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Al principio fue el fin

Es habitual que cada temporada de Fernando Alonso empiece con un “se acabó todo”, como resumen. Solo es el principio, pero todos sabemos que ya llegó el fin

 Fernando Alonso, durante un descanso de entrenamientos oficiales de pretemporada en el Circuito de Barcelona-Cataluña.
Fernando Alonso, durante un descanso de entrenamientos oficiales de pretemporada en el Circuito de Barcelona-Cataluña. EFE

Los años están plagados de historias que empiezan por la palabra “fin”, y ahí mismo se acaba todo, sin historia. No hay mucho más que hacer, salvo buscarse una historia nueva, que arranque con otras palabras, a poder ser. En ese bucle lleva varios años atrapado Fernando Alonso, buscando comienzos prometedores para sus temporadas. Por momentos parece que no busca un coche decente, sino a sí mismo. Es algo habitual en deportistas que una vez alcanzaron grandes victorias y después cayeron en una larga sequía. Se pasan su carrera persiguiendo los viejos tiempos, a la persona exitosa que fueron. Quieren ser como antes, demostrarse que no están acabados y que solo sufren una mala racha. Entretanto, hasta los propios seguidores del piloto pierden la ilusión, como esos padres que al final del primer trimestre ven llegar a su hijo con las notas y la primera pregunta es “¿Cuántas suspendiste?”.

Es habitual que cada temporada empiece con un “se acabó todo”, como resumen. Solo es el principio, pero todos sabemos que ya llegó el fin. En un simple chispazo, en un fallo eléctrico, se nos revela de forma simultánea el comienzo, el final y el medio, y nos quedamos sin nada. Podemos sobrevivir sin inicios y sin colofones, pero ¿sin medios, que es precisamente en lo que se demora la vida? Las historias de Fernando Alonso y sus coches, después de dejar atrás las épocas de gloria, me recuerdan mucho a un cuento de Lorrie Moore protagonizado por una actriz que una vez fue nominada a un premio importante, y poco a poco dejó que su vida se hiciese aburrida, hasta tomar la “forma de un error imperdonable”. Un día llegaba a la conclusión de que no le habían proporcionado las herramientas adecuadas con las que construir una vida de verdad. Era como si le diesen un sobre de sopa y un cepillo de pelo, y le dijesen “Espabílate”, y ella, confundida, se quedaba durante años cepillando la sopa con el cepillo.

Hace ya tiempo que el interés de las temporadas de Alonso se reduce a encontrar una explicación a los problemas de esa herramienta equivocada que simbolizan siempre sus coches. La escudería no persigue victorias, sino respuestas. Y los aficionados se contagian. Ya les hace tanta ilusión que gane como saber qué demonios pasa con esos motores y chasis. Las respuestas, creen, los harán felices. Por momentos la Fórmula 1 parece menos una cuestión de ingeniería, de carreras endiabladas, que de psicoanálisis y de búsqueda de la verdad enterrada. Hace unos días me enviaron un ejemplar de Doctor Portuondo (Blackie Books), las memorias de Carlo Padial de los años que se sometió a psicoanálisis con un doctor desequilibrado, necesitado de tanta terapia como sus pacientes. En un momento dado, cuando Padial advierte que algo no va bien en su vida, y se propone acudir a la consulta de Portuondo, al que ha estado escuchando en audiocasetes, se encuentra con un viejo amigo de su padre, que trata de disuadirlo por todos los medios. “No hagas psicoanálisis”, le advierte. “Es un error. Encontrarás demasiadas respuestas”.

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