecimiento en un primer momento, acabaron recalificándolo.