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Casablanca

Yo envidié al Barcelona del 6-1: me parece imposible no envidiarlo

El árbitro Aytekin junto a los jugadores del Barça.
El árbitro Aytekin junto a los jugadores del Barça. EFE

He leído con interés el artículo de John Carlin La miserable envidia del aficionado en el que habla de la reacción de buena parte del madridismo a la remontada del Barcelona al PSG, y he leído también las explicaciones del autor a la Defensora del Lector de este periódico, pues ha habido madridistas que se han sentido insultados. Les pasa, dice Carlin, por no llegar al final del artículo: también, hay que decirlo todo, por haber llegado al principio. Pero tiene razón el autor en la última frase: si el Madrid hubiera ganado en “similares circunstancias”, los barcelonistas serían igual de “miserables envidiosos”. Con una salvedad: nadie se lo hubiera llamado en este periódico. Ese privilegio aún es madridista.

Yo envidié al Barcelona del 6-1: es imposible no envidiarlo. Diría que daría todo lo que tengo por celebrar un gol como el de Sergi Roberto, pero siendo madridista quedaría como la frase del señor Burns: daría todo lo que tengo por un poco más. Reconocí en los penaltis pitados y no pitados el signo de distinción de una estirpe de iguales; eso fue lo que más envidia me dio: la aristocracia arbitral. Y no me parece que empañe nada: para remontar cuatro goles hace falta de todo, lo primero ganas y fútbol. Ni un reproche. Mi envidia y mi admiración. Y me parece lógico que se celebre tres siglos: lo que ya no entiendo es lo de decirle a los demás cómo lo tenemos que conmemorar. Lecciones desde la victoria, desde la derrota, como atracador y como atracado. Y reñir a quien no las compra.

Soy madridista: hemos robado. Hemos robado la hostia. Ni la mitad de lo que dicen, pero he visto partidos contra modestos de tener que apagar la tele pálido como un muerto. Por eso lo que peor llevo a estas alturas son los ataques de dignidad en periodistas y aficionados de clubes como el Barcelona que quieren, como decía Trapiello de los malditos, ser el Bogart de Casablanca en la pantalla pero quedarse con Ingrid Bergman en la vida real. Esa necesidad de blanqueo, ese pretender victorias y derrotas de las que extraer una enseñanza moral. No pasa nada: a veces se gana con ayudas arbitrales y no se baja la cabeza. Y si los madridistas lloran y montan firmas ridículas en Change para que se repita el partido, que lo hagan: será por llantos.

De ahí mi interés en el artículo de una gran firma como Carlin. Funciona como paradigma. Para explicar que barcelonistas y madridistas son igual de mezquinos, dedica el artículo a los madridistas y en la última frase aclara que los culés no se salvan.

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