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Haz algo, Oblak

Los grandes porteros crean fuerzas ficticias. Son buenos, pero en la cabeza de los delanteros son todavía mejores

Oblak, durante un entrenamiento en Majadahonda.
Oblak, durante un entrenamiento en Majadahonda. EFE

A ciertas horas el trabajo de portero de fútbol consiste en esperar con los pies encima de la mesa a que ocurra algo interesante. Su oficina puede resultar un sitio vagamente aburrido. Debe ser así. Esperar a que la paz se rompa, y someterse a la sorpresa, es una de sus atribuciones, como cuando desayunas tranquilamente y al abrir el periódico escupes el café y le gritas a tu pareja: “¡Cariño, tienes que ver esto!”. Ese paso del aburrimiento al vértigo al que se someten los porteros de repente copia episodios de la vida de cualquier persona, a la que se le complica la vida en unos pocos segundos, cuando creía que la tenía controlada. Oblak, el portero del Atlético, vivió ese cambio ante el Bayer Leverkusen, y de qué forma.

Su triple parada fue una escena de suspense perfecta. Al acabar te alegraste de estar vivo. Cuando Giménez perdió el balón en las inmediaciones del área, junto a los acantilados, y el delantero Julian Brandt arrancó hacia la portería, todos nos agarramos con fuerza al brazo del sofá. Un lance de poca monta se convirtió en medio segundo en un asunto de vida o muerte. Todo pasó tan rápido que el delantero no tuvo tiempo de preguntar, por cortesía, “¿es aquí la portería del Atlético?”.

Sin más, lo encaró. Frente a la televisión, con la muerte en los talones, nos sentimos partícipes de la angustia de aquella señora que acudió al cine a ver La ventana indiscreta y en la escena en la que Grace Kelly se mete en la casa del vecino para obtener pruebas de que es un asesino, la pobre no soportó los nervios y se agarró al brazo de su marido, sentado en la butaca de al lado. “Haz algo, haz algo”, le pidió desesperada. Eso mismo, al ver a Brandt solo ante el portero, pensaron los aficionados atléticos: “Haz algo, Oblak”.

En apenas cinco segundos, que duraron de invierno a verano, Oblak detuvo el primer lanzamiento, se fue al suelo, se rehizo y detuvo el segundo, cayó, resucitó y se estiró para atajar el tercero, se puso en pie y corrió a salvar el cuarto, que simplemente se marchó por línea de fondo. En cierto sentido, la sucesión de paradas equivalió a una película de fantasmas, y al final de la jugada descubrimos que el muerto no era Oblak, sino los rematadores: Brandt, Volland y Chicharito.

Los grandes porteros son capaces de crear fuerzas ficticias. Son buenos, pero en la cabeza de los delanteros rivales son todavía mejores, se agrandan, y por eso detienen goles cantados. Hace un mes me desperté de madrugada con un horrible dolor de garganta. Caminé 20 minutos en busca de una farmacia. Me paré ante un semáforo en rojo. Eran las 3.43 horas. Tenía prisa y hacía frío. No había coches. Ni gente. Nada. Yo solo. Le eché una mirada al semáforo que no la va a olvidar en su vida, pero así y todo, no crucé. En eso consiste el poder de las ficciones, en empequeñecerte ante la fuerza de un símbolo, como la delantera del Bayer frente a Oblak.

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